Guía en la tormenta

Piloto: El eco de la lluvia

Mayo del 2019.

Cuernavaca, México.

«...Abro los ojos abruptamente. Me siento en la cama con la respiración errática y el corazón desbocado debido al horror de la pesadilla que acabo de tener. Miro el reloj en la mesita de noche:


​04:02 a.m.


​Como siempre, se trata de la misma hora. Me toco la frente, el cuello y el pecho; estoy transpirando bastante. Trago saliva con pesadez y, con lentitud, comienzo los ejercicios de respiración para controlar mis latidos. Sin embargo, no está funcionando.


​Me incorporo, camino hacia la puerta del balcón y la abro con cuidado, intentando no hacer ruido para no despertar a Alex, mi pareja. Al dar un paso fuera, el frío otoñal se cuela entre las fibras de mi pijama. Me recargo en la barandilla, contemplando a la lejanía las luces de la ciudad...».

Elián

Un fuerte trueno me sacó de golpe de la lectura. Colocando el separador justo en la página donde me había quedado, dejé el libro sobre la cama y corrí hacia la ventana. El cielo estaba completamente encapotado, una masa gris y densa que advertía que la tormenta era inminente.

—Mamá va a matarme —mascullé.

Salí de la habitación como alma que lleva el diablo, bajando las escaleras a toda prisa hasta cruzar la puerta trasera que daba al patio. Comencé a descolgar con desesperación las sudaderas y los pantalones que mi madre y yo habíamos lavado por la mañana. Justo cuando tiré de la última prenda del tendedero, una gota gorda de lluvia me golpeó la nariz.

Corrí de vuelta a la casa y, en el preciso instante en que crucé el umbral, se desató un fuerte chubasco. Dejé el montón de ropa sobre el sofá de la sala y fui a buscar una cesta al cuarto de lavado. Menos mal que alcancé a quitarla a tiempo; de lo contrario, conocería lo que es amar a Dios en tierra ajena. De tan solo imaginar el regaño de mi madre, un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Sacudí la cabeza para espantar el pensamiento y me senté junto al sofá para empezar a doblar. La mayoría eran prendas de mamá; ropa de diferentes trabajos. Ella, con tal de darme una buena vida, hacía hasta lo imposible para que nunca me hiciera falta nada, incluso si eso significaba extenuarse en varios empleos a la vez.

El sonido de la puerta principal abriéndose me hizo estirarme hacia atrás para mirar el recibidor. Vi a mi madre dejar el paraguas en su sitio, pero antes de que pudiera emitir un saludo, sus piernas cedieron y cayó de rodillas al suelo.

Me quedé perplejo. No supe ni cómo reaccioné, pero en un parpadeo tiré la ropa que ya tenía doblada y corrí hacia ella.

—¡Mamá! ¡¿Estás bien?! —Ella mantenía la mirada baja, fija en el piso—. ¡Mamá, responde, por favor!

El silencio continuó. Como nunca he sido la persona más paciente del mundo y los nervios siempre me nublan el juicio, lo único que se me ocurrió fue cargarla en brazos. Al levantarla, un vuelco de preocupación me oprimió el pecho: se sentía mucho más liviana que antes.

La llevé hasta el sofá y, al recostarla, noté que tenía la mirada completamente perdida. Le sostuve la mandíbula con suavidad para obligarla a mirarme a los ojos; en cuanto conectó conmigo, sus ojos se cristalizaron, empezó a hipar y rompió en un llanto desgarrador. Me quedé helado. Jamás en mi vida había visto a mi madre llorar.

—Estás mojada, déjame ir por una toalla... —le dije. A pesar del paraguas, el viento lateral la había empapado.

Pero antes de que pudiera dar un solo paso, ella me rodeó el cuello con sus brazos, aferrándose a mí con una fuerza desesperada.

—Quédate, mi niño. Por favor... —susurró entre lágrimas.

Y eso hice. No entendía qué estaba pasando, pero si ella me necesitaba aferrado a su lado, no me movería.

Después de un largo rato, el llanto cesó y ella se quedó profundamente dormida entre mis brazos. Suspiré, contemplándola. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Seguía vistiendo la ropa húmeda y se iba a resfriar, pero tampoco me atrevía a desvestirla así como así.

La acomodé con cuidado para poder levantarla sin despertarla. A pesar de los años, seguía siendo alarmantemente ligera. No podía culparla; a veces se saltaba comidas por andar corriendo de un empleo a otro, pero desde hacía semanas sentía que pesaba cada vez menos. Definitivamente necesitaría ir al médico antes de lo previsto para que le recetaran vitaminas. Las necesitaba con urgencia.

Al levantarla en peso, alcancé a ver cómo un trozo de papel completamente arrugado se le resbalaba de la mano, cayendo al suelo. Decidí ignorarlo momentáneamente para priorizar a mi madre. Subí las escaleras con cautela, entré a su habitación y la deposité con delicadeza sobre la cama. No era la primera vez que la cargaba hasta aquí; muchas noches se quedaba dormida en la sala, sepultada bajo los documentos de su trabajo como secretaria.

Fui hasta su armario y saqué un pijama de pingüinos —sí, a veces mamá dejaba salir un lado infantil muy tierno—. Saqué también una de sus corbatas de vestir. Comencé por quitarle los zapatos y las medias, aliviado de que hoy hubiera optado por pantalones y una blusa formal en lugar de sus faldas habituales.

Justo cuando me disponía a amarrarme la corbata en los ojos para mantener su privacidad mientras le cambiaba el resto de la ropa, unos golpes repetidos y urgentes resonaron en la puerta de entrada.




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