Santuario de la diosa Athena— Templo de Tauro
Desde las sombras, oculto tras uno de los pilares, Aldebarán de Tauro observaba con mirada severa. Su cosmos vibraba con ansias de lanzarse en combate, pero aguardaba con paciencia el momento oportuno.
Frente a él, Megan se erguía con arrogancia, envuelta en una luz etérea que parecía desafiar la oscuridad. La semidiosa, hija de Zeus, extendía sus alas blancas con una mirada de satisfacción. A sus pies aún ardían las huellas de su reciente victoria sobre la diosa Kath. No mostraba cansancio, ni rastro de fatiga; su cosmos rugía inperturbable.
Aldebarán reconoció esa vibración única que la rodeaba: la bendición del mismísimo dios Zeus.
—Sé que estás ahí, caballero —dijo Megan, con voz firme que retumbó entre las columnas del templo—. No te escondas. Tu silencio no detendrá mi camino.
El gigante de Tauro emergió entonces de las sombras, y la luz del santuario hizo brillar su armadura dorada.
—Soy Aldebarán de Tauro, guardián de este templo. Y mientras mi corazón lata, no permitiré que avances.
Megan sonrió con desdén.
—¿Tú? ¿Un mortal frente a mí? Acabo de derrotar a una diosa. ¿Y tu crees tener alguna posibilidad?
—Una victoria no te hace invencible —respondió él con voz profunda—. Por más que seas hija de Zeus, sigues siendo mortal.
Mortal. Esa palabra golpeó a Megan como un relámpago. Durante toda su vida había cargado con ese estigma: demasiado humana para los dioses, demasiado divina para los mortales. Rechazada por Hera, despreciada por todos en el Olimpo, siempre había buscado demostrar su valía. Ahora, frente a aquel caballero, sentía que todo volvía a ponerse en duda.
—¡No soy una simple mortal! —rugió, desplegando sus alas en un estallido de cosmos—. ¡Soy Megan, hija del dios de dioses, y serviré a Eros hasta mi último aliento!
Su energía se elevó como un huracán, y con un aleteo majestuoso lanzó su técnica contra el caballero dorado.
—¡Aleteo celestial!
—¡Gran cuerno! —respondió Aldebarán, contraatacando.
Los cosmos colisionaron como un trueno, sacudiendo los cimientos del templo. El mármol se agrietó, columnas enteras se desplomaron bajo la violencia del impacto. El suelo temblaba como si el Olimpo mismo presenciara la batalla. Aldebarán retrocedió con una herida sangrante en el rostro, pero sus ojos seguían ardiendo con determinación. Megan descendió ilesa, protegida por el resplandor de sus alas.
Pero entonces, algo cambió. Una pequeña grieta recorrió sus plumas, primero apenas perceptible, luego creciente, hasta quebrarse en fragmentos que cayeron al suelo como cenizas.
—¿Qué…? —murmuró Megan, desconcertada, mientras presenciaba con terror como sus alas caían.
—Durante tu combate con la diosa Kath lo comprendí —dijo Aldebarán, recobrando fuerzas—. Tus alas no son ornamento: te protegen, te sanan. Por eso golpeé allí. Puede que hoy muera, pero tú también conocerás la fragilidad.
El rostro de Megan se ensombreció. Por primera vez, la duda se filtraba en su corazón. ¿Había hecho lo correcto?. Confío en las palabras de Eros, cuando le prometió abogar por ella ante los dioses si le llevaba a Ainhoa... ¿acaso solo se trató de un engaño del dios del amor?
Aldeberan observaba con seriedad la duda en los ojos de la semidiosa, entendía que ella no deseaba participar de esa guerra ¿porque arriesgar su vida?
Pero antes de que pudiera decir algo, una ráfaga de cosmos cortó el aire.
—¡Meteoros de Pegaso!
Seiya irrumpió en la batalla, lanzando su lluvia de energía contra la semidiosa. Megan apenas pudo defenderse del repentino ataque. El joven caballero de bronces corrió hacia Aldebarán.
—¡Aldebarán, estoy aquí!
—¡Vete, Seiya! —ordenó Tauro, con voz ronca pero firme—. Esta es mi batalla.
—¡No! ¡Déjame ayudarte!
—¡He dicho que te vayas! —bramó, apartándolo con un empujón.
Seiya retrocedió, con los ojos humedecidos.
—Prometo proteger a Athena… pero no sin ti. Déjame luchar junto a ti.
Megan observaba la escena en silencio. Algo extraño nacía en su pecho: respeto. Aquel hombre luchaba no por poder, sino por honor, por amor a su diosa. Algo que los dioses, nunca harían.
—No debes meterte en la batalla de otro caballero, Seiya si he de morir lo haré con honor, debes entenderlo— dice Albebaran preparándose para el enfrentamiento final.
—Lo entiendo amigo, y respetaré tu desicion— con lágrimas en los ojos, Seiya se apartó pero no se fue, quería estar presente.
El choque final fue inevitable.
—¡Gran cuerno!
—¡Rayo celestial!
El estruendo fue como un cataclismo. Cuando la luz se disipó, la armadura de Tauro permanecía en pie, intacta… pero vacía. Aldebarán había desaparecido.
Seiya cayó de rodillas ante ella, en respeto a su amigo.
—Aldebarán… tu muerte no será en vano. Protegeré a Athena hasta mi último aliento, tienes mi palabra