Su horario terminó a las nueve de la noche. Yo, que no tenía un cuerpo físico, me sentía agotada solo de observar la sobrecarga de su estilo de vida. Aun así, en ningún momento se quejó; al contrario, sonreía con amabilidad a todos con quienes trabajaba.
No se quejó.
Era el vocalista principal de un grupo japonés, al parecer muy popular. Sin embargo, había algo distinto en él. Su grupo era unido, eso podía percibirse con facilidad, pero no compartía con ellos lo que le estaba ocurriendo. Era como si tuviera que sostener una fachada constante, como si no se le permitiera mostrar cansancio ni inconformidad, como si quejarse estuviera prohibido.
Repitió la misma rutina del día anterior. Se bañó, no se secó el cabello y, con el celular nuevo en la mano, lo dejó sobre la encimera antes de servirse nuevamente de aquel líquido ámbar. Marcó un número.
Antes de que la llamada fuera respondida, tomó un sorbo, suspiró y dejó escapar un suave sonido con la voz, como si afinara.
La línea se abrió.
—¿Hola? —la voz era delicada, cálida, con el tono sereno de alguien mayor.
—Madre, soy yo —sonrió.
—¿Ryosuke? Oh, corazón… ¿es un número nuevo? —la sorpresa era evidente—. Ya van siete este mes. ¿Estás bien?
La preocupación se filtraba en cada palabra.
—Sí, madre, no te preocupes. Con tanto trabajo a veces pierdo el teléfono y tengo que cambiarlo —rió suavemente—. Siempre he sido despistado y a veces cometo errores.
—Oh, mi niño desde pequeño lo fuiste —respondió con cariño—, y cometer errores está bien, todos lo hemos cometido alguna vez. Además, eres muy ordenado y responsable.
Se escucharon risas al otro lado de la línea.
—Siempre dices lo mismo y olvidas que lloraba mucho.
—Eso es cierto —suspiró—, pero nunca llorabas por ti. El perro herido, la caída de tu amigo en el jardín de infancia, cuando tu vecino perdió a su padre… Siempre fuiste así de empático y amable. Debo admitir que, a veces, ese lado tuyo me preocupa.
Ryosuke sonrió, genuinamente.
—No tienes de qué preocuparte, madre. Criaste a un buen hombre.
—¿Cuándo vendrás de visita?
—Espero ir pronto.
Se instaló un silencio cómodo, lleno de afecto.
—Te amo, mi niño. Te amamos. ¿Lo sabes?
La sonrisa en su rostro vaciló. Tardó unos segundos en responder.
—¿Ryosuke? ¿Está todo bien?
—Madre… yo también te amo. Mucho.
Del otro lado se escuchó un suspiro.
—Lo sé, cariño. Aunque te veo en televisión, necesito abrazar a mi niño, pasar tiempo con él.
—Espero hacerlo pronto, mamá.
—Eso espero, de verdad necesito ver tu rostro —lo reprendió con suavidad. De fondo se escucharon voces infantiles—.
—¿Los niños siguen despiertos?
—Sí, tu hermana acaba de llegar a Tokio. Se quedará unas semanas con ellos. Es por eso que deberías tomarte un descanso y venir.
—Lo haré. De verdad lo haré. Es hora de despedirme. Espero hablar pronto contigo. Cuídate y saluda a todos.
—Ryosuke…
Su voz se volvió seria de pronto.
—¿Sí Madre?
—Cuando sientas que todo se vuelve difícil, toma un respiro profundo y recuerda que todo estará bien.
—Mamá…
—Si quieres regresar a casa y dejar todo, También está bien. Nadie te culpará por ello.
Nuevamente hubo un silencio y pude ver como el se arrastraba la mano por el rostro como si estuviera conteniendo sus emociones. Hubo un prolongado silencio hasta que su madre interrumpió nuevamente.
—Está bien, mi niño. Te estoy animando desde aquí y recuerda, mamá está aquí.
—Lo sé.
La llamada terminó con palabras cariñosas.
Ryosuke rellenó su copa y abrió la nevera. Sacó una ensalada y un trozo de salmón.
Casi una semana después, se concretó la mudanza a otro apartamento, igual de hermoso. Entonces comenzaron nuevamente las llamadas insistentes. Provenían de un número desconocido y yo estaba segura de quién era.
Era jueves por la noche cuando su mánager le pidió hacer un en vivo en Instagram junto a los otros miembros del grupo. Todo transcurría con normalidad hasta que los golpes en la puerta comenzaron.
Ryosuke se despidió del en vivo con rapidez, pero con la misma amabilidad de siempre, sin mostrar preocupación alguna.
Al cerrar la transmisión, se dirigió al bar y bebió. Últimamente lo hacía con mayor frecuencia. Era su forma de manejar la situación.
Llamó a su mánager para informarle. Al cabo de un rato, los golpes cesaron y se fue a dormir.
Ese era el tercer día consecutivo en que la chica aparecía a partir de las once de la noche. No tenía compromisos laborales y decidió quedarse en casa. El mánager le indicó que debía esperar al menos una semana antes de mudarse otra vez.