Al día siguiente descubrí que mi hermano tenía una habilidad especial.
Podía arruinar mi vida antes de las nueve de la mañana.
—No voy.
Dejé la taza de café sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
Mi madre levantó la mirada del periódico.
—¿A dónde?
—A ninguna parte.
Matteo, sentado frente a mí, sonrió.
—A tu reunión.
Lo fulminé con la mirada.
—No es una reunión.
—¿Entonces?
—Una emboscada.
—Qué dramática.
—Me estás llevando a conocer al hombre con el que supuestamente voy a casarme.
—No supuestamente.
Matteo tomó un sorbo de café.
—Potencialmente.
—Te odio.
—También te quiero.
—Yo no.
Mi madre dejó escapar una pequeña risa.
—Alessia, deberías escucharlo.
Me giré hacia ella.
—Mamá, ¿en serio?
—No estoy diciendo que tengas que casarte con él.
—Gracias.
—Estoy diciendo que deberías escuchar la propuesta antes de rechazarla.
Me quedé callada.
Odiaba cuando mi madre tenía razón.
Miré el reloj.
8:17.
La reunión era a las nueve.
Todavía podía cancelar.
Podía fingir estar enferma.
Podía esconderme.
Podía incluso huir del país.
Aunque probablemente mi padre encontraría la forma de localizarme antes de que llegara al aeropuerto.
Respiré hondo.
—Una hora.
Matteo sonrió.
—Una hora.
—Escucho la propuesta y me voy.
—Por supuesto.
—Y tú no vas a entrar.
—¿Por qué?
—Porque eres parte del problema.
—Soy tu hermano.
—Exactamente.
A las 8:53 estaba frente al edificio de Valenti Holdings.
Y ya quería irme.
El edificio era enorme.
Cristal oscuro.
Mármol.
Guardias en la entrada.
Personas caminando de un lado a otro con teléfonos pegados al oído y expresiones de absoluta importancia.
Todo gritaba dinero.
Poder.
Control.
Muy Adrian Valenti.
—Señorita Moretti.
Una mujer de traje se acercó a mí.
—¿Sí?
—El señor Valenti la está esperando.
Por supuesto que lo estaba.
La seguí hasta el ascensor.
Durante el trayecto intenté convencerme de que aquello era simplemente una reunión de negocios.
Nada más.
No iba a casarme con él.
No lo conocía.
Ni siquiera me caía bien.
Y todavía no había hablado con él.
Así que técnicamente no podía odiarlo.
Todavía.
Las puertas se abrieron en el último piso.
La mujer señaló el pasillo.
—Su despacho está al final.
—Gracias.
Caminé sola.
Mis tacones resonaban sobre el suelo de mármol.
Cuando llegué frente a la puerta, respiré profundamente.
Toqué dos veces.
—Adelante.
Abrí.
Y lo vi.
Adrian Valenti estaba de pie frente a los ventanales.
Llevaba un traje negro perfectamente ajustado, sin corbata, con las mangas de la camisa ligeramente dobladas.
No parecía alguien que hubiera pasado la mañana esperando a una desconocida.
Parecía alguien que sabía exactamente cómo iba a terminar aquella conversación.
Se giró.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Y durante un segundo ninguno dijo nada.
Había algo extraño en su mirada.
No era sorpresa.
Era reconocimiento.
Como si ya me hubiera estudiado antes de conocerme.
—Alessia Moretti.
—Adrian Valenti.
—Llegas puntual.
—No quería darte la satisfacción de hacerme esperar.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada.
Señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate.
No me moví.
—Prefiero quedarme de pie.
Su sonrisa desapareció.
—Como quieras.
Él volvió a su lugar.
Yo permanecí frente al escritorio.
—Mi hermano me contó lo básico.
—¿Matteo?
—Sí.
—Entonces sabes por qué estás aquí.
—Para escuchar una propuesta absurda.
Adrian apoyó los antebrazos sobre el escritorio.
—No es absurda.
—Quieres casarte con una mujer que acabas de conocer.
—No exactamente.
—¿Entonces?
—Quiero hacer un acuerdo con una mujer que acaba de conocer.
Eso me dejó callada.
Adrian continuó:
—El matrimonio es el mecanismo.
—¿Y cuál es tu problema?
Su expresión cambió ligeramente.
Por primera vez pareció menos seguro.
—Mi familia.
—Eso no explica nada.
—No tiene que explicarlo todo hoy.
—Si quieres que firme un contrato contigo, sí.
Silencio.
Adrian tomó una carpeta.
La deslizó hacia mí.
—Mi padre piensa que no estoy preparado para asumir la dirección de la empresa.
Abrí la carpeta.
Había documentos.
Informes.
Una fotografía familiar.
Y una carta.
—¿Qué tiene que ver eso con una esposa?
—Mi padre cree que mi vida personal demuestra mi incapacidad para asumir responsabilidades.
Levanté una ceja.
—¿Y casarte mágicamente te convertirá en un adulto responsable?
—No.
—Entonces...
—Pero cambiará la percepción del consejo.
Lo miré.
Ahí estaba.
La verdadera razón.
No quería amor.
Quería una imagen.
Una esposa perfecta.
Un matrimonio estable.
Una fachada.
—¿Y yo qué gano?
Adrian no respondió inmediatamente.
Eso me hizo desconfiar.
—Tu herencia —dijo finalmente.
—Eso ya lo sé.
—Y una cantidad adicional.
Fruncí el ceño.
—¿Cuánto?
Dijo una cifra.
Me quedé inmóvil.
Era suficiente para resolver varios de los problemas económicos que la empresa de mi familia tenía actualmente.
Demasiado dinero.
—¿Por qué pagarías tanto?
—Porque necesito que esto funcione.
—¿Y si no funciona?
—Funcionará.
—Qué arrogante.
—Realista.
Cerré la carpeta.
—Hay algo que no me estás contando.
Editado: 19.09.2026