Santuario de Athena— Templo de Géminis
—¡Explosión Galáctica!
—¡Golpe Mortal!
Los cosmos colisionaron en medio del templo, estallando como supernovas en el mármol antiguo. Las ondas de energía arrasaron los pilares, y ambos fueron arrojados a extremos opuestos del salón.
Kanon se reincorporó primero. Tosió con el cuerpo adolorido, pero la mirada firme. Al otro lado, la diosa de la guerra Kath seguía de rodillas, jadeando, con su cabello rojo cayendo como un velo sobre sus hombros. Su expresión ardía de rabia... y celos.
—Pudiste acabar conmigo— dijo con amargura al incorporarse lentamente—pero dudaste.
—No es de caballeros atacar por la espalda.
—¿Caballeros? ¿Ahora te preocupás por eso? ¿Dónde quedó aquel Kanon que decía que el fin justifica los medios?
Él no contesta de inmediato. Con su semblante sereno, se cruzó de brazos dejando que su cosmos se apagara.
—Quizás... quedó atrás. Como tantas cosas.
—¿Qué hacés? ¿No vas a atacarme?
—No vale la pena. Estás derrotada, Kath.
La diosa lo miró confundida, herida más por esas palabras que por cualquier golpe. En un impulso, intentó moverse, pero un dolor agudo le atravesó el pecho. Cayó de rodillas respirando con dificultad y al mirar hacia abajo, vio la sangre manar de su abdomen.
—La batalla con la hija de Zeus te dejó en ruinas—explicó Kanon, sin orgullo, sólo con dolor—Yo sólo... toqué esas heridas. Pero estabas tan enfocada en matarme que olvidaste cuidar de ti misma.
Kath apretó los dientes. Lo odiaba por conocerla tan bien. Pero lo que más la molestaba era ver cómo arriesgaba su vida por Athena, no por ella. Aunque había sido su aliada, su amante en secreto... nunca sería la única en su corazón, y eso le dolía.
—No me rindo ante nadie. Jamás.
Clavó su espada en el suelo, usándola como apoyo para levantarse. Su cosmos envolvió su cuerpo, pero era débil e inestable. Eso no pasó desapercibido para Kanon... ni para su hermano, Saga, que observaba en silencio desde las sombras del templo.
El cosmos de Kath... había disminuido al tocar la espada. Eso no debía ocurrir. Ella era una diosa.
—¿Qué intentás probar, Kath?—Kanon también elevó su cosmos, abrumador, dorado— No tienes que hacer esto.
—¡Acaba conmigo, Kanon! ¡Si tenés el valor! ¡Matame si te atreves!
"Si te atreves..."
Esas palabras le taladraron la memoria. Años atrás, en el fondo del océano, cuando aún era general del ejército de Poseidón, él la había protegido. La había amado. Pero cuando Ares los descubrió, cuando ella cortó todo contacto para salvarle la vida... él no fue por ella. No tuvo el valor.
Y ella... eligió alejarse. No por falta de amor, sino por miedo. Porque no tuvo el valor de renunciar a su divinidad. Podía haberse vuelto humana, estar con él... pero no se atrevió. ¿Cómo dejar atrás todo lo que era... por una vida incierta junto a un mortal?
Ahora estaban de nuevo frente a frente. Solo que esta vez, con una espada maldita entre ellos.
—¡Ya lo veremos!— rugió Kanon.—¡Triángulo Dorado!
Una prisión de energía se desplegó a su alrededor. No quería herirla, solo detenerla. Pero la espada de Kath vibró, como si algo oscuro despertara en su interior.
—¡Maldita espada, obedeceme!— gritó la diosa.
La energía la rodeó, desbordándola. El cosmos que había cargado en la hoja se volvió incontrolable... y antes de poder soltarla, la espada giró y se clavó en su propio abdomen.
—¡KATH!— Kanon corrió hacia ella y la atrapó justo antes de que su cuerpo cayera al suelo.
Su cosmos se desvanecía. Con esfuerzo, ella alzó una mano temblorosa y retiró la espada. Apenas lo hizo, se sintió... libre. Pero sabía lo que eso significaba.
El precio estaba pagado.
—¿Kathie?— murmuró Kanon, con voz rota.
—Estoy bien, tonto— susurró ella con una débil sonrisa mientras su piel se tornaba cada vez más pálida.
Saga se acercó, con sus ojos fijos en la espada ensangrentada. La reconoció al instante.
—Es... la espada maldita de Ares—
dijo con la voz ahogada— Fue un regalo de Hades pero Zeus la selló. Kanon, esa espada... es la que usaron para forjar la daga dorada. Lo siento, hermano.
Kanon palideció. El alma de Kath sería sellada. La había recuperado... solo para perderla de nuevo. Y esta vez, tal vez, para siempre.
—¡No! ¡No puede ser! ¡NO!
—Tengo... frío— susurró ella, con lágrimas cayendo por sus mejillas heladas.
—No gastes energía, por favor. Vas a estar bien. Solo resiste un poco más...
Ella negó, suavemente. Estiró su mano y la posó en la mejilla de él, temblando.
—Ya no hay vuelta atrás. Y lo sabés...
Kanon la abrazó con fuerza, mientras lágrimas gruesa caían por su rostro. Un guerrero dorado, quebrado por amor.
—Perdón por rechazarte... — susurró Kath, con dificultad—. Mi padre... si no lo hacía... te habría matado.