Hacer El Amor

PROMETIDA

Eran las dos treinta de la madrugada y este canijo aún no llegaba. Me sentía algo cansada y ya estaba arrepintiéndome de haber aceptado su propuesta. ¡Tenía ganas de quedarme dormida! Me encontraba acostada en ropa interior. Lencería de encaje color rojo y una sábana blanca cubriendo mis piernas. ¡Era la hora del sueño profundo!

Pasaron varios minutos. Escuché que la cortina metálica de la cochera se movía. ¡Qué bueno! Pasaron al menos diez segundos cuando la puerta se abrió y Samuel apareció.

—¡Buenas noches, guapa! —Se aflojó la corbata.

Su sonrisa me hizo sentir en calma, fue como si mi cansancio desapareciera rápidamente.

—¡Buenas noches! ¿Cómo estás? —Pregunté.

—Ando corriendo. ¡Pero ya estoy aquí!

Comenzó a acercarse a la cama. Me incorporé a su lado, nuestras miradas quedaron mucho más cerca. Mis manos subieron hasta su pecho y comencé a desabrochar los botones de su camisa. ¡Era parte de mi trabajo!

—Aún no entiendo por qué quisiste venir a verme. Podrías haber ido a tu casa a descansar. ¿No te sientes cansado?

—La verdad sí, pero de verdad que quería verte.

—Solo pasó una semana y ya andas muriendo porque no nos hemos visto. ¡Te pasas!

Sonrió. Su pecho brillaba demasiado bien con la luz tenue de la lámpara.

—¿No me extrañaste?

—¿Quieres que te diga una mentira?

Terminé de desabrochar su camisa, decidí quitársela. Al instante, su pectoral apareció con un poco de vello en el centro, mis manos se posaron sobre su piel y me gustaba mucho ver su pecho. ¡Los pectorales eran mi debilidad!

—¿Quieres que esta noche solo durmamos juntos?

Su petición realmente me sorprendió.

—¿No quieres sexo en la madrugada? Sabes que...

—Sí, quiero, pero sé que andas cansada.

¿Cómo lo sabía?

—No te preocupes, yo...

—Lo veo en tus ojos y en la forma en que no veías mis mensajes —su pulgar subió a mi mejilla derecha—. ¡Descansemos esta noche! Ambos lo necesitamos.

De forma muy lenta, sus labios se unieron a mi boca. Sentí su respiración, mezclarse con la mía. Cerré los ojos, dejé que mi boca le perteneciera nuevamente y subí mis manos hasta sus mejillas. ¡Samuel no era un mal hombre!

Me fui recostando en la cama, le dejé entrar entre mis piernas y, neta, o sea, de verdad que me gustaba esto. Era la primera vez que se sentía diferente. Sus manos sobre mi cadera desnuda, ese tacto tan íntimo me hizo estremecer y quise abrazarle con mis piernas.

—Descansa Jules.

—Tú también Sam.

Me volvió a besar, apagué la luz.

—¡Buenas noches!

—¡Buenas noches!

🍉🍉🍉

Cuando abro los ojos, lo primero que veo son sus labios entreabiertos. Dejo escapar un bostezo, su brazo está rodeando mi espalda y quiero que él siga durmiendo. ¡Era la primera vez que dormía con un hombre de la forma inocente! ¿Inocente? ¡Alguna vez tuve mucha inocencia!

Suavemente, me puse de pie sin despertarlo. Fui al sanitario y tiré los restos de la noche. Lavé mi cara, me puse la misma ropa que use para la cena de ayer y salí de la habitación. Eran las diez treinta y decidí ir a comprar algo para desayunar, fui a la recepción del motel.

—¡Buenos días!

—¡Jules! ¡Qué milagro! ¿Cómo te ha ido? —Josué parecía emocionado de verme.

—Toda va como debe ir. ¿Qué tal contigo?

—No me quejo. Ha ido bien todo por aquí.

La recepción olía a humo de cigarrillo, el cenicero consumía un arrugado churro de tabaco.

—¿Vienes a pagar la renta?

—No. Pago renta cada fin de mes y a penas estamos a mediados.

—¡Cierto! Lo había olvidado.

Josué estaba un poco pacheco.

—En realidad vine a comprar algo para desayunar.

Sus cejas se arquearon por curiosidad.

—¿Desayunarás en tu habitación? Sabes que puedes llamarme, ¿no?

—Sí, eso lo sé. Pero en verdad necesitaba salir a caminar un poco.

—Bueno, como tú digas. ¿Qué te voy a ofrecer para desayunar?

En la carta del motel había comida instantánea. ¿Qué podía elegir para desayunar?

—Una pizza.

Se sacó de onda.

—¿No es muy temprano como para desayunar pizza?

—Lo bueno es que seré yo la que desayunará pizza y no tú.

—Bueno. Como digas. ¿Quieres esperar o te la llevo a la habitación?

—¿Tardas mucho?

Pasaron treinta minutos y pude regresar a mi habitación. El sol calentaba muy bien, había varías habitaciones desocupadas y yo estaba acostumbrada a caminar por este lugar. Mi habitación era la 246, entré sin pena.

La cama estaba vacía, las sábanas blancas estaban arrugadas en una esquina y escuché el ruido de la regadera. Samuel se estaba bañando, no me dio pena entrar. Dejé la pizza sobre la cama, el vapor me recibió de buena forma.

—¿Cómo estás? —Pregunté detrás del cancel.

—Muy bien. ¿A dónde fuiste?

—Fui por el desayuno.

—¿Qué desayunaremos?

—Pizza hawaiana.

—Suena bien, tiene rato que no como pizza.

Cerró la llave de la regadera, tomé un trozo de papel higiénico para limpiarme la nariz.

—¿Hasta qué hora te piensas quedar? —Pregunté directa.

El cancel se corrió y pude verlo completamente desnudo. ¡Estaba mojado hasta el infinito! Las gotas de agua escurrían por su piel, su cabello estaba bien acomodando y olía a champú de menta.

—¿Tienes planes para hoy?

—En realidad no. Hoy no agende nada porque es fin de semana. ¡Es mi día de descanso!

Sus labios sonrieron.

—¡Perfecto!

Tomo la toalla y comenzó a secar su cuerpo. Salimos del baño, nos sentamos en la orilla de la cama y empezamos a comer la pizza.

—¿Cómo te ha ido en estos días? —Sus ojos se enfocaron en mí.

Terminé de masticar.

—Todo ha pasado normal. Digo, mi vida no es muy interesante que digamos.

—¿Te sientes aburrida?




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