Hálito (borrador)

CAPITULO 5 (PARTE I)

AMERICA

13 de junio 2012

—Detente… por favor, detente.

La voz de la mujer era apenas un hilo. Estaba en el suelo de lo que parecía una habitación, encogida, protegiéndose como podía. Sobre ella, un hombre caminaba de un lado a otro, agitado, furioso. Desde otra parte de la casa se escuchaba el llanto de un bebé. No estaba allí, pero su llanto llenaba el espacio.

Sentí náuseas. Cansancio. Una presión que no se iba. No tenía cuerpo, pero el agotamiento me atravesaba como si lo tuviera. Cada escena se me acumulaba encima de la anterior, y esta… esta me estaba rompiendo.

El hombre se pasó las manos por el rostro con brusquedad. La mujer sollozaba en silencio, encorvada, con las manos cubriéndole la cabeza. Todavía no podía verle el rostro.

Se detuvo frente a ella.

—No sirves para nada —escupió—. Grábatelo bien en esa cabeza vacía. Naciste para servirme y ni eso sabes hacer.

Cerré los puños. No podía intervenir. No podía hacer nada.

Él comenzó a arreglarse, como si ella no estuviera tirada en el suelo, como si no existiera. Ella no se movió. Ni siquiera intentó levantarse.

Cuando terminó, se inclinó sobre ella.

—Ni se te ocurra llamar a tus padres —dijo en voz baja, peligrosa—. Si recibo una sola llamada, por cualquier cosa, te va a ir peor.

La empujó con el pie al ponerse de pie.

—Callada te ves mejor —añadió—. Aunque, siendo sincero, ni el silencio te ayuda.

Salió del cuarto.

El silencio que dejó fue más pesado que sus gritos.

Ella tardó unos segundos en moverse. Luego se levantó con dificultad, sujetándose un costado, caminando con una cojera evidente hacia el baño.

Entonces pude verla.

Se me cerró el pecho. Me tapé la boca por reflejo.

Su rostro estaba hinchado. Los labios partidos. Un hilo de sangre le bajaba por la nariz. Un moretón oscuro comenzaba a marcarse en su ojo izquierdo. El cabello, enredado, arrancado de raíz en algunos mechones.

Se miró en el espejo.

El sonido que salió de ella no fue un llanto fuerte. Fue peor. Un sollozo contenido, profundo, que no venía del cuerpo, sino de algo roto mucho más adentro.

Se tocó el rostro con cuidado, como si temiera lastimarse más.

—¿Cómo llegamos a esto? —murmuró.

No había respuesta.

Se limpió como pudo. Salió del baño y fue a la habitación. Se cambió de ropa: pantalones largos, manga larga. Todo para cubrir lo que no debía verse. Frente al espejo de cuerpo completo, respiró hondo. Un moretón grande se extendía por su costado.

Suspiró. No de alivio. De resignación.

Tomó unas llaves y caminó hacia otra habitación.

Al abrir la puerta, un niño de unos ocho años abrazaba con fuerza a un bebé de no más de dos. Los dos estaban despiertos. El mayor respiraba rápido, con los ojos abiertos de par en par. Terror puro.

Cuando la vio, sus hombros se vinieron abajo.

—Ma… má —la llamó, y su voz se quebró. El llanto le salió sin control, y el bebé comenzó a llorar también, contagiado por el miedo.

Ella corrió hacia ellos como pudo y los abrazó con cuidado, susurrándoles palabras suaves, mintiendo calma donde no la había. Los sostuvo hasta que sus cuerpos pequeños cedieron al cansancio y se durmieron.

Yo observaba todo, inmóvil, con una sensación conocida clavándose en mí: impotencia.

Esa noche, él no regresó.

Y eso no significó paz.

~

Dos semanas después, una noche en la que olvidó cerrar la puerta del cuarto de los niños, sucedió.

El hombre llegó ebrio. Bastó escucharlo cerrar la puerta para que Elena lo supiera. El modo torpe de caminar, el silencio previo a la explosión. Sabía que esa noche no habría escapatoria.

Intentó correr hacia el cuarto de los niños, pero él fue más rápido. A pesar de la embriaguez, la alcanzó y la tomó del cabello, jalándola hacia atrás con violencia. Elena perdió el equilibrio y resbaló; él no la soltó. La arrastró por el suelo hasta la sala.

—¿Crees que puedes huir de mí, Elena? —gritó, tironeándole el cabello—. ¿Crees que soy poco para ti?

Ella no respondió. Se aferró a sus muñecas, intentando disminuir el dolor, intentando no gritar.

—¿Te hubiera gustado quedarte con Enrique, ¿verdad? —continuó, fuera de sí—. Lo veo en tus ojos. Siempre lo veo. Preferiste pensar en él antes que en mí.

La puerta del cuarto de los niños se abrió.

Gabriel apareció, paralizado por la escena. El miedo lo atravesó entero. Iba a gritar.

Elena reaccionó antes de que ocurriera. Con un último esfuerzo, se impulsó hacia atrás, lo suficiente para hacerlo tambalear. Se soltó.

Corrió.

Tomó al niño por los hombros, lo empujó suavemente dentro del cuarto y cerró la puerta.




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