Guerra De Sangre. El precio de una traición

I

Layla Chan, se disponía a descansar de un día muy atareado, desatando su correa y dejándose caer en su cama para liberarse de sus botas de seguridad, se acostó de espalda y conciliándose con un profundo descanso, escuchó de forma muy aguda el timbre de emergencia. Continuó acostada creyendo que ese sonido era parte de su sueño. Estaba exhausta de todo un día de trabajo duro. 

—¡Layla! ¡Layla despierta estamos de emergencia!

La mujer  sintió un rocío de agua helada caer en su rostro, de inmediato se puso de pie abrochándose la correa del pantalón nuevamente para salir corriendo al lugar del siniestro. Ese día fue muy consternado porque se celebró el aniversario de esa brigada, y la mayoría parecía estar reposando las secuelas del alcohol. 

—Oye Yosef, me despertaste ¿y tú que haces? –La muchacha con el rostro decaído y las manos en la cintura, no podía creer, que su compañero hiciera lo contrario de lo que le pedía—

—Layla no aguanto esta resaca, el sueño me mata, ve tú por favor… no aguanto más. –La muchacha no estaba para escuchar más, el tiempo se agotaba y ya debería de haberse subido al camión, corrió y en cuestiones de segundo ya estaba arriba. En el lugar del siniestro observo que un auto se había ido hacia el abismo y quedó atascado entre árboles. De inmediato le pusieron  los tirante, y cuando se sintió firme en todos los amarres bajó, junto a un compañero que debía estar ya jubilado. 

El carro estaba cerrado, aplastado del lado que quedaba libre y se escuchó la voz de un hombre que pedía ayuda para salir. La muchacha cayó justo en el mismo lado  donde se escuchaba la voz.

—¡Señor dígame algo para saber que está con vida, o conciente! –gritó Layla esperando una respuesta favorable—

—¡Ayúdeme por favor! Trato de salir y no puedo… tengo las piernas pisadas con el asiento delantero, y creo que mi chofer está muerto porque no reacciona. –respondió el señor con  la voz un poco apagada—

—¡Dígame su nombre!

—¡George White!

—Muy bien señor White, en un momento usted estará fuera de ese auto… mantenga la calma.

La mujer rescatista junto a su compañero abrieron el carro con una pequeña cierra, pudiendo sacar primero al conductor que estaba en muy malas condiciones. Cuando llegaron a la parte trasera del carro el señor White parecía  estar por desmayarse por el dolor, sentía que ya no aguantaba más estar en esa posición tan obligada. Levantaron el asiento que lo apretaba y lo subieron a una camilla especial que lo sostenía.

—¡Señor White, resista, ya va al hospital, manténgase despierto…! Mientras subían en el aire, George White abrió los ojos, y al verla parecía estar desvariando—  ¡Nathalie…  mi amor, volviste! –De inmediato perdió la conciencia—   

El día siguiente Layla Chan salía de la ducha, secando su ondulado cabello que le llegaba  casi  los hombros, cuando su amigo la miró y sonrió en un tono burlesco.

—¿Tú que te trae? Pareces chica barata con sonrisa de puta. —la mujer odiaba las burlas que muchas veces los compañeros le hacían por ser la única mujer que se atreva a igualarse con la fuerza de un hombre, y demostrarle que puede hacer las mismas cosa que ellos—

—Óyeme…   Nathalie mi amor regresaste. –El muchacho seguía las burlas y  riendo  a carcajadas, mientras la muchacha se terminaba de arreglar para salir a su descanso—

—¿Yosef, que eres un marica?, yo tengo más pantalones que tú, al parecer soy más hombre que cualquiera de estos ineptos que no comprenden que ese señor que se cayó al abismo estaba desvariando… no se ni para que explico si no van a entender. — frunció el ceño y les dio una grotesca mirada—

Layla tomó su morral y lo colocó en la espalda, se dirigió a la salida, encontrándose con el compañero con quien bajó a su último rescate el día anterior.

—No cabe dudas que aquí ustedes llegan a ancianos pero no a hombres, ¡imbécil!

—Layla, no fue mi intención… —El hombre se justificaba sin recibir una muestra de atención por parte de la muchacha—

—¡Cállese! –La muchacha caminaba a pasos agigantado para subirse a un transporte que la llevaría a su residencia—

Tres días después, en el hospital de los Ángeles, el señor George White despertaba, mirando a su alrededor, descubriéndose en la habitación fría de cuidados intensivos. Estaba confundido por todo lo que  había pasado Su madre lo vió a través de un vidrio y no dudó en acercarse llorando.

—Hijo, gracias a Dios despiertas… —dijo la angustiada mujer—

—¿Qué me pasó? todo me da vueltas… estoy confundido… —dijo el hombre llevando su mano a la cabeza—

—Cálmate mi amor, tuviste un terrible accidente, te operaron de emergencia… hijo tuve mucho miedo de perderte… Tu chofer…

—¿Adonde está Nathalie? ¿Por qué no está acá conmigo? –el hombre parecía estar claro en lo que decía, pero su angustiada madre no sabía que hacer—

—¿Hijo has perdido la conciencia? ¿Acaso no recuerda que tu esposa ya no está contigo? Por favor hijo no me asustes…

—Ella no está muerta… ella me sacó  de ese abismo en el que caí después del accidente. –El hombre parecía seguir desvariando cuando ya debía estar conciente de lo sucedido, y con una ronca y fuerte voz comenzó a gritar— Quiero ver a Nathalie, necesito ver a mi esposa—

—George eso es imposible… tu esposa desapareció hace años. Ella está muerta y lo sabes… tranquilízate hijo, eso no te hace bien. –el hombre lloró desconsolado hasta rendirse después de recibir un calmante—




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