Golpe bajo

Capítulo 54

El regreso comenzó entre risas.

Como si ambos intentaran fingir que el fin de semana todavía no terminaba realmente.

La música sonaba bajito otra vez.

El bosque iba quedando atrás lentamente.

Y Beatriz llevaba los pies sobre el asiento mientras Santiago manejaba con una sola mano sobre el volante y la otra entrelazada con la de ella.

Todo tranquilo.

Todo cálido.

Todo peligrosamente parecido a felicidad.

—Sigues sonriendo solo.

murmuró Beatriz observándolo de reojo.

Santiago soltó una pequeña risa.

—Es culpa tuya.

—Qué irresponsabilidad emocional la mía.

—Muchísima.

Ella sonrió.

Y él volvió a besar suavemente sus nudillos mientras seguía manejando.

El corazón de Beatriz seguía reaccionando absurdamente fuerte cada vez que hacía eso.

Ridículo.

Completamente ridículo.

Pero poco a poco…

a medida que las horas avanzaban…

algo empezó a cambiar dentro del auto.

La ciudad comenzó a acercarse nuevamente.

Más tráfico.

Más ruido.

Más realidad.

Y el silencio empezó a sentirse distinto.

Más pesado.

Porque ambos estaban pensando exactamente lo mismo.

No querían separarse.

No todavía.

Tal vez nunca.

Santiago lo sintió primero.

Ese vacío raro comenzando a abrirse lentamente en el pecho mientras veía aparecer nuevamente edificios y semáforos.

Como si el mundo real estuviera reclamándolos otra vez.

Y maldita sea.

No quería volver.

No al ruido.

No a la presión.

No a la versión de sí mismo que el mundo esperaba.

Porque durante ese fin de semana había sentido algo que llevaba años sin sentir.

Paz.

Y el problema era que ahora esa paz tenía nombre.

Beatriz.

Ella también estaba callada ahora.

Mirando por la ventana mientras el paisaje natural desaparecía lentamente.

Y Santiago entendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo.

La estaba perdiendo un poquito otra vez.

No realmente.

Pero sí físicamente.

Y ya odiaba esa sensación.

Llegaron finalmente al edificio de departamentos justo cuando comenzaba a oscurecer.

El motor se apagó.

Y ninguno se movió inmediatamente.

Silencio.

Completo.

Dolorosamente íntimo.

Hasta que Beatriz soltó una pequeña risa nerviosa.

—Bueno…

Santiago giró lentamente hacia ella.

Y ahí estaba otra vez esa mirada.

La que parecía decir demasiado sin usar palabras.

—Odio esta parte.

admitió él.

Boom.

Directo al pecho.

Porque ella también.

Muchísimo.

Beatriz sonrió apenas.

Más triste ahora.

—Solo fueron dos días.

Santiago soltó una pequeña risa incrédula.

—Eso no ayuda en absoluto.

Ella bajó apenas la mirada.

Y el corazón se le apretó suavemente.

Porque ya empezaba a entender algo peligroso.

Cuando alguien se vuelve hogar…

cualquier despedida se siente demasiado grande.

Subieron juntos hasta el portal del edificio lentamente.

Sin prisa.

Como si ambos intentaran robarle segundos al inevitable final del fin de semana.

Santiago la abrazó apenas llegaron.

Fuerte.

Completamente fuerte.

Y Beatriz cerró los ojos inmediatamente refugiándose contra su pecho.

Porque ahí…

ahí todo seguía sintiéndose bien.

Seguro.

Real.

Se besaron lento.

Una vez.

Después otra.

Y otra más porque ninguno parecía capaz de soltar realmente al otro.

—Esto ya es un problema.

murmuró Beatriz apenas sonriendo contra su boca.

Santiago soltó una risa baja.

—Uno gravísimo.

Ella acarició suavemente su mejilla.

Y por un segundo ninguno dijo nada.

Porque ambos estaban pensando exactamente lo mismo.

¿Cómo demonios iban a volver a la normalidad después de eso?

Santiago apoyó lentamente la frente contra la de ella.

—Nos organizaremos.

Pequeña pausa.

—Voy a buscar la manera de verte más.

Beatriz asintió suavemente.

Porque ya tampoco soportaba demasiado la idea de volver a los días sin él.

Se besaron una última vez.

Más lento.

Más triste.

Y finalmente ella entró al edificio.

Pero antes de desaparecer giró una vez más.

Y Santiago seguía allí observándola exactamente igual.

Como si verla irse físicamente doliera un poco.

Y honestamente…

dolía.

Muchísimo.

Pero ninguno imaginaba todavía que las próximas semanas cambiarían muchísimo más de lo que esperaban.

Porque volver a la realidad también significaba enfrentar todo lo que habían dejado pausado.

Y la realidad nunca espera demasiado por nadie.

Los días siguientes fueron extraños para Santiago.

Porque regresar completamente al fútbol después de la lesión no se sintió glorioso.

Se sintió incómodo.

Difícil.

Cansado.

El tiempo fuera había pasado factura.

Muchísima.

El club seguía funcionando.

Los jóvenes habían crecido.

Nuevas figuras comenzaban a ocupar espacio.

Y aunque nadie lo decía directamente…

el mundo ya no giraba completamente alrededor de Santiago Ruiz.

Años atrás eso lo habría destruido.

Lo habría obsesionado.

Lo habría vuelto agresivo dentro de la cancha.

Pero ahora…

ahora algo era distinto.

Porque ya no jugaba con hambre de validación.

Jugaba distinto.

Más libre.

Más relajado.

Más humano.

Y aquello cambió completamente su manera de estar en la cancha.

Ya no intentaba resolver todo solo.

No buscaba desesperadamente ser la estrella de cada jugada.

Asistía más.

Confiaba más.

Compartía.

Y poco a poco algo inesperado comenzó a ocurrir.

El equipo empezó a jugar mejor.

Muchísimo mejor.

Los jugadores jóvenes crecieron alrededor suyo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.