Hálito (borrador)

CAPITULO 4 (PARTE I)

AFRICA

20 de marzo 2014

El aire me golpeó primero. Era pesado, sucio, difícil de respirar. No había viento, solo un silencio extraño, tenso, como si el mundo estuviera conteniendo el aliento. Sentí miedo antes de entender por qué.

Los vi correr.

Un chico, casi un hombre, con el rostro endurecido por el terror. Detrás de él, una mujer sujetando a una niña pequeña. Más adelante, un hombre que no miraba atrás. Sabía lo que hacía.

No tuve dudas: estaban huyendo.

Se detuvieron de golpe. El padre señaló un punto en el suelo. No era un lugar seguro, pero era lo único que tenían. Vi el hoyo. Pequeño. Insuficiente. Entendí de inmediato que no cabrían todos.

El padre miró a la madre. No hablaron. No hizo falta. Yo sentí ese intercambio como un golpe en el estómago.

Ella tomó al chico del rostro con ambas manos y le dio una bolsa pequeña.

—Escúchame bien Jengo —le dijo, sus dedos temblaban, pero su voz no.—. Tú cuidas de tu hermana. Mañana, cuando salga el sol, se van. No salgas antes. No hagas ruido. Si sientes alguna necesidad física, lo aguantas. Este escondite se abre desde adentro. ¿Entendiste?

Jengo asintió, incapaz de hablar. Su hermana se aferró a su camisa.

—Protégela —continuó ella, mirándolo a los ojos—. Tú eres fuerte. Tú puedes.

Él asintió, con los labios apretados, los ojos brillantes. No eran un encargo: eran una despedida.

La niña lloraba sin sonido.

La madre los acomodó dentro del hoyo. Los cubrió. Besó la frente de la niña y apoyo su frente contra la de Jengo un segundo más de lo necesario, como si quisiera grabar su rostro en la memoria.

Luego se levantó, cerró el escondite y se fue.

La oscuridad los tragó.

Yo quise correr tras ella. Gritarle que no volviera. Que se escondiera con ellos. Pero no podía moverme. Solo mirar.

Ella regresó junto a su esposo.

El padre entendió antes de verla. Cuando su esposa apareció corriendo, su rostro lo dijo todo. Él supo que, si ella caía viva en manos equivocadas, el destino que la esperaba sería peor que la muerte. Se miraron. Ella asintió una sola vez.

No quería seguir viendo. Pero sentí el grito. Sentí la decisión. Sentí el final.

El sonido seco llegó después.

Luego, otro.

Un hombre de la otra tribu apareció. Los cuerpos cayeron.

Dentro del hoyo, el chico estaba rígido. La niña temblaba. Él la rodeó con los brazos y se obligó a respirar lento, aunque yo sentía cómo el pánico le subía por el pecho, como si fuera a romperlo.

Pasó el tiempo. No sé cuánto. Aquí el tiempo no importa.

El chico abrió la bolsa. Había un par de frutas. Unas monedas. Nada más.

—¿Dónde están mamá y papá? —preguntó la niña.

El silencio antes de la respuesta me dolió más que la respuesta misma.

—Ya no están —dijo él—. Pero nos cuidan. Donde sea que estén.

Ella apoyó la cabeza en su pecho.

—¿Tú me vas a cuidar?

—Sí —respondió sin dudar—. Siempre.

Ahí fue cuando algo en mí se quebró.

No era solo la muerte. Era la carga. La responsabilidad puesta sobre un cuerpo que aún no estaba listo. El amor convertido en despedida. La infancia arrancada sin aviso.

Sentí su miedo. Sentí su desesperación. Sentí la fragilidad de estar vivos cuando todo alrededor desaparecía en un instante.

Me llevé la mano al pecho, intentando respirar.

No pude.

Esto no era una historia para aprender algo bonito. No había consuelo inmediato.

Solo la certeza brutal de que, incluso cuando todo se rompe, alguien sigue adelante no porque quiera sino porque no tiene otra opción.

Y yo, que había querido desaparecer, me sentí pequeña. Cobarde. Abrumada.

Porque ellos no eligieron rendirse.

Los pasos llegaron primero. Rápidos. Desordenados. Luego las voces.

Una era dura, cargada de rabia. La otra temblaba, insegura.

—¡Eres débil! —gritó el hombre—. ¡Un inútil! ¿Cómo pudiste dejarlos vivir?

Me tensé. Estaban cerca. Demasiado.

—¡No podía hacerlo! —respondió el chico, con la voz rota—. ¡No podía matarlos! ¡Eso no está bien! Hubiera sido mejor que me dejaras en casa.

Por su voz era un muchacho al que le gritaban. Incluso podía tener cerca de la edad de Jengo.

El hombre rió con desprecio.

—Esto es lo que debes aprender. Así son las cosas. Si no te acostumbras, terminarás siendo la presa en lugar del cazador.

Sentí a Jengo moverse bruscamente. Su hermana se había despertado por el ruido. Él le cubrió la boca con la mano, apretando lo justo para callarla sin lastimarla. Sus ojos estaban abiertos de par en par. El miedo le recorría el cuerpo como una descarga.




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