Hasta que dejemos de fingir

La cláusula

CAPÍTULO 1

La cláusula

El día que enterramos a mi abuelo descubrí que algunas personas podían llorar con los ojos secos.

Yo era una de ellas.

Estaba sentada en la parte trasera del automóvil, observando por la ventana cómo la lluvia convertía las calles en manchas grises.

No había dejado de llover desde aquella mañana.

Quizás el cielo también estaba de luto.

O quizás simplemente era octubre.

Nunca había sido buena buscando señales donde no las había.

—Alessia.

La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos.

Giré la cabeza.

—¿Sí?

Ella me observó durante unos segundos.

—¿Estás bien?

La pregunta era tan absurda que casi sonreí.

¿Estaba bien?

Mi abuelo había muerto hacía tres días.

La persona que me había enseñado a montar bicicleta.

La que me había llevado a comprar mi primer vestido.

La que, cuando todos los demás me decían que debía comportarme como una señorita Moretti, me decía que no permitiera que mi apellido decidiera quién era.

No.

No estaba bien.

Pero asentí.

—Sí.

Mi madre no insistió.

Sabía que aquella respuesta era mentira.

Todos en el automóvil lo sabían.

El conductor mantenía la mirada fija en la carretera.

Mi hermano miraba su teléfono.

Y mi padre...

Mi padre llevaba diez minutos observando el mismo punto de la ventana.

Nadie hablaba.

El funeral había terminado.

Ahora regresábamos a casa.

A la enorme casa que mi abuelo había construido hacía más de treinta años.

A la casa donde todos habíamos crecido.

Y donde, probablemente, iba a comenzar la peor etapa de nuestras vidas.

Porque mi abuelo no había dejado únicamente una fortuna.

Había dejado una bomba.

Lo descubrimos dos horas después.

---

La sala estaba llena.

Abogados.

Familiares.

Miembros del consejo.

Personas que no recordaba haber visto en años.

Todos estaban sentados alrededor de la enorme mesa de madera del despacho de mi abuelo.

Yo ocupaba mi lugar junto a mi padre.

Mi madre estaba a su lado.

Mi hermano, frente a mí.

Y al otro extremo se encontraba el abogado de la familia.

El señor Bennett.

Un hombre de unos sesenta años que llevaba tantos años trabajando para mi abuelo que prácticamente formaba parte de la familia.

Abrió una carpeta negra.

—Antes de comenzar con la lectura del testamento, debo aclarar que el señor Moretti dejó instrucciones específicas para que ciertas cláusulas fueran leídas únicamente en presencia de sus herederos directos.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué tipo de cláusulas? —preguntó mi padre.

Bennett lo miró.

—Eso lo sabremos ahora.

Pasó una página.

—"A mi hijo, Lorenzo Moretti..."

Mi padre bajó la mirada.

"...le corresponde el treinta por ciento de mis acciones."

Un murmullo recorrió la habitación.

Normal.

Esperado.

Bennett continuó.

—"A mi nieto, Matteo Moretti..."

Mi hermano recibió su parte.

Hasta ahí todo parecía sencillo.

Después llegó mi nombre.

—"A mi nieta, Alessia Moretti..."

Levanté la cabeza.

—"...le corresponde el treinta por ciento restante de mis acciones y la totalidad de mi participación personal en Moretti Group."

Mi respiración se detuvo.

Mi padre giró hacia mí.

Mi hermano también.

Treinta por ciento.

Era suficiente para convertirme en una de las accionistas principales de la empresa.

Era suficiente para que nadie pudiera apartarme fácilmente.

Era suficiente para cambiar mi vida.

Por un segundo sentí alivio.

Hasta que Bennett continuó.

—Sin embargo...

Ahí estaba.

Siempre había un “sin embargo".

El abogado colocó las manos sobre la mesa.

—Esta parte es importante.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

—El señor Moretti estableció una condición para la transferencia definitiva de las acciones.

Mi padre se inclinó hacia delante.

—¿Qué condición?

Bennett miró directamente hacia mí.

—Alessia deberá estar legalmente casada antes de cumplir los veintidós años.

Silencio.

No un silencio normal.

Uno de esos silencios que parecen tragarse el aire de una habitación completa.

Parpadeé.

Una vez.

Dos.

—¿Perdón?

Bennett no apartó la mirada.

—Debe estar casada.

Solté una pequeña risa.

No porque fuera gracioso.

Porque no sabía qué otra cosa hacer.

—Eso es una broma.

Nadie respondió.

Miré a mi padre.

—Papá.

Él tenía el rostro completamente serio.

—No lo sabía.

—¿No lo sabías?

—No.

Me volví hacia Bennett.

—¿Y si no quiero casarme?

El abogado respiró profundamente.

—Entonces las acciones pasarán al fondo de administración familiar.

—¿Y después?

—El consejo decidirá quién administrará su participación.

Sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.

—¿Cuánto tiempo tengo?

Bennett revisó el documento.

—Ciento ochenta y siete días.

—¿Ciento ochenta y siete?

—Sí.

Mi hermano soltó una risa incrédula.

—Eso ni siquiera son siete meses.

Lo miré.

—Gracias por la observación, Matteo.

—Solo digo...

—No necesito que digas nada.

Me levanté.

La silla raspó el suelo.

Todos me miraron.

—Necesito aire.

—Alessia...

No esperé a escuchar a mi padre.

Salí del despacho.

Caminé por el pasillo.

Bajé las escaleras.

Abrí las puertas que daban al jardín y salí bajo la lluvia.

No me importó mojarme.

De hecho, agradecí sentir algo frío.

Cualquier cosa era mejor que sentir aquella presión en el pecho.

Ciento ochenta y siete días.

Ese era el tiempo que tenía para conseguir un marido.




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