PRÓLOGO
Un matrimonio que no debía existir
Dicen que el amor empieza con una mirada.
Con una sonrisa.
Con un encuentro inesperado en el lugar correcto.
El mío empezó con una firma.
Una firma que no quería hacer.
Una firma que tenía que hacer.
Y, sobre todo, una firma que cambiaría todo.
Si alguien me hubiera dicho esa noche que doce meses después estaría sentada frente al hombre que juré no amar, probablemente me habría reído en su cara.
Porque yo no creía en los matrimonios arreglados.
Mucho menos en los matrimonios por conveniencia.
Y definitivamente no creía que pudiera enamorarme de alguien como Adrian Valenti.
Él era exactamente el tipo de hombre del que había aprendido a mantenerme alejada.
Frío.
Controlador.
Arrogante.
Demasiado seguro de sí mismo.
Y con una mirada capaz de hacerme olvidar, durante unos segundos, por qué debía odiarlo.
Pero esa noche todavía no lo sabía.
Todavía no sabía que terminaría compartiendo una casa con él.
Ni que aprendería sus horarios.
Su café favorito.
La forma en que fruncía el ceño cuando estaba preocupado.
La manera en que fingía no preocuparse cuando sí lo hacía.
Todavía no sabía que llegaríamos a discutir por cosas absurdas, que sentiría celos sin tener derecho a sentirlos y que habría noches en las que dormiríamos a centímetros de distancia mientras ambos fingíamos que nuestros corazones no estaban latiendo demasiado rápido.
Todavía no sabía que algún día odiaría escuchar la palabra contrato.
Porque habría una época en la que esa palabra significaría nuestra salvación.
Y otra en la que significaría nuestra condena.
Todo comenzó con una herencia.
Con una cláusula escrita por un hombre que llevaba años muerto.
Mi abuelo.
El hombre que había construido el imperio que nuestra familia llevaba generaciones intentando conservar.
Yo había crecido rodeada de dinero, fiestas elegantes y personas que sonreían incluso cuando querían clavarte un cuchillo en la espalda.
Pero había una cosa que mi apellido no podía comprarme.
La libertad.
Cuando mi abuelo murió, dejó algo más que una fortuna.
Dejó condiciones.
Y una de ellas podía destruir todo lo que mi familia había construido.
Para conservar mi parte de la empresa debía estar casada antes de cumplir los veintidós.
No comprometida.
No saliendo con alguien.
Casada.
La noticia habría sido absurda si mi familia no estuviera al borde del desastre.
Así que tenía dos opciones.
Encontrar un marido.
O perderlo todo.
Y entonces apareció él.
Adrian Valenti.
El hombre que jamás habría elegido.
El hombre que, según todas las reglas de mi vida, debía evitar.
El hombre que necesitaba exactamente lo mismo que yo.
Una esposa.
No por amor.
No por deseo.
Por conveniencia.
Un matrimonio con fecha de vencimiento.
Doce meses.
Eso era todo.
Doce meses fingiendo delante de nuestras familias.
Doce meses sonriendo para las cámaras.
Doce meses compartiendo una casa.
Doce meses recordándonos que aquello no era real.
Había reglas.
Muchas reglas.
No enamorarse.
No dormir juntos.
No interferir en la vida privada del otro.
No sentir celos.
Y jamás olvidar que, cuando terminara el plazo, cada uno seguiría su camino.
Parecía sencillo.
Al menos eso creíamos.
Porque nadie nos explicó qué ocurriría cuando fingir comenzara a sentirse demasiado parecido a la verdad.
Nadie nos advirtió que algunas mentiras podían convertirse en recuerdos.
Que algunos besos podían dejar de ser actuación.
Que algunas miradas podían decir cosas que las palabras no se atrevían a admitir.
Y que, a veces, el problema no era enamorarse.
El verdadero problema era descubrir que te habías enamorado de la única persona que nunca debiste elegir.
Pero antes de llegar a ese punto...
tuve que conocerlo.
Y aquella mañana, cuando entré en aquella oficina sin saber qué me esperaba, lo último que imaginaba era encontrar al hombre que terminaría convirtiéndose en mi esposo.
Mucho menos que él ya supiera mi nombre.
Adrian levantó la mirada de los documentos que tenía sobre el escritorio.
Nuestros ojos se encontraron.
Y sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue una sonrisa tranquila.
Segura.
Como si él supiera algo que yo todavía ignoraba.
—Señorita Moretti —dijo—. Creo que tenemos un problema.
No sabía entonces que aquel problema tenía nombre.
Adrian Valenti.
El nombre que había escuchado tantas veces en reuniones familiares.
El heredero de una de las empresas más importantes de la ciudad.
El hijo de un hombre que mi abuelo consideraba un rival.
El hombre que, según mi hermano, podía conseguir todo lo que quería con una simple llamada.
Y ahora estaba sentado frente a mí.
Esperándome.
Como si aquella reunión hubiera sido planeada mucho antes de que yo siquiera supiera que iba a ocurrir.
Me quedé parada frente a su escritorio.
No sabía qué me molestaba más.
Que supiera mi nombre.
O que pareciera demasiado tranquilo.
—¿Nos conocemos? —pregunté.
Adrian apoyó la espalda contra el sillón.
—No personalmente.
—Entonces me sorprende que sepa quién soy.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Es difícil no saber quién es Alessia Moretti.
No supe si aquello era un cumplido o una advertencia.
Decidí tomarlo como lo segundo.
—Espero que no me haya hecho venir hasta aquí para hablar de mi apellido.
—No.
Sus ojos recorrieron mi rostro durante apenas un instante antes de regresar a los documentos que tenía delante.
—He leído el testamento de su abuelo.
Mi expresión cambió.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque mi padre recibió una copia.
Editado: 19.09.2026