Hálito (borrador)

CAPITULO 3 (PARTE I)

ASIA

8 de diciembre del 2018

—Felicidades, chicos, lo hicieron muy bien —los aplausos no se hicieron esperar; voces emocionadas hablaban todas a la vez—. La presentación fue espectacular.

El camerino estaba lleno de personas que rondaban los veintes, además de los cuatro chicos, demasiado arreglados, rodeados por asistentes que secaban su sudor, les ofrecían agua y ajustaban detalles aquí y allá.

¿Ídolos?

Observé con atención, tratando de identificar a quien debía seguir.

—Ryosuke, vamos a un bar que me recomendó Yui en Shibuya.

Un chico rubio, aún exaltado por la presentación, se dirigió al pelinegro de cabello largo. Este se volvió con una sonrisa que reconocí de inmediato. Algo en mi interior se tensó: supe que era él.

—Me encantaría —respondió—, pero esta presentación me dejó agotado. Prefiero irme a casa.

—Lo entiendo. No sé ni de dónde saco energías —rió—. ¿Quién se apunta para ir a Shibuya?

Miró a su alrededor y, entre risas y vítores, todos aceptaron.

—Cuando llegues a casa, avísanos.

Ryosuke asintió. El otro le dio una palmada amistosa en el hombro y cada quien siguió con lo suyo.

Una hora después, todo estaba listo para irse. Ryosuke salió del camerino y se dirigió a la furgoneta que lo esperaba. A lo lejos escuché cómo los otros chicos se marchaban en otro vehículo junto a miembros del staff.

Al subir, se dejó caer en el asiento y recostó la cabeza con un largo suspiro, cargado de cansancio físico.

Antes de quedarse dormido, la puerta se abrió. Su mánager entró y dio una indicación al conductor. La furgoneta se puso en marcha.

—Ryosuke, el horario de mañana es este.

Comenzó a enumerar actividades desde las seis de la mañana hasta entrada la noche. Él solo asentía, con la mirada clavada en la ventana.

Llegamos a un apartamento lujoso. Hermoso. La vista de la ciudad era impresionante; la torre de Tokio se alzaba majestuosa frente a nosotros.

Realmente hermoso.

El mánager lo acompañó hasta el interior y dejó el horario sobre la encimera de la cocina. Ryosuke se dirigió al baño de su habitación.

Yo recorrí el lugar. Todo el piso era suyo. Más que un apartamento, parecía una casa amplia. En una de las esquinas, junto a un enorme ventanal que ocupaba toda una pared, había un piano de cola.

Pero algo no encajaba.

El silencio.

Era un lugar impecable, casi de exhibición. No había rastros de vida cotidiana, nada que diera sensación de hogar. Estaba vacío.

Me senté en uno de los sillones de cuero blanco y perdí la mirada en la vista. El sonido de una puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos.

Ryosuke apareció con un pantalón de chándal negro y el cabello mojado. Caminó hasta el pequeño bar cerca de la cocina y se sirvió un líquido ámbar. Lo seguí con la mirada. Era apuesto, de cuerpo bien formado, esbelto.

Se sentó en el sillón individual frente al ventanal y suspiró antes de beber.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Ese suspiro… lo conocía. Me hizo temblar. Sentí miedo por cómo terminaría esta historia que me estaban mostrando.

Ilógico. Yo también había estado así: el cuerpo resistiendo cuando la mente ya no puede más.

Entonces, ¿por qué me asusta tanto?

Respiré despacio, intentando calmarme. Él seguía ahí, bebiendo.

Un sonido insistente rompió el silencio. Ryosuke no se inmutó.

El ruido continuó, irritante.

Me levanté y seguí el sonido hasta su habitación: amplia, ordenada, casi como si nadie durmiera allí.

Era su celular.

Intenté tomarlo, pero mi mano atravesó el objeto. No pude leer lo que aparecía en la pantalla cuando dejó de sonar. Un segundo después, volvió a hacerlo. Un número largo: once dígitos.

Me quedé observándolo varios minutos. El mismo número llamaba una y otra vez. El sonido comenzaba a alterarme.

Ryosuke apareció apoyado en el marco de la puerta. Por un instante pensé que podía verme, pero solo estaba dentro del campo visual del teléfono. Su expresión era de agotamiento. Miraba el celular como si quisiera estrellarlo contra la pared.

De pronto, el teléfono dejó de sonar.

Entonces comenzaron los golpes en la puerta de entrada.

—Ryosuke-kun, Ryosuke-kun. ¿Estás ahí? Sé que estás ahí. Ábreme. No contestabas mis llamadas porque estabas ocupado, ¿verdad, Ryosuke-kun?

La voz aguda de una chica atravesó la puerta junto con los golpes insistentes.

Salí de la habitación y comprobé que la puerta estuviera asegurada. Volví la mirada hacia él: estaba sirviéndose más licor y sentándose en el sillón largo. El celular volvió a sonar.

—¡Ábreme! No puedes evitarme. ¿Quién te crees? ¿Por qué no contestas? ¿Sabes que sin mí no eres nadie? ¡Yo te puse donde estás! ¡No puedes evitarme! ¡No lo harás!




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