Golpe bajo

Capítulo 53

El fuego seguía encendido débilmente.

Pequeñas llamas sobreviviendo entre madera consumida y cenizas cálidas.

La lluvia había desaparecido.

Y ahora lo único que llenaba el silencio era el canto suave de los pájaros afuera.

Lento.

Pacífico.

Real.

Beatriz abrió los ojos despacio.

Desorientada apenas unos segundos.

La manta.

El calor.

La respiración tranquila de Santiago junto a ella.

Y entonces recordó.

Todo.

La cabaña.

El vino.

Las risas.

Sus manos.

Sus besos.

La forma en que la había abrazado después como si realmente hubiera encontrado algo que llevaba años buscando.

El corazón le golpeó suave.

No con miedo esta vez.

Con ternura.

Mucha ternura.

La luz dorada del amanecer entraba desde el tragaluz de la cocina iluminando parcialmente la sala.

Y Santiago seguía dormido abrazándola por la cintura bajo la manta.

Despeinado.

Relajado.

Completamente lejos del hombre que el mundo veía en revistas y pantallas.

Y Dios.

Así era peligrosamente hermoso.

Porque parecía en paz.

De verdad en paz.

Beatriz lo observó unos segundos más.

Demasiados.

Como si quisiera guardar esa imagen en algún lugar importante de sí misma.

Después se movió lentamente intentando no despertarlo.

Misión imposible.

Porque apenas se apartó un poco, Santiago frunció el ceño dormido y buscó automáticamente volver a acercarla.

Boom.

Directo al pecho.

Ridículo cómo un gesto inconsciente podía destruirla emocionalmente.

Finalmente logró escapar suavemente del abrazo.

Y caminó de puntillas hasta el baño.

Encendió la luz.

Se miró al espejo.

Y soltó una carcajada bajita.

Tenía el cabello completamente desordenado.

Las mejillas rosadas.

La boca ligeramente hinchada por los besos.

Y una expresión que llevaba muchísimo tiempo sin ver en sí misma.

Felicidad.

No euforia.

No intensidad.

Felicidad tranquila.

De esa que aparece cuando el alma deja de estar defendiendo constantemente algo.

Se quedó inmóvil unos segundos mirándose.

Porque apenas comenzaba a entender la magnitud de lo que estaba ocurriendo entre ellos.

Y eso daba miedo.

Muchísimo.

Pero por primera vez en años…

el miedo no era más fuerte que las ganas de quedarse.

Decidió ducharse rápido.

Necesitaba aterrizar un poco.

Respirar.

Volver a acomodarse emocionalmente antes de enfrentarse otra vez a Santiago mirándola de esa manera que parecía atravesarle todas las barreras.

Cuando salió del baño con el cabello todavía húmedo…

el olor a café recién hecho llenaba toda la cabaña.

Y el corazón le sonrió antes que ella.

Santiago estaba en la cocina.

En calzoncillos.

Con el cabello todavía despeinado.

Tomando un enorme batido de proteína mientras esperaba unas tostadas.

La escena era tan absurdamente doméstica que Beatriz se quedó quieta un segundo observándolo.

Huevos revueltos.

Aguacate.

Jugo de naranja.

Café recién servido.

Y Santiago Ruiz completamente relajado preparando desayuno como si aquello fuera lo más normal del mundo.

Entonces él levantó la vista.

Y apenas la vio…

su sonrisa se amplió inmediatamente.

Pero no solo eso.

La mirada se le iluminó.

Literalmente.

Como si verla fuera lo primero bueno del día.

Y Beatriz sintió el pecho derritiéndose lentamente.

—Buenos días.

dijo él alegremente.

Ella sonrió con una timidez rara en ella.

Más suave.

Más vulnerable.

—Buenos días.

Santiago la observó unos segundos completos.

Y Dios.

La manera en que la miraba empezaba a volverse un problema serio para su estabilidad emocional.

—¿Siempre amaneces así tan lleno de energía?

preguntó ella acercándose.

Él soltó una pequeña risa.

—Casi siempre.

Levantó el batido ligeramente.

—Soy un joven deportista lleno de energía.

Beatriz rodó los ojos divertida.

—Qué humildad tan conmovedora.

Santiago sonrió apenas.

Pero entonces algo cambió en su expresión.

Se volvió más suave.

Más íntimo.

Dejó el vaso sobre la mesada lentamente.

Y caminó hacia ella.

Muy despacio.

Como si quisiera disfrutar cada segundo de acercarse.

Tomó su rostro entre ambas manos.

La miró fijo.

Demasiado fijo.

Y habló bajito.

—Aunque…

Rozó apenas su nariz con la de ella.

—Hay cosas que definitivamente me activan más.

Boom.

El calor subió inmediatamente hasta las mejillas de Beatriz.

Y Santiago sonrió encantado al verla sonrojarse otra vez.

Maldito hombre.

—Y tú…

La observó lentamente.

Como si todavía estuviera procesando que ella realmente estaba allí.

Con él.

—¿Siempre amaneces así tan hermosa?

El corazón de Beatriz prácticamente colapsó.

—No digas esas cosas tan temprano.

murmuró escondiendo apenas la sonrisa.

Él soltó una risa baja.

Y le dio un beso suave.

Pequeño.

Cálido.

De esos que parecen más una caricia que un beso.

—Ven.

susurró cerca de su boca.

—Vamos a desayunar.

Y así lo hicieron.

Desayunaron hablando lentamente sobre la vida mientras la luz dorada del amanecer llenaba la cabaña.

Sin teléfonos.

Sin interrupciones.

Sin prisa.

Solo ellos.

Y quizá eso era lo más íntimo de todo.

La tranquilidad.

En algún momento Santiago la observó sonriendo sobre la taza de café.

Y habló más serio.

—No recordaba que las mañanas podían sentirse así.

Beatriz levantó la vista lentamente.

—¿Así cómo?

Él miró alrededor.

La cocina.

La luz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.