Hasta que aprendas a rogar

3. Isa: Este bebé es mío

El sonido rítmico y constante de la lluvia chocando contra el cristal de la ventana es lo único que rompe el silencio tranquilo en el pequeño apartamento de mi mejor amiga, Sofía.

Tras haber salido de la gala, tomé un taxi directo a recoger mis cosas, —claro, en el proceso le dejé mi nota de despedida definitiva a Mateo, espero la haya leído—, y luego llamé a Sofía, quien me recibió aquí, toda linda ella.

Nos quedamos hablando un buen rato, y yo, claro está, aproveché para contarle los últimos acontecimientos.

Y, aunque Sofía se retiró a dormir cerca de las once, yo recién después de la media noche fue que logré conciliar el sueño, pero fue un dormitar inquieto.

Mi mente no dejaba de repasar una y otra vez los acontecimientos que me llevaron a donde estoy en este momento, y pese a lo que se pudiera pensar, no me arrepiento para nada de haberme ido así.

Fue, en cierto modo, bochornoso, porque todo el mundo presenció mi desplante, si es que lo puedo llamar así, hacia mateo, pero él solito se lo buscó.

Ahora, llevo despierta desde las cinco de la mañana, sentada en la orilla de una cama que no es la mía, sino la de la habitación de invitados, una estancia que Sofía no dudó en cederme.

Me acomodo mejor entre las almohadas, observando la suave y relajante caída de la lluvia, mientras escucho a mi amiga preparando café, y sostengo entre mis manos una taza de té helado que no me he atrevido a probar.

No porque no quiera, sino porque cada vez que acerco el borde de la misma a mis labios, el aroma a hierbas me produce un malestar extraño que hace que se me cierre el estómago por completo.

Miro la maleta de cuero a medio abrir en la esquina de la habitación. Salir del penthouse que compartía con mateo anoche en medio de la oscuridad fue el acto más valiente, arriesgado y desesperado que he hecho en mis veinticinco años de vida.

Sin embargo, no percibo la paz inmediata que tanto esperaba encontrar tras romper mis cadenas.

En vez de eso, siento el cuerpo pesado, exhausto, como si me hubieran propinado una paliza emocional de la que probablemente tardaré semanas en recuperarme.

Pues claro, si no dormí como hubiera querido, aunque lo hice no logré descansar absolutamente nada, no es de extrañar que me sienta como si me hubiese atropellado un camión.

Mi teléfono móvil, que llevaba en modo avión desde que abordé el taxi fuera del hotel anoche y el cual recién puse en línea para recibir los mensajes del despacho de abogados, vibra sobre el tocador con una insistencia que me pone los nervios de punta.

No necesito mirarlo, porque sé exactamente quién es sin necesidad de encender la pantalla para ver el nombre.

Mateo debe de estar furioso.

Me lo imagino perfectamente:

Seguro debe estar caminando de un lado a otro en su oficina, apretando los puños con la vena de la sien marcándole la frente, llamando con rabia y desesperación a su equipo de abogados o exigiendo a su personal de seguridad que me rastreen por toda la ciudad como si fuera una de sus propiedades extraviadas.

Para él no soy una mujer con sentimientos, temores o dignidad; soy, simplemente, un activo de su imperio.

En pocas palabras, yo significo para él prácticamente nada, más allá de una posición que no puede permitirse perder ante la opinión pública.

De pronto, mientras estoy sumida en mis pensamientos, siento cómo mi estómago se revuelve dolorosamente, y la bilis me sube por la garganta, haciendo que respire de forma entrecortada.

Me pongo de pie de golpe, mareándome por el repentino movimiento y dejando la taza sobre la mesa con tanta prisa que el líquido helado se derrama sobre el cristal, pero no tengo ni siquiera tiempo para pensar en limpiar el desastre.

Medio desorientada, en parte debido al mareo, y también por las náuseas repentinas que me abruman más el dolor en mi vientre, corro hacia el baño pequeño del pasillo tropezando con mis propios pies.

Caigo de rodillas sobre las baldosas frías frente al inodoro y me agarro con fuerza del borde de porcelana mientras las arcadas me sacuden el cuerpo entero en un espasmo doloroso.

Vomito violentamente, devolviendo todo lo poco que comí anoche.

Y es que en realidad, apenas probé nada; me fui de la gala cuando todavía ni siquiera estaba servida la cena principal.

Para ese momento solo habían circulado algunos pasabocas ligeros de salmón, que únicamente tenían la finalidad de aminorar el apetito de los invitados y evitar que algunos empresarios se prendiesen, —y digo algunos, porque la gran mayoría preferían el vino o el champán—, pero no faltaba quienes bebían aquel asqueroso whisky caro y se emborrachaban demasiado rápido.

Cuando llegué aquí, Sofía me ofreció un sándwich, pero yo seguía tan furiosa y dolida con mateo, que me negué amablemente a probar bocado.

Pero estos síntomas no son la consecuencia de algo que haya comido y me haya sentado mal. Ni siquiera tengo fiebre, diarrea o escalofríos.

Tan solo son... náuseas matutinas.

Náuseas que van y vienen en ráfagas impredecibles, arcadas que me doblan por la mitad, dejándome sin aliento y con el pecho ardiendo.

Y no es la primera vez que me pasa esta semana.

Llevo casi catorce días atribuyéndole este malestar continuo al estrés acumulado por el aniversario, a una gastritis incipiente provocada por las cenas de negocios a las que asistía sin tener hambre solo por acompañarlo, y a las interminables noches en vela esperando el sonido de sus pasos en la madrugada.

Pero mientras me limpio la boca con un trozo de papel sanitario y me enjuago la misma para deshacerme del horrible sabor de mi propia bilis, todavía con el corazón martilleándome como un tambor contra las costillas y la cabeza dándome vueltas, una sospecha de lo que puede estar pasándome cruza mi mente.

En mi cerebro, despacio, y mientras voy repasando mentalmente los síntomas que tengo, las alarmas internas comienzan a dispararse.




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