Golpe bajo

Capítulo 47

El hospital seguía exactamente igual.

Mismo olor a café frío.

Mismos pasillos.

Mismas luces blancas demasiado intensas.

Misma gente caminando rápido con expresión de cansancio permanente.

Todo igual.

Y aun así…

todo se sentía distinto.

Beatriz lo entendió apenas cruzó la puerta de rehabilitación.

El vacío.

No visual.

Emocional.

Como si faltara ruido en el lugar equivocado.

Como si alguien hubiera movido ligeramente algo dentro de su rutina y ahora nada terminara de encajar bien.

Dejó el bolso sobre la silla.

Encendió la tablet.

Organizó algunos documentos.

Todo automático.

Todo mecánico.

Y entonces ocurrió.

Levantó la vista hacia la puerta.

Esperando verlo entrar.

Sonriendo apenas.

Haciendo algún comentario insoportable.

“Buenos días, doctora tortura.”

Silencio.

La puerta no se abrió.

Claro que no.

Ya no tenía por qué hacerlo.

El pensamiento le golpeó el pecho con una fuerza absurda.

Ridícula.

Porque era normal.

Natural.

Lógico.

Los pacientes se recuperaban.

Seguían con sus vidas.

Ella llevaba años viendo despedidas mucho más definitivas.

Entonces…

¿por qué demonios esto dolía tanto?

Respiró hondo.

Se obligó a moverse.

A trabajar.

A concentrarse.

Pero durante toda la mañana siguió ocurriendo lo mismo.

Pequeños reflejos involuntarios.

Mirar la puerta.

Escuchar una risa parecida.

Pensar:
"Eso le habría hecho gracia a Santiago."

Maldita costumbre.

Porque eso era lo que él se había vuelto.

Una costumbre.

Y nadie hablaba suficiente del peligro que tienen las personas que lentamente empiezan a formar parte de tus días.

No llegan haciendo ruido.

No irrumpen.

No destruyen nada.

Solo aparecen poco a poco.

En los horarios.

En los silencios.

En los mensajes.

En la rutina.

Hasta que un día descubres que tu vida ya estaba acomodándose alrededor de su presencia.

Y entonces se van.

O peor.

Ya no sabes cómo seguir igual sin ellas.

Beatriz cerró los ojos apenas un segundo.

Control.

Necesitaba control.

Porque empezaba a sentirse demasiado vulnerable.

Y ella odiaba sentirse vulnerable.

Muchísimo.

—¿Todo bien?

preguntó Clara desde la otra esquina de la sala.

Beatriz levantó la vista inmediatamente.

—Sí.

Mentira automática.

Clara la observó unos segundos.

Demasiados.

—Te ves rara.

—Qué amable.

—Lo digo en serio.

Beatriz sonrió apenas.

La sonrisa correcta.

La segura.

La que usaba cuando no quería hablar de algo.

—Solo estoy cansada.

Otra mentira.

Y Clara claramente lo supo.

Pero no insistió.

Gracias a Dios.

Porque si alguien le preguntaba una vez más cómo estaba…

probablemente terminaría diciendo algo peligroso.

Algo como:
"Extraño a alguien."

Y Beatriz todavía no estaba lista para admitir eso ni siquiera frente a sí misma.

Mucho menos en voz alta.

Mientras tanto…

al otro lado de la ciudad…

Santiago estaba perdiendo la cabeza.

El entrenamiento había terminado hacía veinte minutos.

Y él seguía sentado solo en el vestidor.

Mirando el teléfono.

Como un completo idiota.

Porque técnicamente no tenía ninguna razón para escribirle.

Ninguna.

Ya no era su paciente.

Ya no tenía terapia.

Ya no existía una excusa lógica para aparecer constantemente en su vida.

Y maldita sea.

Odiaba eso.

Porque recién ahora entendía cuánto había usado la rehabilitación para verla sin tener que admitir lo mucho que necesitaba verla.

Mateo apareció frente a él secándose el cabello con una toalla.

Y apenas lo vio…

sonrió.

Oh no.

Esa sonrisa.

La sonrisa de:
"Ya entendí todo y voy a molestarte emocionalmente."

Perfecto.

—¿Qué haces?

preguntó Mateo.

Santiago ni siquiera levantó la vista.

—Pensando.

—Eso nunca termina bien contigo.

Silencio.

Mateo se sentó frente a él.

Esperó.

Porque conocía demasiado bien a Santiago.

Y sabía que eventualmente terminaría hablando.

—Es raro.

murmuró finalmente Santiago.

—¿Qué cosa?

Él levantó lentamente la mirada.

Y por primera vez parecía completamente agotado emocionalmente.

—Ya no sé cómo no hablar con ella.

Boom.

Directo.

Crudo.

Honesto.

Mateo soltó una pequeña risa.

No burlona.

Casi tierna.

Porque nunca había visto a Santiago tan perdido por alguien.

Nunca.

—Entonces háblale.

Santiago dejó caer la cabeza hacia atrás.

—No quiero parecer desesperado.

Mateo soltó una carcajada.

—Hermano.

Pequeña pausa.

—Ya estás desesperado.

Maldito hombre.

Santiago cerró los ojos.

Porque era verdad.

Completamente verdad.

El problema era que aquello ya no se sentía como simple deseo.

Ni siquiera como enamoramiento únicamente.

Se sentía mucho más profundo.

Más silencioso.

Más peligroso.

Extrañaba hablar con ella.

Extrañaba cómo se sentía él cuando estaba con ella.

Extrañaba la calma.

Las pausas.

La normalidad.

Y eso daba muchísimo miedo.

Porque jamás había necesitado a alguien de esa manera.

No emocionalmente.

No así.

El teléfono seguía entre sus manos.

Oscuro.

Tentador.

Ridículo cómo un simple mensaje podía sentirse tan importante.

Finalmente escribió.

"¿Cómo estuvo tu día?"

Lo observó unos segundos.

Borró el mensaje.

Patético.

Volvió a escribir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.