Anoche me había costado dormir. En un principio dormí de corrido, pero cuando dieron las cuatro de la mañana me desperté. El insomnio me acompañaba, aunque ya no estuviese en Uruguay; seguía conmigo. Era el enemigo que me obligaba a recordar, una vez más, la cronología en la que habían pasado las cosas y el intento recurrente de querer recordar qué fue lo que sucedió, sin poder aún.
Solo tengo la imagen de mí escuchando música, sentada en la ducha, mientras el agua fría me caía por el cuerpo.
Era realmente difícil recordar, pero era aún más complicado convivir con el sentimiento de vacío que aparecía y, a veces, no se iba por días, y esta nueva ilusión de comenzar en un lugar diferente.
En algún momento, entre mis pensamientos y la noche, me dormí, pero me volví a despertar Y Gramsci me notificó de las historias que mis seguidos habían subido y yo las veía con ese sentimiento que te genera quien ya no es parte, pero en algún momento lo fue, con ese dolor y angustia particular.
Me gustaria poder saber un momento exacto donde esto se volvió un hábito pero no lo se, sin embargo me sirvió para notar que el perfil de Francisco no encajaba con el resto de los perfiles que había visto en Gramsci, pero una noche mientras deslizaba sin pensar, la aplicacion me lo volvió a mostrar y me fue de extrema dificultad no entrar en él.
En un principio no lograba entender por qué: su perfil era lo más parecido a un desierto, podría pasar perfectamente por un perfil en el cual se entró una vez y más nunca tuvieron reparo por él, una cuenta vacía, sin nadie detrás, en la que nadie entraría por más de un segundo.
Tenía apenas tres fotos con poca iluminación, salvo la de una luz amarillenta de un cuarto que parecía estar cerrado, en una él miraba hacia abajo como si la cámara lo hubiera encontrado distraído, en otra, se veía sólo una parte de su rostro, recortada, y la tercera era un paisaje cualquiera, pero con una niebla tan espesa que parecía tragarlo todo.
En su descripción habían dos frases sueltas, insignificantes, sin mucho detalle de su esencia o personalidad de quien era la persona detrás de ese perfil: “a veces duermo” y “a veces no”. Nada más el resto era un perfil vacío sin vida.
En su perfil no había comentarios, ningún rastro de que alguien hubiera estado ahí antes que yo, ningún me gusta, era como entrar en una habitación donde alguien había vivido pero ya no estaba, donde quedaban objetos pero no señales de movimiento.
Ese vacío es lo primero que me hace extrañar, una sensacion fria me recorre la columna, hay algo inquietante, y no es solo el perfil sino como es este perfil habita en esta aplicación, como si fuera la excepción a el resto, carente de interacción, no por comodidad sino porque esta no llega a este tipo de perfiles, es como si la vida acelerada y electrizante habitara a su alrededor sin tocarlo, los perfiles de mis amigas, de los famosos eran cargados, ya sea de recuerdos o de anuncios, pero habitados, vividos, con intención.
Y entonces, sin buscarlo, lo vi: una etiqueta microscópica, un código grisáceo que sólo aparece si uno presta atención a ciertos signos que la plataforma no declara. Apagado. No era un nombre oficial ni una categoría pública, era más bien una marca interna, un susurro del sistema que casi nadie percibe. Pero yo lo vi, y apenas lo hice sentí una tensión, una especie de tirón suave en el pecho, como si hubiera descubierto algo que no debía, pero que se encontraba a la vista de todo el mundo.
Pero nadie hablaba de ellos, es una realidad que todos usuarios sabemos y que nadie menciona explícitamente, pero es de público saber que los “apagados” no son una categoría neutra. Son personas que el algoritmo decide “proteger”, aunque esa palabra suene casi irónica cuando se la mira de cerca. Cuando alguien muestra señales de tristeza persistente, cuando su actividad baja demasiado, cuando sus interacciones disminuyen o sus patrones emocionales se salen del promedio esperado, Gramsci activa un protocolo silencioso. No lo castiga, eso sería cruel. Lo cuida. O eso dice.
Durante unos segundos me quedo completamente inmóvil, mirando la pantalla como si acabara de encontrar una grieta en algo que siempre creí sólido. No es solo curiosidad, es otra cosa, una especie de certeza difícil de justificar: la sensación de que hay patrones que empiezan a ordenarse si los miro lo suficiente, de que todo esto (los perfiles, el algoritmo, las ausencias) responde a una lógica que está ahí, disponible, esperando a que alguien la entienda. Mi cabeza se llena de conexiones rápidas, ideas que se encadenan sin esfuerzo, como si pudiera anticipar lo que voy a encontrar antes de siquiera buscarlo. Y por un momento, muy breve pero intenso, tengo la impresión de que si sigo tirando de ese hilo, voy a poder ver algo más grande que todo esto.
Su forma de cuidar es esconder. Reduce su alcance, limita quién puede ver lo que publica, lo empuja hacia rincones cada vez más oscuros de la plataforma. Sus fotos casi no aparecen en recomendaciones, sus historias sólo se reproducen para unos pocos seguidores fieles (si es que tiene), y su presencia va diluyéndose hasta que su existencia digital queda suspendida en una especie de penumbra. El algoritmo lo llama “prevención de contagio emocional”. Una frase higiénica, casi clínica, que pretende sonar compasiva pero que, si una la mira bien, revela una crueldad de precisión quirúrgica: si mostrás demasiada tristeza, te silencian. Si sos demasiado auténtico, te vuelven inconveniente. Si dejás de brillar, te tapan.