Haré un desastre

Capítulo 9 - Parte 3

—No. No, no, no, no, no, no…

Lo repetí al menos treinta y siete veces, y parecía que hablaba chino. Darian solo trazaba los límites de toda América del Sur, en un mapa calcado mientras ignoraba cada una de mis respuesta.

—¿Ya te dije que no? —pregunté para que me haga caso, pero cuando fijo sus ojos verdes en mí, pude ver ese destello de algo entre la seguridad y la certeza.

—Es divertido como intentas evitar lo obvio —aseguró —. Tu recuperatorio de Geometría tridimensional es importante para ti, y te niegas a recibir la ayuda necesaria —iba a contestar pero levanto su dedo índice frente a mí, para que me callara—. No terminé de hablar —aclaró con esa sonrisa burlona.

Odiaba admitirlo, pero me tenía bien entrenado con esa estúpida formación. Desde el inicio de las tutorías, Darian puso las reglas.

Uno esperaría que como un compañero a otro había igualdad, pero nosotros precisamente no conocíamos esas palabras. Y sus reglas tontas eran… tan fastidiosas.

Sospechaba que Darian era fanático del conductismo.

Aun así, sus reglas eran molestas. Tenía que esperar a que terminé de hablar, y si llegaba a interrumpirlo levantaba el dedo índice y me indicaba que me callara.

—No soy un maldito perro —le reclame más de una vez, pero este estúpido pelirrojo seguía con eso. Y aunque me odie, soy un animal de costumbres.

Primero me acostumbro, y luego voy en contra de lo que me acostumbro.

—Como sea, no importa cómo te sientas, tienes que venir a mi casa, el sábado, no hay opciones, a menos que quieras que sigan diciendo esas cosas —puntualizó.

Era una amenaza, porque no quería que nadie me viera con Darian enseñándome. Fue otra de esas reglas que puso cuando se percató de eso.

Si queremos que nadie nos moleste en nuestras sesiones de estudio, nadie tiene que saberlo. Pero tú tienes que aceptar el lugar y la hora donde nos reuniremos.

—No puedo… es… tu hermano estará ahí, y lo odio —aclaré como si fuera algo de peso. Puede que antes sí, pero ahora solo quería aprobar todos mis exámenes.

—Mi hermano, no va a estar —aseguró Darian—. Y no te creas importante, ahora mismo no importa nada más que tus notas. Si apruebas, recibo puntos extra.

Era algo curioso, pero único en Daglar. Los puntos extras no eran precisamente puntos de notas, eran puntos de privilegio, y solo se les daba a quienes se sacrificaban en la escuela. Al principio me parecía estúpido que teniendo la cantidad absurda de materias, Darian pueda tener notas perfectas y al mismo tiempo tener tiempo para organizar y gestionar recursos de la clase. También los del consejo o algunos organizadores de los clubs. No era física y temporalmente posible que ellos puedan cursar todas esas materias y al mismo tiempo hacerlo todo.

Ahí es donde Daglar muestra su diferencia. Los alumnos capaces, Darian como presidente de la clase, al tener responsabilidades más allá que solo el estudio, solo debía realizar tareas cuyo resultado satisfactorio que le dé puntos extras. Y estos puntos extra son acumuladores de privilegios, mientras más puntos, podrías faltar a un examen sin consecuencias y te replicaban el resultado del anterior examen dado de la asignatura. Así ellos debían rendir bien en los trabajos pero también en las otras actividades. Los del consejo podían tener puntos extra solo por estar en el consejo, y por ende podían decidir a qué faltar debido a la carga de responsabilidad. Pero como todo en Daglar, tiene una trampa obvia. Tiene que salir bien. Sumamente bien, sin margen de error. Las tutorías también tenían esa condición. Si un tutor logra que su estudiante apruebe, esto lleva a que la tarea no sea una pérdida de tiempo, y se consiguen puntos extras. Si falla, pierde el prestigio y es una mancha en el historial. Si hacen trampa, el mismo sistema los hunde en el fondo.

—Bien, bien, bien —contesté mientras bostezaba y recostaba mi barbilla en la mesa—. Estoy harto.

Solo necesitaba esa frase para recibir un golpe de algún mapamundi que Darian había conseguido quien sabe dónde. También era parte de la ética de Darian, evitar las quejas, seguir en el trabajo. Pero él y yo nunca coincidimos al estudiar.

—A nadie le importa. Repasemos para el examen de Geografía II de mañana —aclara mientras mostraba el mapa calcado y me daba colores—. Se un buen estudiante y colorea las zonas fronterizas de todos los países del continente americano.

Estuvimos una hora con el rojo, para zonas fronterizas. Azul, para los ríos y lagos, y cuerpos de agua, y verde para la vegetación densa.

Odiaba necesitarlo. Y ese sentimiento lo repetía cada vez que un trazo era más fuerte que el resto.

Se que podía notarse. Me daba pánico de solo imaginarme a Adriel o Etha, ese imbécil, darse cuenta de las tutorías. Pero era cuestión de tiempo. Lo sabía más que nadie, era obvio la mirada de confusión de Adriel cada vez que Darian, ese estúpido sin la capacidad de disimular, me buscaba para llevarme a estudiar, repasar, hacer notas, o marcas cosas que me faltaban en mis propios apuntes.

Pero aun así, no podía decirlo. ¡Yo, el imbécil que se pelea con todo el mundo reprobó al menos cuatro materias! Qué horror. Soy un jodido rebelde, no un estúpido. No quería reprobar. Y eso me daba un pavor que mataba mi lengua cada vez que solo se me cruzaba el pensamiento de decirle a Adriel.




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