Haré un desastre

Capítulo 9 - Parte 2

Adriel Hyden

Toda mi vida siempre fue lo mismo. Tuvo sus variaciones, pero en esencia siempre fue lo mismo. Antes no me molestaba, bueno… Creía que no me molestaba, pero ahora, desde el instituto, todo es diferente. Ya no podía ocultarme, en el instituto Daglar no se permiten las nimiedades, solo puedes destacar o te descartan.

Veo las cosas diferentes.

Vivo mi vida diferente.

Y todo me parece tan… simple.

Me levantaba temprano, después de una noche tranquila de estudio, me vestía con mi ropa planchada, antes elegida completamente por mi familia, ahora solo era el uniforme de la escuela. Bajaba a la cocina, observando los cuadros llenos de frases motivacionales como: “Tú puedes”, “El cielo es el límite”, “Eres lo que eres, no lo que los demás te dicen”, etcétera. Siempre había sido así, pero ahora era todo más sombrío. Siempre rodeado de esas palabras huecas, que terminan siendo solo eco en un espíritu vacío. Supongo que siempre fui algo vacío.

Bajaba a la cocina, tomaba un vaso de leche de soya, mis padres no querían darme leche entera desde que cumplí un año, de hecho ahora que lo pienso bien, ellos siempre me eliminaron muchas comidas que eran “malas” para mi dieta. Pero tampoco puedo hacer mucho, solo aceptar la realidad y avanzar en ella. Creo que la realidad es como dice Ethan “Solo hay que entrar en el flujo de la vida” o algo así.

Ethan… Siempre pensaba que era lo mejor que me había pasado, mi mejor amigo y luego mi… es vergonzoso decir que era mi novio. Pero aun así siempre me acompañó en todo lo que podía, incluso más. Era curioso como habían escalado las cosas, y como siempre había sido mi fortaleza. Pese a que soy lo que soy.

Lo sabía desde los nueve años, era ser consciente de cosas que un niño no debería ser. Incluso las cosas buenas tienen sus cosas malas, pensaba desde los nueve, cuando veía a mi madre dar esas conferencias concentrada en mejorar las personalidades de las personas. Pero también veía lo siguiente: mi madre borracha, vomitando maldiciones mientras me sentaba en la cama y me pedía que me tapara los ojos. Era incómodo escuchar esas sucias verdades. Pero nadie podía hacer nada, ella siempre fue el modelo.

Jessica Hyden, la grande promotora de una de las revistas más importantes y posiblemente la codiciada jefa de familia. Algo que todos aspiraban a ser. Vendía las cosa más grande que existe: imagen. Y cuando vives de tu imagen, y llegas al final, al mejor de todos los puestos, entonces puedes ser un verdadero monstruo doble cara. Y mi mamá era como una gorgona que mostraba sus ojos y congelaba a la competencia hasta aplastarlos.

Siempre era así con ella, una vida perfecta, una imagen perfecta, un cariño perfecto, incluso podía promocionar mi propia vida como el hijo perfecto. Ya no buscaba la imagen de niño inquieto, sino la imagen de “joven prodigio”.

Daglar le cayó como anillo al dedo.

Entonces llegó mi mamá, era imposible no saber que era ella, sus tacones blancos siempre se mimetizaban con el resto de su atuendo. En otra época la habrían puesto como chamana de alguna tribu, o una curandera loca. Pero en esta vida, ella era un exitosa mujer vestida de blanco, con su largo cabello siempre peinado y esa sonrisa hueca pero tan humana que provocaba una empatía a medias, como un tiburón cuando esta a punto de matarte, pero crees que no es tan malo. Como todas las mañanas ejercía su “Rutina de refuerzo de cariño y carácter”. En otro momento solo sería un abrazo matutino.

—¿Cómo está mi chiquito especial? —dice estrechándome en sus brazos. Mi mamá era una mujer muy ocupada, conocía el marketing mejor que cualquier persona, sabía vender una familia perfecta, incluso a ella misma—¿Tomaste tus vitaminas? Las conté y creo que te faltaron algunas.

—Estoy muy bien, mamá —contesté, y no tenía otra forma de contestar, si decía alguna palabra equivocada, podría caerme un sermón de autoestima, trabajo, autoayuda, y muchas otras cosas. Solo quería que se terminaran las cosas y evitar cualquier cosa con los dos pilares de mi vida—. Las vitaminas ya las tome, recuerda que tu me dijiste que debía recontarlas, hice la lista de control —no era lo ideal, pero era mejor que a que dude de mí. No cuando tenía sus uñas esculpidas como mármol tan cerca de mi rostro.

Desde niño había escuchado como mi mamá y mi papá se encargaban de darme todo el amor y la protección que ellos nunca tuvieron, no sabía si era algo bueno o malo. Incluso no sabía si creer a los asistentes que “reforzaban mi crianza”. Aunque nunca conocí a mis abuelos como para no entender algo más que esa imagen, y tenía la sensación de que nunca lo sabría.

Aun así desayunaba solo porque ellos tenían que trabajar o alguna reunión importante. Pero ahora, todo era más complejo, pues convivía con ellos como nunca antes, y era como su audiencia más que su hijo. Incluso para mi ellos estaban fingiendo. Luego tomaba mi almuerzo herméticamente sellado, y salía de mi casa. No debería, pues la escuela tenía un amplio menú, aun así mis padres insistían.

No podría decirle que no a Gotzila y Motra.

No sé en qué momento fui consciente del agobio que sentía con tenerlos sobre mí en cada paso de mi vida, incluso cuando llegamos a este lugar a mitad del verano, insistían en llevarme en auto, pese a que viviéramos cerca de cierto modo, ya que la academia estaba en el centro.




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