El parque estaba casi vacío.
Solo algunas personas caminando lentamente bajo el frío de la tarde.
Una madre empujando un coche.
Un anciano leyendo el periódico.
Dos niños persiguiéndose cerca de la fuente.
Vida normal.
Esa clase de vida que Santiago comenzaba a mirar como si fuera un idioma nuevo.
Como si hubiera pasado demasiados años lejos de ella.
—Sigues caminando raro.
dijo Beatriz a su lado.
Santiago la miró indignado.
—Eso fue ofensivo.
—Eso fue médicamente preciso.
—Qué manera tan elegante de destruir mi autoestima.
Ella soltó una pequeña risa.
Y él sintió inmediatamente esa absurda sensación cálida expandirse dentro del pecho.
Últimamente le pasaba demasiado.
Demasiado fácil.
Demasiado fuerte.
Habían salido después de terapia.
Otra vez.
Como si ya fuera costumbre.
Como si ninguno quisiera admitir que cada vez encontraban menos razones para separarse rápido.
La tarde estaba gris.
Fría.
Tranquila.
Y Santiago no recordaba la última vez que había disfrutado tanto simplemente caminar sin rumbo.
Sin cámaras.
Sin prisa.
Sin tener que ser nadie específico.
Solo él.
Y ella.
Beatriz llevaba ambas manos escondidas dentro de los bolsillos del abrigo.
El cabello ligeramente despeinado por el viento.
Y una expresión tranquila que Santiago comenzaba a asociar peligrosamente con paz.
Maldita mujer.
—¿Qué?
preguntó ella sin mirarlo.
Santiago parpadeó.
—¿Qué qué?
—Me estás mirando otra vez.
Boom.
Directo.
Ya ni siquiera intentaba esconderlo bien.
Santiago soltó una pequeña risa.
—Empiezas a asustarme.
—¿Por notar cosas?
—Exactamente.
Ella sonrió apenas.
Y siguieron caminando.
En silencio.
Pero no incómodo.
Nunca incómodo.
Ese era probablemente uno de los problemas más grandes.
Todo con Beatriz se sentía demasiado natural.
Demasiado fácil.
Como si una parte de él descansara cuando estaba cerca de ella.
Y Santiago no estaba acostumbrado a descansar.
Estaba acostumbrado a rendir.
A impresionar.
A sostener expectativas.
Pero no a sentirse tranquilo.
Llegaron finalmente a una banca cerca de la fuente.
Beatriz se sentó primero.
Santiago después.
Y durante varios segundos ninguno habló.
Solo observaron el agua moverse lentamente.
El viento frío.
La ciudad respirando alrededor.
Entonces Beatriz rompió el silencio.
—¿Sabes qué es raro?
—Todo contigo me preocupa cuando empiezas una frase así.
Ella soltó una pequeña risa.
—Que ya casi no hablas de fútbol.
La frase cayó suavemente entre ambos.
Pero golpeó fuerte.
Porque era verdad.
Santiago bajó lentamente la mirada hacia sus manos.
Y durante unos segundos no respondió.
No porque no quisiera.
Porque la respuesta era más complicada de lo que parecía.
—Antes era lo único de lo que hablaba.
dijo finalmente.
Beatriz lo observó de reojo.
Esperando.
—Creo que durante años fue lo único que sabía mostrar de mí.
Boom.
El aire cambió inmediatamente.
Porque aquello no era una frase casual.
Era una confesión.
Pequeña.
Pero profundamente honesta.
Beatriz apoyó lentamente la espalda contra la banca.
Y por primera vez no respondió enseguida.
Porque sentía que Santiago estaba parado justo al borde de algo importante.
Y si hablaba demasiado rápido…
podría hacerlo retroceder.
—¿Y ahora?
preguntó suavemente.
Santiago soltó una pequeña risa cansada.
Miró alrededor.
La fuente.
Los niños jugando.
La vida sencilla continuando sin pedirle nada.
Y entonces habló.
Muy despacio.
Como si recién estuviera entendiendo las palabras mientras las decía.
—Ahora no sé muy bien quién soy cuando el fútbol deja de hacer ruido.
El pecho de Beatriz se apretó suavemente.
Porque esa frase…
esa maldita frase…
tenía muchísimo más dolor del que él parecía notar.
Y de pronto entendió algo terrible.
Santiago había pasado tantos años convirtiéndose en “alguien”…
que nunca tuvo tiempo de descubrir quién era realmente.
—Eso debe dar miedo.
susurró.
Santiago sonrió apenas.
Pero era una sonrisa triste.
—Muchísimo.
El viento movió suavemente algunas hojas frente a ellos.
La tarde comenzaba a oscurecer.
Y aun así ninguno parecía tener ganas de irse.
Porque algo importante estaba ocurriendo allí.
Algo silencioso.
Algo que no necesitaba grandes escenas para sentirse enorme.
—¿Sabes qué creo?
dijo Beatriz después de unos segundos.
Santiago levantó apenas la vista.
—Eso siempre termina desestabilizándome emocionalmente.
Ella sonrió.
Pero esta vez no apartó la mirada.
—Creo que pasaste demasiados años siendo quien todos necesitaban.
Pequeña pausa.
—Y muy pocos siendo quien tú necesitabas ser.
Silencio.
Completo.
Porque aquella frase llegó demasiado profundo.
Demasiado.
Santiago tragó saliva lentamente.
Y por primera vez sintió algo raro.
Ganas de hablar.
De verdad hablar.
No seducir.
No impresionar.
No entretener.
Hablar.
—Cuando me lesioné…
La voz salió más baja.
Más cansada.
Más vulnerable.
—Sentí que desaparecía.
Beatriz no dijo nada.
Solo escuchó.
Y quizá precisamente por eso él siguió.
—No físicamente.
Miró la fuente.
El agua moviéndose lentamente.
Y por un momento pareció mucho más joven.
Mucho más cansado.
—Pero era como si de repente nadie supiera qué hacer conmigo.