Monte Olimpo.
Templo de la diosa Afrodita.
—¡Eros! ¡Anteros! ¡Espérenme!
Era hermoso ver a los dioses del amor jugando entre sí, sin preocupaciones ni violencia. Durante siglos fueron inseparables, pero poco a poco, eso comenzó a cambiar.
Con el paso del tiempo, Eros y Anteros maduraron: se convirtieron en dioses poderosos y admirados, mientras que Ainhoa seguía siendo una niña, aferrada a su inocencia eterna. Crecer no estaba en sus planes. Pero ella sí notaba los cambios. Sus hermanos ya no eran los mismos. Una rivalidad latente crecía entre ellos, como una grieta en el mármol. Competían constantemente por demostrar quién era más fuerte, más digno... y con cada disputa, se alejaban más de ella.
El primero en marcharse fue Eros, cuando una mujer hermosa cautivó su corazón. Aquella humana se llamaba Psique. Su amor fue tan intenso como efímero... porque la mortal murió. O más bien, fue silenciada. Ainhoa nunca confesó su parte en aquella tragedia. Al principio se arrepintió, al ver a Eros devastado. Pero el tiempo curó las heridas... y ella se quedó a su lado. Ese dolor compartido los unió más que nunca. Y eso... desató los celos de Anteros.
Él siempre creyó que Eros le robaba el afecto de su madre. Ahora temía que también le robara a Ainhoa.
—¡Ay!— gritó Ainhoa al tropezar con una roca.
—¡Ainhoa!— Eros acudió de inmediato, con expresión preocupada.
Pero antes de que pudiera tocarla, Anteros se interpuso con furia. La alzó en brazos y la apartó de su hermano mayor, como si su sola cercanía pudiera dañarla.
—Hermano, no exageres— dijo Ainhoa entre risas—. Solo fue un raspón.
Anteros no respondió. Su mirada permanecía fija en Eros, desafiante. Eros también lo encaró, cansado de esa actitud.
—Ella no te pertenece, Anteros. Déjala vivir.
Los puños del dios temblaron de rabia.
—¿Creés que no veo lo que estás haciendo? ¡Aléjate de Ainhoa!
La diosa niña los miraba confundida, cada vez más angustiada. Quería paz. Quería volver a jugar como antes. Pero entendía lo que Anteros insinuaba... y si esa era la única forma de que sus hermanos no se enfrentaran, estaba dispuesta a pagar el precio.
—¿Ya no querés que lo vea más, verdad? —preguntó con tristeza.
—¡No te atrevas, Anteros! ¡Tengo tanto derecho como vos a estar con ella!—gritó Eros.
—¡Yo nunca la abandoné por ir tras otra mujer!
Las palabras de Anteros dolieron. Eros perdió el control.
Su cosmos estalló.
La energía que lo rodeaba no era la misma de siempre. Ya no era cálida y luminosa... había algo oscuro, corrosivo. Por primera vez, Ainhoa sintió miedo.
Anteros también elevó su cosmos. Sabía que no estaba a su nivel, pero no retrocedería. Lucharía por su hermana, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio hermano.
Pero la batalla nunca ocurrió.
Ainhoa se interpuso entre ellos, decidida. Había tomado una decisión. Renunciaría a su libertad. Se ocultaría, si eso traía paz.
No sabía que ese sacrificio, lejos de solucionar las cosas... sería el inicio de una tragedia aún mayor.
Mucho tiempo después...
Desde aquella discusión, Ainhoa vivió oculta. Anteros la mantenía aislada del mundo, por temor a que alguien le hiciera daño. Para ella estaba bien. Se había acostumbrado a esa vida. Al menos, no estaba sola: su hermano gemelo estaba siempre a su lado.
Con Himeros, el vínculo era diferente. Él sí podía verla, al igual que su madre... aunque Afrodita casi nunca los visitaba. Para la diosa de la belleza, Ainhoa carecía de la gracia que merecía una hija suya.
La niña pasaba sus días cantando para Anteros, mientras él tocaba el arpa. En aquellos instantes, Ainhoa era feliz. Pero con el tiempo, un vacío creció en su interior. Sentía que algo le faltaba. Algo que ni su encierro, ni su hermano, podían llenar.
Entretanto...
—¡No es justo que la trate así! ¡La voy a liberar!— gritó Eros, furioso.
Habían pasado siglos desde la última vez que vio a Ainhoa. Himeros le había contado que ella ya no era la misma. Su dulzura había sido reemplazada por frialdad. Ya no reía.
—¿Y cómo pensás hacerlo?— preguntó Himeros.
—Athena. Ella la protegerá. La llevaré a su templo.
—No lo hagas, Eros... si hacés eso, Anteros te odiará para siempre. ¿Por qué no la dejás ir? ¿Por qué no encontrás otra mujer?
—Porque yo... la amo. Y sé que Anteros también. Pero yo quiero que sea libre. Y si para eso tengo que matarla... y hacerla renacer como humana, lo haré.
Himeros se quedó en silencio. Eros no era tan distinto de Anteros después de todo. Su deseo era noble, pero su método... cruel.
Días después...
—¡AHHH MALDICIÓN!— el grito de Anteros estremeció el Olimpo.
Eros lo había hecho.
El cuerpo de Ainhoa yacía en el suelo del templo, atravesado por una daga dorada. La única capaz de destruir el alma de un dios y permitir su renacimiento en el mundo mortal.
Anteros cayó de rodillas.
—¡Maldito seas, Eros!
—Ahora ella será libre— dijo Eros, apareciendo frente a él—. Reencarnará como humana. Y no podrás volver a encerrarla.
Anteros intentó atacarlo, pero el cosmos de Zeus lo mantenía sellado. Ningún dios deseaba una guerra... no todavía.
—¡Cuando ella despierte, me la llevaré lejos! ¡Y juro que nunca más volverás a tocarla!
—Cuando ese día llegue... la protegeré de vos, Anteros. No permitiré que la manipules otra vez.
Y con esas palabras, Eros desapareció.
Sabía que había cruzado un límite... pero también sabía que lo había hecho por amor.
Por otro lado, Anteros juró que jamás volvería a permitir que su hermana fuera arrebatada. Esperaría. Y cuando renaciera...
—Cuando despiertes... volveremos a estar juntos, hermanita. Y Eros, no se acercara a ti nunca más