Hálito (borrador)

CAPITULO 2 (PARTE II)

~

Katy no improvisó nada.

La vi despedirse de la casa como quien ordena un mundo que ya no piensa habitar. Uno a uno, los trabajadores recibieron vacaciones inesperadas, sonrisas confundidas, palabras amables. Luego vinieron las transferencias, cantidades imposibles, cuidadosamente repartidas, programadas para una semana después de su ausencia. No era un impulso. Era una despedida silenciosa.

La casa quedó vacía.

Demasiado vacía.

Desde algún punto invisible, comprendí que había tomado una decisión definitiva. No una amenaza. No un grito. Una certeza.

La noche cayó sin prisa.

Algo comenzó a cambiar en el aire. Una quietud espesa, antinatural. Desde la planta inferior, una luz distinta empezó a crecer, deformando las sombras, volviendo irreconocibles los contornos de aquel lugar que nunca fue un hogar.

Katy estaba en su habitación.

La observé ducharse con calma, como si el mundo siguiera intacto. Se secó el cabello despacio. Abrió el armario y eligió un pijama infantil, de patitos amarillos. La tela suave contrastaba cruelmente con todo lo demás.

Se sentó en la cama.

No tomó las pastillas.

Quería sentir.

Al principio, rió. Una risa breve, nerviosa, que se rompió en su propia garganta. Luego vino el llanto. Crudo. Desbordado. Gritó hasta que la voz se le volvió áspera, hasta que el dolor encontró salida por cada rincón de su cuerpo.

Yo lo sentí todo.

Cada sacudida. Cada pensamiento. Cada despedida que nunca dijo en voz alta.

El aire empezó a cambiar. Katy tosió, primero con torpeza, luego con dificultad. Aun así, sonrió. Sus ojos estaban llenos de lágrimas cuando susurró, con una voz rota pero extrañamente tranquila:

—Al fin… al fin.

Me quedé paralizada.

Quise hacer algo. Decir algo. Cualquier cosa. Pero no había nada que pudiera tocar, nada que pudiera cambiar, nada capaz de romper aquel momento que se desarrollaba ante mis ojos con una crueldad insoportable. Solo podía mirar.

De pronto, algo me jaló hacia atrás.

Mi atención volvió a Katy justo cuando ella se recostaba. Extendió los brazos lentamente, como si intentara alcanzar algo que permanecía fuera de su alcance. Algo que nunca llegó.

Entonces la luz lo cubrió todo.

Brillante. Devastadora.

La imagen cambió y vi la casa envuelta en llamas. El fuego avanzaba sin control, consumiendo cada rincón, cada pared, cada recuerdo. En cuestión de segundos, el lugar dejó de parecer un hogar para convertirse en algo irreconocible.

Las sirenas llegaron tarde.

Demasiado tarde.

Y entonces fui expulsada.

Caí al suelo frente a las puertas con fuerza, llevando una mano al pecho mientras mi corazón golpeaba contra mis costillas de manera violenta. No podía respirar. El aire se negaba a entrar en mis pulmones y el dolor me atravesaba como si aún siguiera allí, atrapada en aquella escena.

No entendí que estaba llorando hasta que sentí mis mejillas empapadas por unas lágrimas que no sabía que eran mías. Mientras intentaba recuperar el aliento, levanté la vista y fue entonces cuando lo vi: la puerta de Europa había perdido su color.

El rojo que la cubría comenzó a desvanecerse lentamente, apagándose hasta quedar opaco, muerto. En el centro apareció un candado dorado que se materializó poco a poco, como si una fuerza invisible lo estuviera forjando delante de mí. Cuando terminó de tomar forma, selló la puerta para siempre.

Y comprendí que no todas las puertas se cierran para volver a abrirse; algunas se cierran para enseñarnos que ciertos finales no deben repetirse. El candado terminó de asentarse con un sonido seco que resonó en el espacio blanco.

Yo seguía en el suelo, con la mano presionando mi pecho, intentando convencer a mi cuerpo de que ya no estaba allí. Que el fuego había desaparecido. Que las llamas no podían alcanzarme. Que todo había terminado.

Pero mi respiración seguía llegando a trompicones, como si mis pulmones hubieran olvidado cómo funcionar, y el miedo, la desesperación y la impotencia continuaban aferrados a mí, negándose a desaparecer.

—¿Estás lista para continuar? —preguntó la voz.

Levanté la cabeza de golpe.

—No —respondí sin pensar—. No lo estoy.

El espacio blanco permanecía intacto. Las puertas seguían frente a mí. Asia brillaba con su azul intacto, indiferente a lo que acababa de ocurrir.

—¿Por qué siempre tiene que terminar así? —pregunté, poniéndome de pie con dificultad—. ¿Por qué dejaste que llegara a ese punto?

Mi voz temblaba, pero no retrocedí.

—Ella no estaba loca. No era débil. Estaba cansada —continué—. Cansada de no ser vista, de ser usada, de ser un objeto más en la vida de otros. ¿Por qué no fue suficiente todo lo que tenía? ¿Por qué nadie llegó antes?




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