La primera llamada duró siete minutos.
La segunda, treinta y cuatro.
La tercera terminó a las dos de la madrugada.
Y ninguno de los dos supo exactamente en qué momento hablarse se volvió una necesidad absurda.
Simplemente pasó.
Como pasan las cosas importantes.
Sin anunciarse.
Sin permiso.
Sin que nadie se dé cuenta del instante exacto en que alguien empieza a formar parte de tu vida de una manera irreversible.
Todo comenzó con mensajes.
Pequeños.
Cotidianos.
Ridículamente normales.
"¿Sobreviviste al entrenamiento?"
"¿Sobreviviste al hospital?"
"Necesito denunciar oficialmente el café de la cafetería."
"Eso ya es un crimen internacional."
Y después…
memes.
Fotos absurdas.
Audios cortos.
Comentarios aleatorios durante el día.
Cosas mínimas.
Pero constantes.
Y lo peligroso nunca son las grandes conversaciones.
Son las pequeñas.
Las que empiezan a construir intimidad sin que nadie lo note.
Las que convierten a alguien en la primera persona a la que quieres contarle cualquier cosa.
Aunque sea una tontería.
Especialmente si es una tontería.
Beatriz estaba terminando unos informes cuando el teléfono vibró sobre el escritorio.
Santiago.
Otra vez.
Y el corazón reaccionó antes que ella.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Abrió el mensaje.
"Necesito una opinión médica urgente."
Sonrió automáticamente.
Maldito hombre.
"¿Qué rompiste ahora?"
La respuesta llegó de inmediato.
"Mi dignidad."
Beatriz soltó una pequeña risa.
Clara levantó la vista desde la otra esquina de la oficina.
—Definitivamente estás hablando con alguien.
Beatriz casi deja caer el teléfono.
—¿Qué?
—Llevas sonriendo cinco minutos frente a una pantalla.
Oh no.
No.
Peligro.
Muchísimo peligro.
—Es un paciente.
Silencio.
Clara la observó largamente.
Luego sonrió lentamente.
Esa sonrisa.
La sonrisa femenina universal de:
"Claro. Un paciente."
Perfecto.
—Voy a fingir que te creo.
—Qué amable.
—¿Cómo se llama “el paciente”?
—Clara.
—Ah, ya estamos en la etapa donde evades preguntas.
Beatriz negó con la cabeza intentando ocultar la sonrisa.
Pero ya era demasiado tarde.
Porque el problema no era solamente que Santiago la hacía sonreír.
El problema era que últimamente parecía estar en todas partes.
En los silencios del día.
En los momentos aburridos.
En las pausas.
Y eso empezaba a sentirse peligrosamente parecido a enamorarse.
Mientras tanto…
Santiago estaba acostado en el sofá de su departamento viendo el techo.
Sonriendo como un completo idiota.
Por un audio.
Un maldito audio de dieciocho segundos.
—No puedes tomar bebidas energéticas a las once de la noche y luego preguntarte por qué no puedes dormir, Santiago.
Su voz.
Dios.
¿Cómo demonios alguien podía sonar tan tranquila incluso regañándolo?
Volvió a reproducir el audio.
Otra vez.
Patético.
Absolutamente patético.
Mateo lo habría destruido emocionalmente si lo viera ahora.
El teléfono vibró nuevamente.
"Y deja de reírte solo, psicópata."
Boom.
Carcajada inmediata.
Porque ella ya lo conocía demasiado.
Y eso le encantaba.
Muchísimo más de lo que debería.
Escribió rápido:
"¿Cómo sabes que me estaba riendo?"
Tres puntos.
Después:
"Porque ya te imagino perfectamente."
Silencio.
Pequeño.
Pero devastador.
Porque Santiago sintió el pecho completamente tibio de repente.
Ya te imagino perfectamente.
Como si ella hubiera aprendido sus gestos.
Sus silencios.
Sus expresiones.
Como si lo estuviera guardando dentro de su rutina igual que él a ella.
Y quizá eso era exactamente lo que estaba ocurriendo.
Las llamadas empezaron casi sin darse cuenta.
Primero por cosas prácticas.
“¿Tienes el contacto del traumatólogo?”
“¿Qué estiramiento era el de la rodilla?”
Después por tonterías.
“Necesito saber si esto cuenta como comida saludable.”
“¿Por qué tienes tan mal gusto musical?”
Y finalmente…
porque sí.
Solo porque sí.
Una noche Santiago llamó mientras manejaba.
No tenía nada importante que decir.
Absolutamente nada.
Pero igual marcó.
Y cuando escuchó la voz de Beatriz al otro lado…
algo dentro de él se acomodó.
Como si esa voz se hubiera convertido lentamente en un lugar seguro.
—¿Qué pasó?
preguntó ella.
Santiago sonrió.
—Nada.
—Entonces ¿por qué llamaste?
Silencio.
Porque no sabía cómo decir:
"Porque quería escucharte."
Y quizá ella lo entendió igual.
Porque tampoco insistió.
Solo siguió hablando.
Sobre su día.
Sobre una señora que discutió con recepción durante veinte minutos.
Sobre un niño que le regaló un dibujo.
Sobre cualquier cosa.
Y Santiago escuchaba manejando lentamente por la ciudad vacía.
Sin radio.
Sin prisa.
Solo su voz llenando el silencio.
Y entonces lo entendió.
Durante años había usado ruido para no sentirse solo.
Música.
Fiestas.
Gente.
Atención.
Ahora solo necesitaba una llamada de ella.
Y eso daba muchísimo miedo.
Porque ya no sabía cómo regresar a la versión de sí mismo anterior a Beatriz.
Ella también empezaba a notarlo.
Las noches se estaban volviendo peligrosas.
Porque de día todavía existían distracciones.
Trabajo.
Personas.
Movimiento.