Hasta que aprendas a rogar

2. Mateo: Mi mujer no se va

El calor de los dos anillos de oro en la palma de mi mano me quema como si fuera carbón encendido.

Siento la mandíbula tan apretada que los músculos de la cara me laten con una pulsación sorda e incómoda.

Aún completamente aturdido, miro las dos piezas de metal y el diamante que resplandece bajo la luz dorada de las arañas de cristal del salón.

Por un segundo, mi cerebro —entrenado durante década y media para resolver crisis financieras y cerrar contratos millonarios en cuestión de minutos—, entra en un apagón absoluto.

Es una sensación extraña, violenta, casi física, como si me hubieran arrancado el aire de los pulmones de un solo golpe.

«Se acabó, Mateo. Tu esposa florero presenta su renuncia hoy».

La voz de Isabella no deja de retumbar en mis oídos.

Su tono fue helado, firme, desprovisto de cualquier rastro de la timidez, sumisión o dulzura a la que me tenía tan malacostumbrado durante los últimos dos años.

¿De dónde demonios sacó ese tono? ¿Dónde quedó la mujer silenciosa que siempre esperaba paciente a mi lado en este tipo de galas, sonriendo a los fotógrafos y asintiendo a todo lo que yo decía?

Observo fijamente la enorme puerta doble de madera tallada y cristal blindado por la que acaba de desaparecer.

Sorprendido como estaba por su arrebato, apenas la vi irse, con el vestido vino ondeando entre la multitud engalanada, la espalda completamente recta, la barbilla en alto…

Ni un solo temblor en su andar. No había rastro alguno de duda en sus pasos. Ni siquiera volvió la mirada hacia atrás para comprobar si yo la seguía o no.

Siento una oleada de murmullos a mi alrededor. Varias miradas de la élite empresarial se clavan en mí, disimuladas tras copas de vino y champán y sonrisas falsas.

—¿Señor Castillo? ¿Todo bien? —la voz temblorosa de Fernando, mi director de relaciones públicas, rompe la bruma de mi choque. Se acerca con el rostro pálido como el papel, apretando su iPad de trabajo contra el pecho—. Los periodistas de la revista Semana están listos frente al Muro de Prensa. Necesitamos la foto con usted y su esposa para ilustrar la portada sobre «Los líderes del año» que sale mañana a primera hora...

—Cancela la foto —le corto, sin mirarlo, cerrando el puño alrededor de los anillos con una fuerza desmedida. Siento cómo los bordes del oro y las garras del diamante se me clavan en la piel hasta lastimarme, pero el dolor físico es lo único que me mantiene anclado al suelo—. Mejor dicho, cancela todo, incluyendo las entrevistas que tenía programadas.

Fernando se me queda mirando, no muy seguro de qué responderme, o quizás, decidiendo si obedecer o hacer caso omiso de mi petición. Seguramente estará pensando que he perdido la cabeza por anular todo lo que teníamos con la prensa, pero en este momento para mí, eso es lo de menos.

Luego de unos segundos tensos, finalmente se atreve a hablar.

—Pero, señor... el reportaje principal es sobre el quinceavo aniversario de la firma y el papel de la familia Castillo como pilar del grupo inversionista. Si la señora Isabella no aparece en el encuadre junto a usted, los medios van a especular que...

—¡Dije que canceles todo, carajo! —la voz me sale con un rugido rasposo, retumbando lo suficiente como para que varios empresarios cercanos se giren bruscamente a mirarme con incomodidad.

Fernando traga saliva con dificultad, da un paso atrás, asiente aceleradamente y se retira casi corriendo entre la multitud.

Me giro hacia la barra de caoba, tomo la copa de vino que había dejado a medias y me trago el líquido de un solo sorbo.

El alcohol me quema la garganta, pero no logra disipar el ardor amargo y tóxico que se me ha instalado en el centro del pecho.

Me ajusto el botón del saco de terciopelo negro y limpio con brusquedad una gota de sudor frío de mi frente.

¿Qué demonios le pasa? ¿Qué clase de espectáculo infantil y ridículo es este?

Ella sabía perfectamente lo crucial que era esta noche para el Grupo Castillo. Era plenamente consciente de que había inversionistas extranjeros observando cada uno de nuestros movimientos, evaluando la solidez de mi imperio.

Llevamos dos años de matrimonio y nunca, ni una sola vez, me había faltado al respeto de esta manera. Jamás me había dejado en ridículo frente a la alta sociedad.

Francamente, no entiendo por qué lo hizo, si yo lo único que he hecho ha sido darle una vida perfecta.

Le di un exclusivo penthouse de tres niveles en el rascacielos más ostentoso de la zona turística de la ciudad, el acceso libre a nuestra mansión de descanso en las afueras, tarjetas de crédito sin límite de cupo, guardarropas de alta costura, viajes por Europa y toda Norteamérica, el estatus social que jamás habría soñado tener por sí misma y, sobre todo, un privilegio insuperable como lo es el hecho de llevar mi apellido.

No le falta absolutamente nada.

¿Y cómo me paga?

¿Montando una escenita de celos aburrida e inmadura por un insignificante arreglo de orquídeas que envió mi secretaria para cumplir con el protocolo de cortesía?

«No es por las flores, imbécil», me susurra una voz traicionera en lo más profundo de la cabeza, y aunque en el fondo sé que tiene razón, aplasto ese pensamiento con ira.

Soy demasiado orgulloso, lamentablemente, para admitir que yo mismo las he embarrado con ella.

Sacando el teléfono del bolsillo interior del pantalón, marco su número directamente con el pulgar.

Necesito saber dónde está, a dónde se fue, porque me va a escuchar, le guste o no.

Aprieto el aparato contra mi oreja, mientras empiezo a caminar a zancadas largas hacia la salida.

La llamada entra, e inicia mi tortura.

Solo quiero que me conteste…

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

«Sistema, correo de voz. Tendrá costo a partir de este momento…»

Me cortó la llamada. O peor aún, seguramente mandó mi número a la lista de bloqueados.




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