La palabra llevaba semanas flotando entre ellos.
Invisible.
Peligrosa.
Inevitable.
Alta.
Y aun así ninguno parecía dispuesto a decirla demasiado fuerte.
Como si nombrarla pudiera acelerar algo que ambos secretamente querían detener.
El hospital estaba extrañamente tranquilo aquella mañana.
Demasiado tranquilo.
Santiago odiaba eso.
Porque el silencio le dejaba demasiado espacio para pensar.
Y últimamente pensar se estaba convirtiendo en un deporte de alto riesgo.
Caminó lentamente por el pasillo hacia la sala de rehabilitación.
Sin bastón.
Sin dificultad real.
La rodilla ya casi no dolía.
Y aquella debería haber sido la mejor noticia del mundo.
Después de todo, había luchado meses por llegar allí.
Había llorado de rabia.
Había soportado dolor.
Miedo.
Frustración.
Había reconstruido su cuerpo pedazo por pedazo.
Entonces…
¿por qué sentía ese vacío raro en el pecho?
Como si estuviera perdiendo algo en lugar de recuperarlo.
La puerta estaba entreabierta.
Y Santiago la vio antes de entrar.
Beatriz.
De espaldas.
Organizando unos documentos.
La luz de la mañana entrando suavemente por la ventana.
El cabello recogido.
La calma.
Maldita sea.
Últimamente verla ya no se sentía como algo simple.
Se sentía como llegar.
Y eso era peligrosísimo.
—¿Me estás observando otra vez?
preguntó ella sin girarse.
Santiago soltó una pequeña risa.
—Empiezo a sospechar que tienes poderes.
—Empiezo a sospechar que eres muy obvio.
Ella finalmente se giró.
Y ahí estaba esa sonrisa pequeña.
La que aparecía solo cuando estaban solos.
La que Santiago comenzaba a sentir peligrosamente suya.
El corazón le golpeó fuerte.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Después de todo ese tiempo todavía reaccionaba así.
—¿Cómo está la rodilla?
preguntó Beatriz acercándose.
Profesional.
Pero no completamente.
Ya nunca completamente.
Santiago se encogió apenas de hombros.
—Bien.
Ella arqueó una ceja.
—Eso sonó sospechosamente emocional.
—Estoy creciendo.
—No exageremos.
Rieron suavemente.
Y durante unos segundos todo volvió a sentirse normal.
Como siempre.
Como esas últimas semanas donde habían aprendido a existir en ese espacio extraño entre amistad y algo muchísimo más peligroso.
Beatriz revisó algunos movimientos.
Lo hizo caminar.
Correr un poco.
Flexionar.
Equilibrio.
Rutina.
La misma rutina que durante meses había sostenido sus días.
Pero algo se sentía distinto.
Más lento.
Más pesado.
Más triste.
Y Santiago empezó a notarlo en pequeños detalles.
La manera en que Beatriz evitaba sostener demasiado las miradas.
Cómo tardaba más entre indicaciones.
Cómo parecía guardar silencio cada vez que sus manos se rozaban accidentalmente.
Como si ella también sintiera esa sensación extraña.
Esa sensación de final.
Finalmente cerró la tablet.
Y el sonido fue mucho más fuerte de lo que debería haber sido.
Porque ambos supieron inmediatamente lo que venía.
Silencio.
Uno largo.
Peligroso.
Hasta que Beatriz respiró hondo.
Y habló.
—Creo que ya no me necesitas aquí.
Boom.
Directo.
El pecho de Santiago se apretó tan fuerte que por un segundo no pudo responder.
Porque aquella frase tenía doble significado.
Y ambos lo sabían.
Beatriz sostuvo la tablet contra el pecho.
Intentando mantener el tono profesional.
Intentando mantener distancia.
Intentando no parecer afectada.
Fracaso absoluto.
Porque Santiago la conocía demasiado ya.
Y podía ver perfectamente la tristeza escondida detrás de esa calma.
—¿Eso es todo?
preguntó él finalmente.
La voz salió más baja de lo normal.
Más vulnerable.
Más humana.
Beatriz tragó saliva lentamente.
—Tu recuperación está muy bien.
Respuesta médica.
Respuesta cobarde.
Y Santiago sintió algo romperse suavemente dentro del pecho.
Porque llevaba semanas acercándose a ella.
Abriéndose.
Mostrándole partes de sí mismo que nadie veía.
Y ahora todo parecía reducirse otra vez a:
"La recuperación salió bien."
No.
No quería eso.
No quería terminar así.
—Bea…
La forma en que dijo su nombre hizo que algo dentro de ella temblara.
Porque sonó demasiado cerca de una despedida.
Y ella no estaba preparada para despedirse de él.
Todavía no.
Tal vez nunca.
Santiago pasó lentamente una mano por su cabello.
Buscando palabras.
Las correctas.
Las que no arruinaran todo.
Las que no dijeran demasiado.
O peor.
Las que dijeran exactamente la verdad.
—No sé cómo volver a mi vida de antes.
El silencio cayó inmediatamente entre ambos.
Porque aquella frase no era sobre fisioterapia.
Nunca lo había sido.
Beatriz lo miró.
Y el corazón comenzó a dolerle lentamente.
Porque entendía perfectamente lo que quería decir.
La vida de antes.
El ruido.
La fama.
La soledad disfrazada de éxito.
Y ahora…
ahora él conocía otra cosa.
La calma.
La honestidad.
La posibilidad de ser amado sin actuar.
Y ambos sabían exactamente quién le había mostrado eso.
—Santiago…
Él negó suavemente con la cabeza.
Y por primera vez en toda la novela pareció completamente desarmado.
Sin personaje.
Sin sonrisa fácil.
Sin seguridad.
Solo humano.
—Todo esto empezó porque me lesioné.
Pequeña pausa.
—Y suena terrible decirlo…
Soltó una pequeña risa triste.