Santuario de Athena— Templo de Aries
Las risas se expandían entre las columnas milenarias del Templo. Ainhoa corría alegre con su cabello violáceo agitándose al viento mientras Kiki la perseguía con una sonrisa contagiosa. Por un instante, la guerra parecía algo lejano.
Pero de pronto, Ainhoa se detuvo en seco. Sus ojos se clavaron en el cielo. El brillo de su cosmos titilo, como si estuviera a punto de despertar.
Desde las sombras del templo, Mu emergió rápidamente, percibiendo la inquietud en su alumna.
—¿Qué sucede?— preguntó, alarmado.
—Siento un cosmos... es agresivo. Me resulta familiar pero me asusta, Maestro— susurró Ainhoa, aferrándose al colgante en su cuello.
Mu cerró los ojos, concentrándose. Sí... una energía hostil y poderosa se acercaba al Santuario. No era solo una presencia: eran varias.
—Kiki, llévala al Recinto del Patriarca. Ainhoa debe estar con Athena.
—¿Qué está pasando, maestro?— preguntó el pelirrojo con el rostro contraído por la preocupación.
—La guerra ha comenzado.
Kiki no dijo más. Tomó a Ainhoa de la mano y corrió, tirando de ella mientras el corazón le retumbaba en el pecho.
—¡Kiki, espera! ¡Dime la verdad! ¿Que esta pasando?— preguntó con la respiración agitada. Ya habían subido varios escalones, aún les quedaba un largo camino pero ella necesita saber que ocurría.
Kiki freno y la miró. Ella podía sentir como le mano temblaba, pero al ver sus ojos comprendió que con el no debía temer, que todo estaría bien.
—Confío en vos más de lo que creés. Pero ahora... necesito que confíes en mí. ¿Sí?
Ella asintió enseguida, confiaba en Kiki más de lo que confiaba en si misma.
Volvieron a emprender camino, hasta por fin llegar al Recinto del Patriarca,
Ambos corrieron hacia el Recinto del donde Athena ya los aguardaba.
La diosa los recibió con la mirada seria, ya estaba vestida con su armadura y el báculo dorado en mano.
—Quédense aquí. No interfieran—
ordenó sin rodeos—. Es una orden, niños.
Y luego, sin decir más, se volvió hacia el altar, lista para rezar por sus guerreros.
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Santuario de Athena— Templo de Aries
Mu permanecía sereno, con los brazos cruzados sobre su pecho cuando cuatro figuras emergieron desde la niebla. Dos hombres junto dos mujeres. Sus cosmos eran divinos.
Los reconoció al instante: eran los hijos de Ares. Y no venían a conversar.
—¿Por qué la protegen tanto?— preguntó Kath con una sonrisa desdeñosa—. Ainhoa recordará quién es, y se irá con Anteros.
—No mientras yo respire— respondió Mu con firmeza, encendiendo su cosmos en una vibración dorada.
Fobos y Deimos soltaron carcajadas cargadas de desprecio. Sus armaduras negras relucían con un fulgor amenazante.
—El caballerito cree que puede contenernos— se burló Deimos—. Será divertido ver hasta cuánto aguanta.
Pero Alicor levantó una mano.
—No. Esta batalla me pertenece— dijo, avanzando unos pasos, con su espada envainada aún, pero el cosmos palpitando.— Kath, adelantate al próximo templo, yo me encargaré de Aries
—Se que lo harás hermana— Luego fijo su mirada en sus hermanos— cuidenla
Y así rápidamente Kath avanzó, pero Mu no se interpuso en su camino. Estaba intrigado por la presencia de Alicor.
Mu la observo. Aunque su rostro mostraba una aparente serenidad, podía sentir la tormenta interna que se escondía en su pecho.
—No entiendo por qué peleás por algo que no creés— dijo Mu, manteniéndose firme—. Sos igual que los demás dioses. Solo ven a los humanos como herramientas o amenazas. Lo único que quieren es destruirnos y levantar imperios con nuestras cenizas.
Alicor se detuvo en seco. Sus ojos dorados se oscurecieron, y el aire se volvió denso a su alrededor.
—¿¡Qué dijiste!? ¿¡Creés que soy como ellos!? ¿¡Que disfruto de esta guerra absurda!?
Su cosmos creció de golpe, haciendo vibrar las columnas del templo. Mu, la había ofendido y pagaría caro por eso.
—He admirado a los humanos desde siempre— continuó, dolida—. Pero también soy consciente de lo que han hecho con el mundo. Contaminan, matan, arrasan con los bosques y envenenan los mares. ¡No me vengas a hablar de justicia cuando ustedes mismos destruyen todo lo que tocan!
—¡Entonces luchá por cambiar eso, no por destruirlo!— replicó Mu—. No todos somos iguales. Y Ainhoa... ella puede cambiarlo todo. Vos también.
Por un segundo, Alicor vaciló. Luego endureció el rostro.
—Yo... lucharé por lo que creo correcto. Y hoy, eso implica llevarme a Ainhoa.
Desenvainó su espada, apuntando a Mu con ella.
—¡Yo, Alicor, diosa menor de la guerra, desafío al caballero dorado de Aries!
Mu respiró hondo. Por un momento creyo que podia hacerla desistir. Extendió su mano hacia el cielo, y su cosmos ardió como una estrella.