La cabaña olía a madera, lluvia y tranquilidad.
Esa clase de tranquilidad que parece imposible cuando llevas demasiado tiempo viviendo rodeado de ruido.
Beatriz entró lentamente observando todo alrededor.
Los ventanales enormes mostrando el lago oscuro.
La chimenea de piedra.
La iluminación cálida.
Los muebles modernos mezclados con madera natural.
Todo hermoso.
Pero no de manera ostentosa.
De manera íntima.
Como un lugar construido para respirar.
Y de pronto entendió algo importante.
Santiago no venía ahí para escapar del mundo.
Venía ahí para encontrarse.
—Sigues mirándolo como si descubrieras una conspiración.
dijo él detrás de ella.
Beatriz giró lentamente.
Y ahí estaba otra vez esa sonrisa apenas ladeada.
Más relajado.
Más ligero.
Más él.
—Todavía estoy procesando que a esto le llames “cabaña”.
Santiago soltó una pequeña risa.
—¿Esperabas una choza y osos salvajes?
—Esperaba algo mucho menos…
Miró otra vez alrededor.
—Tú.
Él levantó apenas una ceja.
—¿Eso fue un insulto?
—Todavía no decido.
La risa de Santiago llenó suavemente el espacio.
Y Dios.
Cómo le gustaba hacerla reír.
Muchísimo más de lo que debería.
Dejaron las cosas en las habitaciones.
Beatriz necesitó un momento sola.
No porque quisiera alejarse.
Peor.
Porque necesitaba respirar.
Todo estaba volviéndose demasiado real.
El viaje.
Las miradas.
Su mano besando la de ella en el auto.
La forma en que él la observaba cuando creía que no se daba cuenta.
Y ahora esto.
El bosque.
El lago.
El silencio.
Santiago.
Solo ellos.
El corazón le golpeó fuerte otra vez.
Ridículo.
Treinta y tantos años y seguía sintiéndose así por un hombre.
Se miró un segundo al espejo.
Y ahí estaba esa expresión que llevaba semanas intentando ignorar.
La de alguien que ya estaba enamorándose demasiado.
Peligroso.
Muy peligroso.
Cuando volvió al salón, Santiago estaba junto a la cocina abierta revisando una botella de vino.
Levantó la vista apenas ella apareció.
Y el aire cambió inmediatamente.
Porque verla allí…
con el cabello ligeramente despeinado por el viaje, las mangas del suéter cubriéndole parcialmente las manos y esa expresión más suave que en la ciudad…
se sintió peligrosamente parecido a hogar.
Dios.
Eso sí daba miedo.
—Espero haber acertado.
dijo él levantando la botella.
Beatriz tomó el vino.
Revisó la etiqueta.
Y se quedó quieta un segundo.
—No puede ser.
Santiago sonrió inmediatamente.
—¿Qué?
Ella volvió a mirar la botella.
Y luego a él.
Sorprendida de verdad.
—Este es uno de mis favoritos.
Boom.
La satisfacción en el rostro de Santiago fue inmediata.
Casi infantil.
Como alguien que acababa de ganar algo importante.
—Sabía que tenía buen gusto.
Beatriz entrecerró apenas los ojos.
—Creo que me has estado espiando.
Santiago soltó una pequeña risa mientras abría la botella.
—Solo soy un poco observador.
Pequeña pausa.
La miró apenas por encima del hombro.
—Y he tenido suerte de que aceptaras.
Boom.
La frase cayó suave.
Pero el corazón de Beatriz igual tropezó violentamente.
Porque cada vez le costaba más distinguir cuándo Santiago estaba bromeando…
y cuándo hablaba completamente en serio.
La música comenzó a sonar bajito.
Algo lento.
Cálido.
Perfecto para la lluvia suave que empezaba a escucharse afuera.
Santiago sirvió el vino lentamente.
Le entregó la copa primero a ella.
Sus dedos rozaron apenas los suyos.
Y otra vez esa electricidad absurda.
Ridícula.
Incontrolable.
Él levantó su copa suavemente.
—¿Por qué brindamos?
preguntó.
Beatriz sonrió apenas.
—Por los secuestros emocionalmente cuestionables.
La carcajada de Santiago llenó la cabaña.
—Definitivamente voy a usar eso en mi defensa legal.
Las copas chocaron suavemente.
Y el vino era perfecto.
Profundo.
Cálido.
Como la noche.
Como ellos.
Se sentaron cerca de la chimenea.
Las llamas iluminaban suavemente la sala.
Y por un rato simplemente hablaron.
Nada trascendental.
Y al mismo tiempo todo.
Historias pequeñas.
Recuerdos absurdos.
Risas suaves.
Silencios cómodos.
Hasta que en algún momento Santiago dejó de escuchar realmente las palabras.
Porque Beatriz estaba sonriendo.
Y él se quedó atrapado mirándola otra vez.
Maldita costumbre.
Ella lo notó.
Claro que lo notó.
—¿Qué?
preguntó más bajito esta vez.
Santiago no respondió inmediatamente.
Porque de pronto el aire entero se sentía distinto.
Más lento.
Más íntimo.
Más peligroso.
Se inclinó apenas hacia ella.
Muy despacio.
Como si todavía le estuviera dando oportunidad de alejarse.
Pero Beatriz no se movió.
No podía.
Porque lo miraba exactamente igual.
Él tomó suavemente su copa.
Después la de él.
Y las dejó sobre la mesa.
Sin romper la mirada.
Nunca rompiendo la mirada.
El corazón de Beatriz comenzó a golpear tan fuerte que le dolía.
Porque ahora sí.
Ahora sí estaba ocurriendo.
Santiago se acercó un poco más.
Lo suficiente para que ella sintiera su respiración.
Y entonces levantó lentamente una mano.
Le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja con una suavidad que le rompió completamente el pecho.
Dios.
Nadie tocaba así algo que no le importara.
La observó unos segundos larguísimos.
Como si estuviera intentando memorizarla.