OCEANIA
25 de agosto 2009
El calor era abrasador, sofocante, casi asfixiante. Todo a mi alrededor estaba teñido de naranja: el cielo, la tierra, los restos de las casas, los animales, las personas, la vegetación. Nada escapaba. El fuego había pasado arrasando de un extremo al otro y aún no se detenía.
Giré sobre mí misma, intentando abarcarlo todo. Sirenas. Gritos. Órdenes que se perdían entre el llanto y el miedo. Voces quebradas pidiendo ayuda, otras simplemente llamando nombres. Dentro de mí sentí el tirón familiar, esa fuerza que me anclaba a un punto específico, pero todavía no sabía a quién pertenecía.
Hasta que la vi.
Era una mujer joven, aunque difícil de precisar; quizá saliendo de sus veintes. Estaba de pie, inmóvil, con un gato en brazos. Sus dedos estaban cubiertos de algo oscuro. Desde lejos pensé que era hollín, pero algo en mi pecho se contrajo al instante. Su rostro ennegrecido mostraba surcos secos donde habían corrido lágrimas. Miraba alrededor con los ojos abiertos de más, como si no terminara de comprender lo que estaba viendo.
Sus labios se movían, una y otra vez, pero no lograba oír lo que decía.
Me acerqué con cautela. Al mismo tiempo, un hombre joven vestido de bombero llegó hasta ella.
—Señorita, no puede permanecer en esta área —dijo con voz firme, aunque contenida.
Le tocó el brazo con cuidado, como si no supiera si era real o si se rompería al contacto. Ella no reaccionó de inmediato. Seguía respirando rápido, con la mirada fija en el paisaje devastado.
—¿Joven? —insistió.
Entonces ella lo miró, como si regresara de golpe a la realidad. Sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas.
—¿Puedes hacer algo por Gus? —preguntó—. No responde cuando lo llamo.
Extendió los brazos. El gato llevaba un collar dorado y yacía completamente inmóvil. Sus manos temblaban. Su voz también. El shock era evidente.
—Es el único recuerdo que me queda de mis padres —continuó, bajando la mirada—. Por favor… ayúdame. Si no vive, me quedaré sola. Por favor.
Mecía el cuerpo del animal con cuidado, repitiendo su nombre en un murmullo constante: Gus… Gus…
El bombero la miró con una tristeza silenciosa. Yo también lo supe en ese instante. Los tres lo sabíamos. Aquello que cubría sus dedos no era hollín, y las zonas sin pelaje hablaban por sí solas.
—Señorita —dijo él finalmente—, debe salir de aquí. Venga conmigo. La atenderán… y también a su gato.
La guió con rapidez hacia una ambulancia cercana. Ella no se resistió. Se dejó llevar como alguien que ya no tiene fuerzas para decidir. El hombre regresó enseguida a su labor, perdiéndose entre el humo y el ruido.
Yo me quedé atrás.
Con el pecho apretado.
Sintiendo que, en medio del fuego, no solo se quemaban casas o bosques, sino los últimos restos de aquello que hacía a alguien sentirse acompañado.
~
—Es uno de los incendios forestales más atroces registrados hasta el momento en nuestro país. A todos los que han perdido a un ser querido, nuestras más profundas condolencias. Les pedimos un minuto de silencio en respeto por quienes han sido afectados por este desastre natural.
La transmisión seguía sonando en la sala de emergencias. Nadie la miraba realmente.
La joven, ya estabilizada, con vendajes gruesos cubriéndole las manos, observaba la televisión sentada, la espalda rígida, la mirada vacía. Pasados unos minutos, bajó los ojos.
—¿Qué haré ahora? —susurró—. Ya no me queda nada. Sin padres, sin Gus, sin casa.
Tragó saliva.
—¿Será esto una señal? ¿Seré yo la siguiente?
Las preguntas se repetían, una y otra vez, como un pensamiento que no encontraba salida. Un mantra que desgastaba lo poco que aún se sostenía en ella.
Se levantó de pronto.
Caminó hasta el ascensor y presionó el botón del último piso. Al llegar, avanzó por el pasillo con pasos lentos, observando con atención cada ventanal, cada puerta, cada salida posible. Dobló en un corredor más estrecho y entonces la vio: una mujer mayor sentada en una de las bancas, las manos cruzadas sobre el regazo.
La joven pasó de largo. No había nada más. Solo una puerta que conducía a las escaleras de emergencia.
Se giró para regresar.
—¿Qué estás buscando?
La voz fue suave. Demasiado. Me recorrió un escalofrío inmediato, y supe que a la muchacha también: se enderezó con rigidez.
—Sí, te hablo a ti —añadió la mujer—. Solo estamos nosotras.
La joven se volvió con cautela, mirando alrededor.
—¿Qué busca?
—Nada.
—No parece que estés buscando nada.
—Sí lo estoy —respondió ella, a la defensiva—. Y no quiero sonar grosera, pero no le corresponde saber qué.
La mujer sonrió levemente y palmeó el asiento a su lado.