EUROPA
23 de junio del 2024
El olor a cerveza era demasiado fuerte. La música golpeaba mis oídos con violencia y, aun así, no pude evitar moverme levemente al ritmo. Una fiesta se desplegaba frente a mí.
Una fiesta de niños ricos. Nadie parecía notarme.
¿Estoy dentro del recuerdo de alguien?
La necesidad de llorar me oprimió el pecho. Miré a mi alrededor, intentando comprender qué estaba viviendo después de haber atravesado aquella puerta. No sentía frío ni calor, y las emociones que me atravesaban no eran mías.
Entonces… ¿de quién era?
—¿Lo harás hoy, ¿verdad?
La voz emocionada de una chica llamó mi atención. A mi izquierda, sobre un sillón color champagne, había un grupo de cuatro jóvenes: una castaña, una morena y dos rubias. Parecían sacadas de una revista: demasiado perfectas para sentirse reales. Todas estaban evidentemente ebrias, excepto una.
La rubia de jeans y camisa blanca sencilla.
Ella observaba todo con una mezcla de hastío y resignación, aunque mantenía una sonrisa dulce mientras giraba distraídamente una copa con líquido amarillo entre sus manos.
—La verdad, no creo estar interesada en eso —respondió con ligereza.
—Oh, vamos, Katy —se burló la morena—. Serás la única de la promoción que seguirá siendo virgen. Ya es hora de entregar tu “tarjeta V” al guapo de tu novio. Todas ya hemos zarpado ese barco.
Katy la miró con cansancio apenas disimulado.
—Entonces acuéstate tú con Austin, si te parece tan guapo —replicó—. No entiendo por qué tanta prisa con mi vida.
Se levantó del sillón, dejando atrás a las demás. No pude evitar notar cómo la mirada de la morena cambiaba y comenzaba a susurrar algo a las otras.
Sentí enojo. Un enojo que no era mío.
La seguí.
Salió de la casa, aún envuelta en el ruido de la fiesta, y se dirigió a su auto deportivo. Fue entonces cuando comprendí que podía atravesar los objetos sin dificultad.
—Maldita sea… —murmuró con rabia contenida, golpeando el volante tras varios minutos de silencio—. Dicen ser mis amigas cuando hay gente alrededor, pero en cuanto me doy la espalda, hablan de mí.
Asentí sin pensar, sorprendida. Había ocurrido exactamente lo que ella describía.
El trayecto continuó en silencio hasta que tomó un camino de grava que conducía a una enorme casa blanca, elegante, rodeada de flores perfectamente cuidadas.
—Estoy harta de esto —susurró.
Su suspiro me atravesó el pecho.
Sonó igual a los míos.
Bajé del auto con ella. Observé cómo entregaba las llaves a un joven de apariencia amable, quien inclinó la cabeza al recibirlas.
—Feliz cumpleaños, señorita —dijo con cortesía.
Katy le devolvió la sonrisa.
—Gracias, Paul.
Avanzó unos pasos, luego se detuvo.
—Paul —lo llamó—. ¿Qué piensas de este auto?
El joven dudó, sorprendido.
—Es muy bonito, señorita.
—Entonces es tuyo.
—¿Qué? —exclamó sorprendido y haciendo ademanes con las manos siguió—. No puedo aceptarlo, no podría mantenerlo.
Ella pensó unos segundos.
—Está bien. Igual te lo regalo. Veré cómo solucionar el mantenimiento o puedes venderlo. Es tuyo ahora.
—Muchas gracias, señorita.
El muchacho sonrió con evidente incomodidad, sin saber cómo reaccionar. Katy solo asintió y continuó caminando hacia la casa.
Y allí comprendí algo.
El dinero podía regalarse, el cansancio, no.
La seguí por toda la casa.
Era enorme. Demasiado. Llena de muebles costosos, cuadros que nadie miraba, pasillos interminables que no llevaban a ningún lugar. Todo relucía y, aun así, se sentía vacía. Fría. Como un cuerpo que sigue respirando sin alma.
Katy caminaba despacio, deteniéndose en cada habitación. Observaba, suspiraba. Cada suspiro era más largo que el anterior, más pesado. Yo los sentía como detonaciones internas, como si algo se estuviera acumulando dentro de ella, esperando el momento exacto para estallar.
—¡Señorita!
La voz cálida de una mujer mayor nos detuvo.
Sonreí sin darme cuenta.
—¿Qué es eso de “señorita”, Baba? —la voz de Katy cambió de inmediato; se volvió más suave, más pequeña—. ¿No es usted la misma que me cambió los pañales durante años? Si empieza a hablarme así, voy a llorar.
Cruzó el espacio y se lanzó a sus brazos.
—Ay, mi niña…
Los brazos arrugados la rodearon con fuerza. Desde atrás, Katy parecía aún más frágil. Más pequeña. Como si por fin pudiera dejar de sostenerse sola.
—Feliz cumpleaños, mi niña —dijo la mujer—. No puedo creer que ya seas toda una adulta. Brillante. Hermosa.