Empezaba a parecer el inicio de algo muchísimo más grande. ❤️
Maravilloso! Ahora vamos con el siguiente capítulo, en afuera del departamento de Bea, esperando mientras ella regresa con un pequeño bolso... Ella sube al auto hace algún comentario sarcástico, el responde divertido, la hace reír... Y hacer una escena MUY emocional, romántica, del viaje en el auto hasta la cabaña, el le toma la mano, besa su mano, va manejando relajado, ella también va más calmada, el paisaje, la música, ambos se olvidan de todo y van charlando, hacer aquí diálogos MUY potentes y emotivos, al llegar ella se sorprende porque no es una cabaña cualquiera, es una preciosa cabaña moderna en Medio de un hermoso bosque junto al lago
Capítulo 39
El camino
Santiago llegó veinte minutos antes.
Por supuesto.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Pero llevaba toda la tarde incapaz de concentrarse en absolutamente nada.
Porque Beatriz había dicho que sí.
Todavía no terminaba de procesarlo.
Ella había dicho:
"Está bien."
Y desde entonces algo dentro de él parecía absurdamente más liviano.
Más vivo.
Más joven.
Apoyó ambos brazos sobre el volante mientras esperaba frente al edificio de departamentos.
La ciudad comenzaba a oscurecer lentamente.
Las luces amarillas encendiéndose.
El ruido lejano del tráfico.
Y él ahí.
Sonriendo solo como un idiota completo.
Mateo jamás lo dejaría sobrevivir si lo viera ahora.
El teléfono vibró.
Un mensaje de Beatriz.
"Baja la mirada o los vecinos van a pensar que estás planeando un secuestro real."
Carcajada inmediata.
Levantó la vista hacia el edificio.
Y ahí estaba ella.
En el balcón del segundo piso.
Observándolo.
Con una sonrisa apenas visible.
Y Dios.
El pecho le dolió suavemente.
Porque jamás imaginó que algo tan simple pudiera sentirse tan íntimo.
Ella desapareció del balcón segundos después.
Y Santiago soltó lentamente el aire.
Nervioso.
Él.
Santiago Ruiz.
Nervioso por una mujer bajando unas escaleras.
La vida tenía un sentido del humor espectacular.
La puerta del edificio finalmente se abrió.
Y ahí salió Beatriz.
Pequeño bolso sobre el hombro.
Jeans oscuros.
Suéter claro.
Cabello suelto moviéndose suavemente con el viento.
Nada extraordinario.
Y aun así…
Santiago sintió el impulso brutal de memorizar exactamente cómo se veía en ese momento.
Porque había algo peligrosamente hermoso en verla fuera del hospital.
Fuera de la rutina.
Fuera de todo.
Solo Bea.
Ella abrió la puerta del copiloto.
Y antes de subir lo observó unos segundos.
—Definitivamente pareces alguien que está a punto de cometer un crimen.
Santiago soltó una pequeña risa.
—Técnicamente aceptaste venir voluntariamente.
—Eso todavía está bajo investigación.
Ella subió finalmente al auto.
Y el perfume suave que llevaba alteró inmediatamente todo el aire dentro del vehículo.
Perfecto.
Excelente manera de perder estabilidad emocional antes de conducir dos horas.
—¿Lista?
preguntó él.
Beatriz se acomodó el cinturón lentamente.
Y cuando levantó la vista…
sonrió apenas.
Suave.
Calmada.
Peligrosamente bonita.
—No.
Boom.
Santiago soltó una risa baja.
—Honestidad. Me gusta.
Ella apoyó la cabeza apenas contra el asiento.
Y suspiró.
—Hace mucho no hago algo impulsivo.
La frase quedó flotando entre ambos.
Porque no hablaba solamente del viaje.
Hablaba de ella.
De la mujer que llevaba años sobreviviendo a través del control.
Y ahora estaba subiéndose a un auto con un hombre que la hacía sentir exactamente lo contrario.
Santiago arrancó lentamente.
Y durante unos minutos ninguno habló demasiado.
La ciudad seguía viva alrededor.
Semáforos.
Luces.
Ruido.
Pero poco a poco todo empezó a quedarse atrás.
Y mientras avanzaban por la carretera algo extraño ocurrió.
Ambos comenzaron a relajarse.
De verdad.
Como si salir de la ciudad también estuviera alejándolos de las versiones más tensas de sí mismos.
La música sonaba bajito.
Algo suave.
Viejo.
Cálido.
Y el paisaje comenzó a cambiar lentamente.
Más árboles.
Más montaña.
Menos ruido.
Menos mundo.
Beatriz observaba distraídamente por la ventana.
Y Santiago no pudo evitar mirarla.
Otra vez.
Maldita costumbre.
—¿Qué?
preguntó ella sonriendo apenas.
—Nada.
—Mentiroso.
Él soltó una pequeña risa.
Después de unos segundos habló.
Muy tranquilo.
—Me gusta verte relajada.
Boom.
Directo al pecho.
Porque la frase sonó demasiado sincera.
Demasiado íntima.
Beatriz bajó apenas la mirada.
Y algo dentro de ella se suavizó lentamente.
Porque Santiago la veía.
De verdad la veía.
Incluso en cosas que nadie más parecía notar.
La tensión.
El cansancio.
La necesidad constante de control.
Y aun así…
él seguía acercándose.
No huyendo.
No exigiendo.
Solo quedándose.
El silencio volvió unos minutos.
Pero era uno bonito.
Cómodo.
Como si ambos estuvieran aprendiendo a respirar dentro de la presencia del otro.
Entonces Santiago hizo algo pequeño.
Su mano abandonó el volante apenas un instante.
Y buscó lentamente la de ella.
Como si todavía le estuviera preguntando permiso.
Como si todavía le importara no invadirla.
Y Beatriz sintió el corazón golpeando absurdamente fuerte cuando entrelazó suavemente sus dedos con los de él.
El contacto fue inmediato.
Cálido.