Hálito (borrador)

CAPITULO 4 (PARTE II)

Fui arrancada hacia atrás.

Volví a estar frente a la puerta verde, ovalada y algo diferente sucedió, esta vez ramas comenzaron a crecer a su alrededor, envolviéndola lentamente. Lirios blancos brotaron en el centro, demasiado hermosos para lo que acababa de ver. Una marca roja latía en medio de la puerta, viva, pulsante.

Me tapé la boca.

Las piernas no me sostuvieron.

Caí al suelo y grité, llorando sin control, con el pecho ardiendo, sintiéndome pequeña… cobarde.

Ellos no eligieron rendirse.

Y yo sí.

El suelo seguía frío bajo mis manos. Me ardía el pecho. Las imágenes no se iban. No podía hacerlas callar.

—¿Por qué? —mi voz salió rota, cargada de rabia—. ¿Para qué me mostraste eso?

No levanté la mirada. No quería sentirlo o escucharlo.

La presencia llegó antes que la respuesta.

No fue un sonido. Fue una presión suave, envolvente, como si el espacio se estrechara a mi alrededor sin aplastarme. Me recorrió el cuerpo, lento, firme. Me hizo temblar.

—Estoy aquí —dijo.

Eso fue suficiente para que explotara.

—¡No! —me puse de pie de golpe—. ¡No quiero que estés aquí! ¡No después de eso! ¿Sabes lo que acabo de ver? ¿Sabes lo que sentí?

Mis manos se cerraron en puños. El enojo me subía rápido, caliente, desesperado.

—Ellos no eligieron —continué—. No tuvieron opción. Y aun así siguieron. ¿Para qué? ¿Para sufrir más? ¿Para cargar con algo que nunca pidieron?

El aire se volvió más denso. La presencia no se retiró. Al contrario, me rodeó más.

—Tú me trajiste aquí —dije, señalando la puerta verde—. Tú me obligaste a verlos, perderlo todo, seguir viviendo. ¿Eso es lo que esperas de mí?

Silencio.

Ese silencio no era ausencia. Era atención.

—¿Por qué tiene que llegar siempre a ese punto? —mi voz empezó a quebrarse—. ¿Por qué nadie llega a tiempo? ¿Por qué siempre es cuando es demasiado tarde?

El miedo se filtró entre las palabras. Sentí un nudo en la garganta. Bajé la voz sin querer.

—Yo no puedo con esto —admití—. No puedo cargar con tanto dolor ajeno. No puedo… no soy como ellos.

La presencia se intensificó. No invadía. Sostenía.

—Nunca te pedí que fueras como ellos —respondió la Voz, firme pero suave—. Solo que vieras.

Negué con la cabeza.

—No —susurré—. No es justo. No es justo que ellos sigan y yo tenga que aprender de su desgracia. No es justo que el amor se demuestre y duela así.

Sentí algo extraño entonces. Calor. No en la piel, sino dentro. Como si algo me abrazara desde el pecho hacia afuera. Me asustó.

—¿Qué es esto? —pregunté, retrocediendo un paso—. ¿Qué me estás haciendo?

—Nada que no haya estado siempre ahí.

El miedo me recorrió entera.

—No lo entiendo —dije—. Y eso me da más miedo que todo lo que vi.

Mi respiración se volvió irregular. Las lágrimas regresaron, silenciosas.

—Los odié por seguir —confesé—. Los odié por no rendirse. Y eso… eso me hace sentir horrible.

El silencio volvió, pero esta vez no pesaba.

Y entonces lo pensé.

No lo dije en voz alta.

Tú no eres la razón por la que quise morir.

La idea me golpeó con fuerza.

Yo lo soy.

Quise culparlo. Era más fácil. Más soportable. Pero algo dentro de mí sabía la verdad: nadie me empujó. Nadie decidió por mí. Yo había querido desaparecer porque no supe qué hacer con mi propio cansancio.

La presencia no se retiró cuando ese pensamiento nació.

Al contrario.

Me sostuvo.

—Tu enojo no me aleja —dijo la Voz—. Tu miedo tampoco.

Cerré los ojos.

—Entonces, ¿por qué duele tanto? —pregunté, vencida.

—A veces los sentimientos profundos mal gestionados duelen —respondió—. Y porque amas, incluso cuando no quieres hacerlo.

Me llevé las manos al rostro.

No estaba lista.

Pero tampoco estaba tan segura de querer rendirme.

Y eso… eso era lo que más me aterraba.

No me moví.

No porque no pudiera, sino porque no quería.

El suelo seguía frío. Mi cuerpo estaba tenso, como si levantarme fuera aceptar algo que aún no estaba lista para aceptar. Me dolía el pecho de tanto respirar mal. Cada inhalación era corta. Cada exhalación, temblorosa.

Pensé en Jengo. En Ryosuke. En Katy. En mí.

En lo distinto que era su dolor del mío.
En lo parecido que se sentía.




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