Golpe bajo

Capítulo 49

Santiago duró exactamente cinco días.

Cinco.

Días.

Antes de perder completamente la paciencia.

Porque mensajes no bastaban.

Las llamadas tampoco.

Y aquello empezaba a volverse físicamente insoportable.

Extrañaba verla de una manera absurda.

Ridícula.

Como si el cuerpo se hubiera acostumbrado demasiado rápido a su presencia.

A su voz.

A su calma.

A ella.

Y ahora todo se sentía ligeramente fuera de lugar cuando no estaba cerca.

Maldita costumbre.

El hospital estaba más lleno de lo habitual aquella mañana.

Recepción saturada.

Pasillos llenos.

Ruido.

Movimiento constante.

Y Beatriz estaba intentando terminar un informe cuando escuchó una voz demasiado conocida detrás de ella.

—Definitivamente odio este lugar.

El corazón le dio un golpe tan fuerte que tuvo que cerrar los ojos un segundo.

No.

No podía reaccionar así solamente porque él apareció.

Ridículo.

Completamente ridículo.

Levantó lentamente la vista.

Y ahí estaba.

Jeans oscuros.

Chaqueta negra.

Las manos en los bolsillos.

Esa sonrisa apenas ladeada que últimamente parecía diseñada específicamente para destruirle la estabilidad emocional.

Y Dios.

Lo había extrañado muchísimo más de lo que quería admitir.

—¿Qué haces aquí?

preguntó intentando sonar normal.

Fracaso absoluto.

Porque Santiago sonrió inmediatamente.

La escuchó.

La alegría escondida en su voz.

Y el pecho se le llenó absurdamente de calor.

—Vine a ver a mi fisioterapeuta favorita.

—Ya no soy tu fisioterapeuta.

—Excelente.

Entonces vine a ver a Bea.

Boom.

Directo al pecho.

Beatriz desvió la mirada demasiado rápido.

Porque varias personas cerca ya estaban observando.

Y eso la puso inmediatamente tensa.

Santiago lo notó enseguida.

La forma en que ella acomodó la postura.

Cómo bajó el tono de voz.

Cómo volvió a construir distancia alrededor suyo.

Y algo dentro de él se apagó apenas.

—¿Todo bien?

preguntó más bajo.

Ella asintió rápidamente.

—Sí, solo…

Miró alrededor.

Recepción.

Enfermeras.

Pacientes.

Miradas curiosas.

Perfecto.

—No me gusta que hablen.

admitió finalmente.

La sinceridad lo golpeó más de lo esperado.

Porque claro.

Ella vivía en el mundo real.

Uno donde las personas hablaban.

Donde una doctora saliendo constantemente con un futbolista famoso podía convertirse fácilmente en tema de conversación.

Y Santiago odió inmediatamente que eso pudiera incomodarla.

Muchísimo.

Porque jamás había querido convertirse en un problema para ella.

Ni en ruido.

Ni en presión.

Dio un pequeño paso atrás automáticamente.

Y ese gesto…

ese pequeño gesto…

le rompió algo a Beatriz por dentro.

Porque no reaccionó con ego.

No se molestó.

No la hizo sentir exagerada.

Solo retrocedió para cuidarla.

Maldito hombre.

Eso lo hacía peor.

Mucho peor.

—No quería incomodarte.

dijo suavemente.

La voz tranquila.

Honesta.

Y Beatriz sintió el pecho apretarse.

Porque lo había extrañado demasiado.

Demasiado.

Su voz.

Su presencia.

La forma en que parecía llenar el espacio alrededor suyo incluso cuando estaba callado.

Respiró profundo.

Y tomó una decisión peligrosa.

Muy peligrosa.

—¿Ya almorzaste?

Santiago levantó apenas las cejas.

Sorpresa inmediata.

Después una sonrisa lenta.

Peligrosa.

—No.

—Bien.

Tengo hambre.

Boom.

Y ahí estaba otra vez.

La sensación de alivio.

Como si el mundo volviera a acomodarse apenas ella lo invitaba a quedarse cerca.

Treinta minutos después estaban sentados en un restaurante pequeño fuera del hospital.

Nada elegante.

Nada exclusivo.

Perfecto.

Beatriz estaba más relajada ahora.

Sin miradas alrededor.

Sin compañeros pasando cerca.

Solo ellos.

Y Santiago no había entendido cuánto necesitaba eso hasta sentarse frente a ella otra vez.

La estaba observando mientras hablaba sobre un paciente insoportable cuando se dio cuenta de algo peligroso.

Ya no sentía ansiedad cuando pensaba en el futuro.

Solo cuando pensaba en perder esto.

—¿Qué?

preguntó Beatriz atrapándolo mirándola otra vez.

Santiago sonrió lentamente.

—Nada.

Mentira.

La verdad era:
"Te extrañé demasiado."

Pero todavía no estaba listo para decirlo tan claramente.

Aunque probablemente ella ya lo sabía.

El almuerzo se extendió muchísimo más de lo normal.

Como siempre.

Porque hablar con ella era peligrosamente fácil.

Y cuando terminaron el café, Santiago miró la hora.

Viernes.

Dos y cuarenta y siete de la tarde.

Entonces preguntó casualmente:

—¿A qué hora tienes que volver?

Beatriz jugó distraídamente con la taza.

—Técnicamente ya terminé.

Santiago levantó apenas una ceja.

—¿No tienes pacientes en la tarde?

Ella negó suavemente.

—No.

Pequeña pausa.

—Estoy libre.

Error.

Grave error.

Porque algo cambió inmediatamente en la expresión de Santiago.

Una sonrisa lenta.

Peligrosa.

La clase de sonrisa que siempre terminaba metiéndola en problemas emocionales.

—Entonces estás secuestrada por el fin de semana.

Boom.

Beatriz soltó una risa inmediata.

—¿Perdón?

Santiago se inclinó apenas hacia adelante.

Y ahí estaba otra vez esa energía distinta.

Más ligera.

Más viva.

Como si de pronto hubiera tomado una decisión impulsiva y estuviera completamente convencido de ella.




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