La puerta se cerró suavemente detrás de Santiago.
Y el sonido pareció quedarse suspendido en el aire mucho más tiempo del normal.
Como si incluso el hospital entendiera que algo acababa de cambiar.
Algo importante.
Algo irreversible.
Santiago permaneció inmóvil en el pasillo.
Todavía podía sentir el calor de la mano de Beatriz sobre la suya.
Todavía podía verla mirándolo de esa manera.
Sin admiración.
Sin expectativa.
Solo…
viéndolo.
Y maldita sea.
Eso lo había desarmado completamente.
Se pasó ambas manos por el rostro lentamente.
Respiró hondo.
Pero el aire no parecía suficiente.
Porque el pecho le dolía raro.
Demasiado lleno.
Demasiado vivo.
Y por primera vez en muchísimo tiempo Santiago Ruiz no tenía idea de qué hacer consigo mismo.
Durante años siempre había sabido exactamente cómo moverse.
Qué decir.
Cómo reaccionar.
Cómo gustar.
Cómo seducir.
Cómo convertirse en la versión correcta de sí mismo para cada persona.
Pero Beatriz…
Beatriz había arruinado completamente ese mecanismo.
Porque con ella no sabía actuar.
Y quizá precisamente por eso todo se sentía tan real.
Caminó lentamente hacia la salida del hospital.
El cielo estaba gris otra vez.
Claro.
Como si el universo entero estuviera obsesionado con convertir momentos emocionalmente devastadores en escenas de película.
Perfecto.
Las puertas automáticas se abrieron.
El aire frío le golpeó el rostro.
Y Santiago se quedó quieto unos segundos en la entrada.
Observando la ciudad.
La gente pasando.
Los autos.
La vida continuando normalmente mientras él sentía que algo enorme acababa de moverse dentro de su pecho.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Porque técnicamente no había pasado nada.
No beso.
No confesión.
No promesas.
Y aun así…
sentía que acababa de vivir una de las conversaciones más importantes de toda su vida.
El teléfono vibró dentro de su bolsillo.
Mateo.
Por supuesto.
"¿Sobreviviste al alta?"
Santiago soltó una pequeña risa cansada.
Maldito hombre.
"No estoy seguro."
La respuesta llegó inmediatamente.
"Eso suena preocupantemente emocional."
"Lo es."
Tres puntos.
Después:
"¿Qué pasó?"
Santiago observó el mensaje varios segundos.
Porque no sabía cómo explicarlo.
¿Cómo demonios explicaba que una mujer le había tomado la mano y eso había cambiado algo dentro de él más que cualquier gol de los últimos años?
¿Cómo explicaba que por primera vez en muchísimo tiempo no quería correr hacia el ruido?
¿Cómo explicaba que ahora entendía lo cansado que había estado todo este tiempo?
No respondió.
Guardó el teléfono.
Y empezó a caminar sin rumbo.
Porque volver directamente a casa parecía imposible.
Demasiado silencio.
Demasiado espacio para pensar.
Y aun así…
sus pensamientos seguían alcanzándolo.
Siempre ella.
La forma en que había dicho:
"No significó poco."
Boom.
Otra vez.
Como si la frase siguiera golpeándole el pecho desde adentro.
Porque nadie le había dicho algo así antes.
No realmente.
Había recibido admiración.
Deseo.
Atención.
Necesidad.
Pero aquello era distinto.
Muchísimo distinto.
Porque Beatriz no parecía necesitar nada de él.
Y aun así se quedaba.
Y quizá precisamente por eso él quería quedarse también.
Llegó sin darse cuenta a un pequeño puente peatonal cerca del río.
El agua corría lentamente debajo.
La ciudad reflejándose entre luces temblorosas.
Y Santiago apoyó ambos brazos sobre la baranda.
Silencio.
Frío.
Madrugada acercándose lentamente.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Por primera vez en años…
no quiso distraerse.
No quiso llamar a nadie.
No quiso llenar el vacío con ruido.
Solo quiso sentir.
Aunque doliera.
Aunque diera miedo.
Porque empezaba a cansarse de escapar constantemente de sí mismo.
Cerró los ojos.
Y recordó la primera vez que vio a Beatriz.
Seria.
Distante.
Completamente inmune a Santiago Ruiz.
Aquello lo había irritado muchísimo.
Y ahora…
ahora entendía por qué.
Porque ella había sido la primera persona en muchísimo tiempo que parecía interesada en el hombre y no en el personaje.
La primera que no reaccionó al ruido.
La primera que no pareció impresionada.
La primera que no le pidió ser extraordinario para quedarse cerca.
El pecho volvió a dolerle suavemente.
Pero esta vez no era un dolor malo.
Era uno peligroso.
Esperanzador.
Y quizá eso daba muchísimo más miedo.
Porque la esperanza siempre había sido más aterradora que la soledad.
La soledad uno aprende a soportarla.
Pero la esperanza…
la esperanza puede destruirte si desaparece.
Abrió lentamente los ojos.
Y entonces entendió algo brutal.
Toda su vida había intentado convertirse en alguien imposible de abandonar.
Pero nunca se había preguntado algo mucho más importante.
¿Quién era él cuando alguien finalmente decidía quedarse?
Boom.
La pregunta le dejó el pecho completamente inmóvil.
Porque no sabía la respuesta.
No todavía.
Pero por primera vez quería descubrirla.
No por el fútbol.
No por el mundo.
No por aplausos.
Por él.
Y quizá…
también por ella.
El teléfono vibró otra vez.
Esta vez un mensaje distinto.
Beatriz.
El corazón le dio un golpe completamente absurdo.
Ridículo.
Abrió el mensaje inmediatamente.
"¿Llegaste bien?"