La lluvia seguía cayendo afuera.
Suave.
Constante.
Como un murmullo lejano acompañando la noche.
Dentro de la cabaña, el fuego de la chimenea iluminaba todo con tonos cálidos y temblorosos.
Y Beatriz empezaba a sentir que estaba viviendo dentro de una escena demasiado perfecta para ser real.
O demasiado peligrosa.
Probablemente ambas.
Santiago apareció desde la cocina con una tabla pequeña de aperitivos y otra botella de vino.
—Espero que te guste el queso elegante que claramente compré fingiendo saber de quesos elegantes.
Beatriz soltó una carcajada inmediata.
—¿“Queso elegante”?
—Es terminología técnica.
—Impresionante nivel intelectual.
Él sonrió satisfecho consigo mismo mientras dejaba todo sobre la mesa frente a la chimenea.
Y Dios.
Cómo le gustaba verla reír así.
Relajada.
Sin tensión.
Sin esa distancia cuidadosa que llevaba puesta casi siempre en la ciudad.
Aquí parecía distinta.
Más suave.
Más libre.
Más ella.
Y Santiago empezaba a sospechar que se volvería peligrosamente adicto a esa versión de Beatriz.
Se sentaron nuevamente frente al fuego.
Más cerca esta vez.
Muchísimo más cerca.
Las piernas rozándose.
Las miradas durando demasiado.
La tensión creciendo lentamente entre bromas y vino.
Santiago tomó una fresa de la tabla.
La observó apenas unos segundos.
Y después la acercó directamente hacia la boca de Beatriz.
Ella levantó una ceja inmediatamente.
—¿Eso siempre funciona contigo?
Él sonrió con esa calma peligrosa que ya empezaba a destruirle el sistema nervioso.
—Todavía estoy evaluando resultados.
Beatriz abrió la boca apenas para aceptar la fruta.
Y el modo en que Santiago la observó hacerlo hizo que el calor subiera inmediatamente por su cuello.
Maldito hombre.
—Definitivamente así conquistabas modelos.
murmuró ella intentando sonar tranquila.
Santiago soltó una pequeña risa.
Después negó lentamente con la cabeza.
—No.
La miró unos segundos.
Y algo en su expresión cambió.
Más honesto.
Más íntimo.
—Con ellas mostraba otra versión.
Silencio.
Porque la frase tenía muchísimo más peso del que parecía.
Beatriz bajó apenas la copa.
—¿Qué versión?
Santiago sonrió apenas.
Pero esta vez la sonrisa se sintió triste.
—La encantadora.
Pequeña pausa.
—La fácil.
Boom.
Ella sostuvo su mirada.
Y de pronto entendió algo importante.
Santiago había pasado años siendo deseado.
Pero probablemente muy pocas veces realmente conocido.
Él tomó un sorbo de vino.
Y después habló otra vez.
Más bajo.
Más sincero.
—Nunca traje a nadie aquí.
El corazón de Beatriz tropezó violentamente dentro del pecho.
Porque aquello no sonó casual.
Ni impulsivo.
Sonó importante.
Muchísimo importante.
—¿Nadie?
preguntó apenas.
Santiago negó lentamente.
El fuego iluminando parcialmente su rostro.
La calma en sus ojos.
Y algo mucho más vulnerable escondido debajo.
—Este lugar…
Miró alrededor un instante.
La lluvia.
La chimenea.
El lago oscuro detrás de los ventanales.
Y luego volvió a verla.
—Es lo más parecido que tengo a un lugar donde puedo ser yo.
Boom.
El pecho de Beatriz se apretó suavemente.
Porque entendió exactamente lo que él estaba diciendo realmente.
"Nunca dejé entrar a nadie aquí."
Silencio.
Largo.
Cálido.
Hasta que ella preguntó lo inevitable.
—Entonces…
Pequeña pausa.
—¿Por qué a mí?
Santiago la observó varios segundos.
Demasiados.
Como si estuviera eligiendo cuidadosamente cuánto estaba dispuesto a mostrar.
Y cuando habló…
su voz salió más baja.
Más real.
Más peligrosa.
—Porque tú no eres una conquista, Bea.
El corazón de ella prácticamente dejó de funcionar.
Y entonces él terminó de destruirla.
—Eres mucho más que eso.
Boom.
Directo al alma.
No fue solamente la frase.
Fue la manera en que la dijo.
La forma en que la miró.
Como si realmente estuviera viéndola completa.
Como si aquello ya no tuviera nada que ver con deseo superficial.
Y Beatriz sintió el calor subir inmediatamente hasta sus mejillas.
Se sonrojó.
Literalmente.
Y Santiago sonrió apenas al notarlo.
Triunfante.
Peligrosamente encantado.
—Ah, mírate.
Ella lo señaló inmediatamente.
—No digas nada.
Él soltó una carcajada suave.
Después se inclinó apenas hacia ella.
Y habló muy cerca de su boca.
—¿Tienes calor?
El corazón de Beatriz empezó a golpear absurdamente fuerte.
Porque conocía perfectamente ese tono.
Ese tono suave.
Travieso.
Peligrosamente íntimo.
—Un poco.
admitió apenas.
Santiago miró hacia la chimenea fingiendo preocupación.
—Puedo bajar la intensidad del fuego.
Pequeña pausa.
Y luego sonrió lentamente.
—O podrías quitarte el suéter.
Boom.
La carcajada nerviosa de Beatriz salió inmediatamente.
—Eres imposible.
—Y aun así viniste conmigo al bosque.
Punto para él.
Maldito hombre.
Santiago se acercó lentamente otra vez.
Mucho más lento ahora.
Como si quisiera darle tiempo de detenerlo.
Pero Beatriz ya no quería detener nada.
No esa noche.
No con él.
Sus labios comenzaron a rozar suavemente su mejilla.
Pequeños besos lentos.
Tiernos.
Peligrosamente pacientes.
Hasta bajar lentamente por su cuello.
Y Beatriz cerró los ojos inmediatamente.
Porque Dios.
La forma en que ese hombre la tocaba parecía diseñada específicamente para desarmarla.