Golpe bajo

Capítulo 39

El restaurante estaba lleno de ruido.

Copas.

Risas.

Cubiertos chocando suavemente.

Conversaciones elegantes flotando entre luces cálidas y música de fondo.

Y Santiago quería irse.

No porque el lugar fuera malo.

Era perfecto.

Demasiado perfecto.

Uno de esos restaurantes caros donde todo parecía diseñado para impresionar.

La clase de lugar que durante años había frecuentado sin siquiera pensarlo.

La clase de lugar donde Santiago Ruiz encajaba perfectamente.

Y quizá precisamente por eso ahora se sentía fuera de lugar.

—Te ves emocionado.

murmuró Mateo sentado frente a él.

Santiago ni siquiera levantó la vista del vaso.

—Estoy considerando fingir una lesión.

—¿Otra?

—Esta vez emocional.

Mateo soltó una carcajada.

—No seas dramático.

Fácil decirlo.

No era él quien llevaba cuarenta minutos atrapado en una cena llena de empresarios, patrocinadores y gente que hablaba con esa sonrisa extraña que nunca terminaba de llegar a los ojos.

La sonrisa social.

La sonrisa vacía.

La sonrisa que Santiago conocía demasiado bien porque llevaba años usando exactamente la misma.

—Santiago, deberías venir a Madrid este verano.

decía alguien a su derecha.

—La campaña sería enorme.

—Lo pensaré.

Mentira automática.

Ni siquiera sabía qué le estaban proponiendo exactamente.

Porque hacía varios minutos que había dejado de escuchar realmente.

El ruido empezaba a cansarlo.

No físicamente.

Por dentro.

Como si algo en él ya no tuviera energía para seguir sosteniendo conversaciones que no significaban nada.

Entonces ocurrió.

Una mujer se inclinó apenas hacia él sonriendo.

Hermosa.

Perfectamente arreglada.

Perfectamente acostumbrada a ser mirada.

Y probablemente acostumbrada también a que hombres como Santiago reaccionaran inmediatamente.

Años atrás lo habría hecho.

Sin esfuerzo.

—¿Siempre eres tan callado?

preguntó ella.

Santiago sonrió automáticamente.

La sonrisa correcta.

La entrenada.

—Solo cuando estoy sobreviviendo eventos sociales.

Ella soltó una risa.

Y durante unos segundos siguió hablando.

Algo sobre viajes.

Moda.

Influencers.

Eventos deportivos.

Ruido.

Mucho ruido.

Santiago asentía.

Respondía.

Sonreía.

Y mientras lo hacía sintió algo profundamente incómodo.

Vacío.

No por ella.

No era culpa suya.

Simplemente…

ya no sabía cómo fingir interés cuando no lo sentía.

Y eso era nuevo.

Peligrosamente nuevo.

Porque antes podía pasar horas interpretando el personaje perfecto.

Encantador.

Seguro.

Disponible emocionalmente sin estar realmente presente.

Pero ahora…

Ahora había conocido algo distinto.

Conversaciones reales.

Silencios cómodos.

Miradas honestas.

Una cafetería pequeña.

Un cine vacío.

Una mujer que lo escuchaba como si Santiago Ruiz no fuera lo más importante de la habitación.

Maldición.

Todo volvía a ella.

Siempre ella.

La mujer frente a él seguía hablando.

Y Santiago se descubrió pensando algo terrible.

"Beatriz odiaría este lugar."

La idea apareció tan natural que incluso él se quedó quieto unos segundos.

Porque no solo pensó en ella.

Pensó como ella.

Como si una parte de Beatriz ya viviera dentro de su cabeza.

Eso daba muchísimo miedo.

—¿Estás bien?

preguntó la mujer.

Santiago parpadeó.

—Sí.

Mentira.

No estaba bien.

Porque de pronto el restaurante entero se sentía sofocante.

Las luces demasiado fuertes.

Las voces demasiado altas.

Las conversaciones demasiado superficiales.

Y él demasiado cansado para seguir actuando.

Mateo lo observó desde el otro lado de la mesa.

Y por supuesto entendió inmediatamente.

Maldito hombre.

—Voy por otra bebida.

anunció levantándose.

Cobarde.

Los dejó solos.

Definitivamente a propósito.

La mujer volvió a sonreírle.

Y Santiago intentó concentrarse.

De verdad lo intentó.

Pero entonces ella dijo algo.

—Debe ser increíble vivir con tanta atención encima.

Boom.

Y ahí estaba otra vez.

La admiración.

La fascinación.

La versión de él que el mundo quería consumir.

Hace años aquello lo habría alimentado.

Le habría encantado.

Lo habría hecho sentirse importante.

Ahora solo se sentía cansado.

Porque de repente entendía algo horrible:

la mayoría de las personas nunca hablaban realmente con él.

Hablaban con Santiago Ruiz.

El futbolista.

La figura pública.

El personaje.

Y quizá por eso Beatriz había cambiado tantas cosas sin siquiera intentarlo.

Porque ella nunca parecía impresionada por ninguna de esas versiones.

Ella hablaba con él como si todo eso fuera secundario.

Como si detrás del ruido hubiera alguien más importante esperando ser encontrado.

Y Santiago comenzaba a sospechar que tenía razón.

—¿Sabes?

dijo de repente.

La mujer levantó la vista.

—¿Qué cosa?

Santiago giró lentamente el vaso entre los dedos.

Y por primera vez en toda la noche habló honestamente.

Aunque probablemente ella no lo entendería.

—Creo que la gente sobreestima muchísimo la atención.

Ella sonrió apenas confundida.

—¿Cómo así?

Santiago observó el restaurante lleno.

Las risas.

Las conversaciones.

Las apariencias.

Y sintió una tristeza extraña.

Una muy silenciosa.

—Porque cuando demasiadas personas te miran…

Pequeña pausa.

—A veces nadie realmente te ve.

Silencio.

La mujer pareció no saber qué responder.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.