Hasta la eternidad

Cuarto acto

No paro de mirar a ambos lados, muerta de miedo por si alguien cruza de repente y me descubre con su cadáver a solo unos metros. Escucho el inconfundible sonido de su coche acercándose, un Chevrolet del 73 dobla la esquina del laboratorio y me ciega con sus luces. Se detiene sin apagar el motor y se baja de él, caminando deprisa hasta mí. En cuanto sus brazos me rodean rompo a llorar descontroladamente.

—Shh. —Acaricia mi cabeza y me aprieta contra su cuerpo—. Joder, Devon. ¿Qué coño ha pasado?

—No lo sé, yo solo-solo quería hablar con ella —tartamudeo sin parar de llorar.

Tyler da unos pasos y se agacha junto al cuerpo de la chica a la que he matado, acerca la mano y le cierra los ojos. Mira a izquierda y derecha y regresa conmigo.

—Vale, nena, tenemos que largarnos de aquí —dice tirando de mi mano hacia el coche.

—¿¡Pero cómo vamos a dejarla aquí!? ¡Van a saber que he sido yo!

—Maldita sea, Devon —bufa mirándome a mí y después a ella—. Bien, vale, métete en el coche.

—¿Qué vas a hacer?

—Entra en el puto coche, joder.

Obedezco y observo cómo corre y abre el maletero, saca una manta que solíamos usar cuando íbamos al acantilado a ver las estrellas —entre otras cosas—, y vuelve hasta el cadáver. Lo cubre con ella y la hace girar sin tocarla, rodeándola por completo para después levantarla en brazos.




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