Santuario de la diosa Athena— Recinto del Patriarca
El cielo del Santuario amanecía cubierto de nubes grises. En el interior del Recinto del Patriarca, todos los caballeros dorados se hallaban reunidos, junto a los caballeros de bronce. El aire era denso, cargado de una inquietud invisible. La diosa Athena, sentada en su trono, miraba con seriedad a sus guerreros.
—Todos conocen a Ainhoa, la discípula de Mu —comenzó, su voz era suave pero firme. Quería mantener la compuesta pero, sentía que con cada palabra qué salía de su boca su cuerpo temblaba ante la inminente verdad: una una guerra se aproximada.
Los caballeros asintieron. Claro que conocian a la pequeña Ainhoa. La compañera de Kiki, una niña serena, sonriente y dispuesta a ayudar al mas débil. Se había ganado el afecto de todos, rápidamente. Y por eso Athena intuía que sus caballeros estarían dispuestos a proteger a la niña.
—Lleva entrenando aquí desde hace tres años. Su armadura ha sido elegida. Pero ahora hay algo más importante. Lamentablemente, no podrá continuar con su entrenamiento, pues ocurrió algo grave.
Un murmullo cruzó la sala. Mu tensó los labios, la preocupación nubo sus sentidos y sin darse cuenta habló de más.
—¿Athena...? ¿Cree que vendrán por su hermana ahora...? Aun no despierta por completo...
—¿A qué se refiere Mu, Saori?
—Lo siento Athena, debí cuidar mis palabras— Se disculpo Mu, de inmediato pues se suponía que el origen de Ainhoa debía ser un secreto.
—Descuida Mu, ya es momento de que todos sepan la verdad sobre Ainhoa.— mencionó la diosa mirando al Patriarca, quien asintió estando de acuerdo.
—Caballeros. Estamos ante el umbral de una nueva guerra. Y esta vez... no será como ninguna otra.
—¿Qué dios desea hacerle daño, diosa Athena? —preguntó Aioros con un dejo de ansiedad contenida.
—Antes debo contarles todo sobre Ainhoa. Es hermana del dios Eros y gemela del dios Anteros. Ambos se enamoraron de ella...
Hubo un murmullo incómodo, seguido por una risita provocadora de Milo, que fue silenciada por un golpe seco del caballero de acuario.
Athena sonrió brevemente, y por un momento dudo al ver a sus caballeros preocupados, serios, vivos preguntándose si era correcto pedirles que arriesgues sus vidas en una guerra ajena. Pero intuía que ninguno se echaría para atrás, querían a Ainhoa y sabía que estarían dispuestos a luchar por la niña.
Athena suspiro y continuo hablando.
—Anteros la mantenía oculta, separándola de Eros. Eros, cegado por el deseo de "liberarla", la asesinó con la daga dorada. Aquella que sella el alma de un dios.
Un silencio helado recorrió el recinto. Hasta Seiya, se quedó sin palabras.
—¿Ella es una diosa...? ¿Y estuvo todo este tiempo entre nosotros...?— preguntó él caballero de Virgo con tranquilidad, aunque por dentro estaba sorprendido.
—Muchos dioses nacieron sin que los humanos lo supieran. Pero Ainhoa es antigua. Existió antes de que la humanidad comenzara a escribir. Fue borrada de la historia por su hermano.
Camus, pensativo, levantó la voz:
—¿Por qué no nos lo dijo antes, Athena?
—Zeus lo prohibió. Temía que los humanos se volvieran contra los dioses al descubrir a los nuevos dioses. Pero ya no hay tiempo para secretos. Ahora... debemos protegerla.
—Habló por todos. La protegeremos, diosa Athena.— dijo Shura de Capricornio con determinación, siendo secundado por sis compañeros de armas.
Athena asintió con gratitud.
—Gracias, valientes caballeros. Esta guerra será cruel. No sólo lucharemos contra Eros y Anteros... Otros dioses acechan. Pero Ainhoa elegirá su destino. Nosotros... lucharemos para que tenga esa opción.
Y así, cada caballero se retiró a su templo. La guerra se acercaba.
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Monte Olimpo—Templo de la diosa Afrodita.
El templo de Afrodita brillaba con un típico esplendor rosado, decorado con pétalos flotantes y columnas doradas. En el centro, Eros permanecía de pie, su mirada fija en las aguas de la fuente qué adornada el patio central del Templo.
—¿Me mandó a llamar, mi señor Eros?
Seirah se arrodilló ante su dios. Su largo cabello castaño caía como un velo sobre su rostro. Siempre que podía, evitaba mirarlo a los ojos. Aún lo odiaba. Pero no podía rebelarse. No mientras su hija siguiera cautiva bajo sus alas.
—Sí, Seirah. Ve al Santuario. Tráeme a Ainhoa. Anteros ha enviado sus tropas. Detenlos. Y si Athena se interpone... destrúyela.
Ella apretó los dientes, sin levantar la vista. Su voz tembló.
—Mi señor... ¿y si fallo?
Eros giró y se acercó lentamente hasta ella, quien temblaba de rabia ante la presencia del dios del amor.
Al llegar a su lado, levantó su mentón con suavidad, obligándola a mirarlo.
—¿Recuerdas cuando nadie más te ayudó? Estabas embarazada, sola. Fue mi mano la que te dio refugio. Fui yo quien salvó a tu hija.