PANAMÁ
14 de enero del 2025
La brisa tocaba mi piel de una forma distinta aquel verano.
La opresión en mi pecho, el ardor en mis pulmones luchando por respirar y la frialdad que se filtraba hasta mis huesos me provocaban un dolor insoportable. Mi visión se volvía borrosa, oscureciéndose por segundos, y mis cabellos, flotando a mi alrededor como una aureola, me indicaban que mi momento estaba llegando.
Estiré el brazo con torpeza, intentando atrapar el último rastro de luz que se asomaba en aquella oscuridad.
¿Eh? ¿No era esta mi decisión? ¿No estaba cansada de lo mismo?
Entonces… ¿por qué dudaba?
Mis pulmones ardían. Reuní el último impulso. La conciencia comenzaba a desvanecerse.
Así que así se sentía la muerte… fría y pegajosa.
—¡Dios mío, Luis! ¡Es una chica!
El grito histérico de una mujer me obligó a abrir los ojos.
¿Qué demonios…?
La luz del sol atravesó mis retinas con violencia. Seguía en el mismo lugar que minutos atrás: de pie sobre la baranda de aquel puente. Una chica morena señalaba desesperada un punto en el agua. Seguí su mirada.
Un cuerpo se hundía lentamente.
Mi cuerpo.
El chico que la acompañaba se quitó la mochila con la clara intención de lanzarse.
—¡No lo hagas! —grité con desesperación—. ¡Es mi decisión! ¡Eso era lo que quería!
Pero no reaccionaron. No me escuchaban. No me veían.
—Llama al 911, Mary —dijo él—. No sabemos si sigue con vida, pero es mejor avisar a las autoridades.
Observé, incrédula, cómo el chico se lanzaba al agua mientras ella hablaba por teléfono entre sollozos. Lo vi nadar hasta alcanzarme y luchar por sacar mi cuerpo a la superficie. Estaban demasiado lejos de la orilla cuando, de la nada, apareció un barco que se acercó rápidamente.
Vi cómo ayudaban a subir mi cuerpo y cómo el chico comenzaba a practicarme RCP.
El sonido de sirenas me sacó de mi trance. Miré a mi alrededor: un pequeño grupo de personas, la ambulancia recién llegada, la policía tomando declaraciones.
Todo parecía una escena sacada de una película.
En un parpadeo, mi cuerpo era trasladado a la ambulancia. La policía escribía los datos de los testigos. El chico era felicitado, tratado como un héroe por quienes se habían reunido en el lugar.
Luego, sin transición alguna, me encontré en una sala de operaciones. El médico principal hablaba con calma, aunque sus movimientos eran rápidos y precisos. Los segundos se estiraron hasta que, finalmente, lograron estabilizarme.
Ahora estaba allí, frente a mi propio cuerpo, conectado a máquinas, mientras los doctores esperaban una señal.
Esperaban que despertara.
~
No desperté.
Después de una semana seguía sin hacerlo.
Me indujeron a un estado de coma. La sala se convirtió en un mar de llantos y negaciones: mis padres, mis hermanos, todos aferrándose a una esperanza que yo ya había abandonado. Y, aun así, pese a la tristeza evidente, no logré sentir nada. Yo ya había decidido, pero parecía que mi cuerpo se negaba a obedecer.
Mi madre se opuso rotundamente a desconectarme y los médicos dieron un plazo de un año.
La habitación quedó vacía, y yo continué observándome en aquel estado. No comprendía por qué seguía viva, por qué mi alma vagaba sin rumbo, como si incluso la muerte se me negara.
Suspiré y me dejé caer en el sillón junto a la camilla, sin saber qué hacer.
Entonces, todo a mi alrededor se desvaneció.
Me encontré frente a cinco puertas, cada una de un color y forma distinta. Sobre ellas había nombres escritos con claridad: Europa, Asia, África, América y Oceanía. La puerta roja y delgada correspondía a Europa; la azul y ancha, a Asia; la verde y ovalo, a África; la amarilla y triangular, a América; la rosada y rugosa, a Oceanía.
Me estremecí.
Miré a mi alrededor.
Nada.
Solo un espacio blanco e infinito y las puertas frente a mí.
Entonces, una voz llenó el lugar.
—¿Qué es lo que buscas?
No venía de un punto específico. Estaba en todas partes, como si el espacio mismo hubiera aprendido a hablar. Un escalofrío me recorrió el cuerpo.
—¿Qué buscas? —repitió.
—No lo sé.
—Si no lo sabes, ¿por qué cruzaste?
Tragué saliva.
—Debería estar en la sala de un hospital —dije—. Debería estar tratando de entender por qué no he muerto.
—¿Y eso es lo que te inquieta? —preguntó la voz—. ¿El hecho de seguir respirando?
—Salté de ese puente para dejar de existir —respondí, con un temblor que no quise admitir—. No fue un accidente.