Beatriz dejó el teléfono sobre la mesa.
Y se quedó mirándolo.
Como si aquel pequeño rectángulo oscuro acabara de decir demasiado.
Como si las palabras que acababa de enviar ya no le pertenecieran.
"Todavía estoy aquí, Santi."
Lo había escrito sin pensarlo.
O tal vez sí.
Tal vez llevaba semanas pensándolo.
Tal vez llevaba meses intentando no escribir exactamente eso.
Estoy aquí.
No me he ido.
No estoy huyendo.
No todavía.
Y aquello, para Beatriz Soriano, era casi una declaración de guerra contra todo lo que había aprendido a hacer para sobrevivir.
Se apoyó contra el respaldo de la silla y cerró los ojos.
El departamento estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Ese tipo de silencio que no acompaña.
Ese que desnuda.
Afuera, la ciudad seguía viva en murmullos lejanos: algún auto pasando, una puerta cerrándose en otro piso, el zumbido tenue de la nevera.
Cosas normales.
Pequeñas.
Inofensivas.
Pero dentro de ella nada se sentía inofensivo.
Nada desde Santiago.
Nada desde esa sesión.
Nada desde que él le había tomado la mano con una suavidad que la había hecho sentir más vulnerable que cualquier beso.
Dios.
Qué absurdo.
Era solo una mano.
Solo piel contra piel.
Solo unos segundos.
Pero Beatriz había sentido que algo dentro de ella dejaba de resistir.
No se rompía.
No exactamente.
Se rendía.
Y eso era mucho peor.
Porque romperse era familiar.
Rendirse no.
Rendirse implicaba confiar.
Y confiar siempre le había parecido una forma elegante de ponerle un arma cargada a otra persona y esperar que no disparara.
Se levantó lentamente.
Caminó hacia la cocina.
Sirvió agua en un vaso.
No tenía sed.
Bebió igual.
Necesitaba hacer algo con las manos.
Algo que no fuera volver a tomar el teléfono.
Algo que no fuera releer el mensaje de Santiago.
"Gracias por quedarte."
La frase le golpeó otra vez el pecho.
No de forma violenta.
De forma peor.
Tierna.
Agotadora.
Profunda.
Porque ella sabía leer lo que no estaba escrito.
Gracias por no abandonarme.
Gracias por no mirarme como si solo fuera una etapa.
Gracias por ver al hombre que ni siquiera yo sabía cómo encontrar.
Y eso la asustaba muchísimo.
Porque Beatriz no era ingenua.
Sabía reconocer la dependencia emocional.
Sabía identificar cuándo una persona herida se aferraba a quien le ofrecía calma.
Lo había visto cientos de veces.
En pacientes.
En colegas.
En ella misma.
Y por eso había intentado mantener distancia.
Por eso había puesto límites.
Por eso había repetido tantas veces que Santiago era su paciente.
Porque era más fácil esconderse detrás de una norma que admitir una verdad.
La verdad era que Santiago Ruiz ya no era solo un paciente.
Y lo peor era que probablemente había dejado de serlo mucho antes del alta.
Beatriz apoyó ambas manos sobre la encimera.
Bajó la cabeza.
Respiró.
Uno.
Dos.
Tres.
Nada.
El corazón seguía golpeando demasiado fuerte.
Como si todavía estuviera en aquella sala.
Como si todavía lo tuviera frente a ella.
Sin uniforme.
Sin orgullo.
Sin esa sonrisa con la que solía cubrirlo todo.
Solo Santiago.
Vulnerable.
Asustado.
Real.
"No sé cómo volver a mi vida de antes."
La frase volvió completa.
Y Beatriz sintió una presión incómoda en la garganta.
Porque lo había visto.
Había visto el miedo en sus ojos.
No el miedo de un deportista que teme perder rendimiento.
No el miedo de un hombre acostumbrado a ganar que no soporta perder.
Algo mucho más viejo.
Más profundo.
El miedo de alguien que por fin se estaba preguntando si podía ser querido sin tener que demostrar nada.
Y ella…
ella había querido abrazarlo.
Ahí.
En esa sala.
Había querido acercarse, tocarle el rostro, decirle que no tenía que volver a convertirse en nadie que no fuera él.
Que podía cansarse.
Que podía dudar.
Que podía no saber.
Que podía ser imperfecto.
Que podía quedarse.
Pero no lo había hecho.
Porque Beatriz también tenía miedo.
Y el miedo en ella no hacía ruido.
No gritaba.
No explotaba.
Solo cerraba puertas.
Despacio.
Con educación.
Con argumentos inteligentes.
Con frases como:
"Esto no es conveniente."
"Eres mi paciente."
"No mezcles las cosas."
"Cuidado."
Cuidado.
Qué palabra tan útil para disfrazar la cobardía.
Beatriz dejó el vaso en el fregadero y soltó una risa mínima.
Amarga.
Triste.
Porque podía ser excelente acompañando a otros a moverse después del dolor.
Pero cuando el dolor era suyo…
cuando era ella quien debía dar un paso…
seguía paralizada.
Qué ironía tan cruel.
Volvió al salón y se sentó en el sofá.
El teléfono seguía sobre la mesa.
Silencioso.
Tentador.
Peligroso.
No volvió a tocarlo.
En cambio, miró hacia la ventana.
Su reflejo aparecía débilmente en el vidrio.
Una mujer serena.
Ordenada.
Fuerte.
La imagen que todos veían.
La que ella había construido con tanto cuidado después de Daniel.
Daniel.
El nombre apareció como un golpe seco.
No porque todavía doliera igual.
No.
Eso era lo curioso.
Ya no dolía como antes.
Pero la cicatriz seguía ahí.
Y algunas cicatrices no duelen todos los días.
Solo cuando alguien nuevo se acerca demasiado.
Daniel había sido brillante.
Encantador.