Hazme perder

Capítulo 36

Capítulo 36

Max respondió a mi beso con ternura y pasión al mismo tiempo. Se separó suavemente de mis labios, respirando con dificultad, y me miró con una mirada llena de amor y cuidado.

—¿Estás segura, cariño? —susurró—. Aún no te has recuperado del todo. Preferiría morir antes que volver a hacerte daño.

—Mi dolor desaparece cuando estás a mi lado —respondí en voz baja, pero con firmeza, tocando su mejilla con mis dedos—. Quiero estar contigo, Max. Lo necesito tanto como respirar.

No preguntó nada más. Max me tomó en brazos con facilidad y muchísimo cuidado, y me llevó a su dormitorio.

Y si en aquella nuestra primera noche en Mónaco ardió entre nosotros un fuego emocional salvaje e irrefrenable que barrió todas las barreras a su paso, ahora era completamente distinto. Era un calor profundo y reconfortante que penetraba hasta el fondo del alma y curaba cada una de mis heridas.

Max me bajó sobre las suaves sábanas y se acostó a mi lado. Sus manos tocaban mi cuerpo con una precaución tan reverente como si temiera romperme. Cuando me ayudó a desvestirme, sus dedos no presionaron ni una sola vez mis costillas magulladas; en su lugar, Max, lentamente, milímetro a milímetro, fue cubriendo mis moratones, mis cicatrices y mi piel pálida con besos ingrávidos y ardientes.

—Mi niña valiente, mi niña inquebrantable... —susurraba en voz baja, besando mi cuello, mis clavículas, mis hombros—. No te entregaré a nadie. ¿Me oyes? Nunca.

Sus caricias hacían que mi cuerpo temblara de dulce expectación. Cerré los ojos, entregándome por completo a estas sensaciones, disolviéndome en su deseo. Olvidé al instante todos mis miedos y problemas. Max no se apresuraba, me exploraba entera de nuevo, y yo le correspondía con gemidos apasionados y mis propios besos...

Esta noche se convirtió para nosotros en algo más que simple intimidad, se convirtió en la unión de dos almas que habían atravesado el infierno de la mentira y la traición para encontrar por fin su refugio el uno en el otro. El amor de Max me envolvía como un escudo seguro, y cuando por fin nos convertimos en uno solo, lloré en sus brazos, dejando ir los restos de mi dolor y mis sufrimientos, mientras él me susurraba palabras de amor.

Nos dormimos pasada la medianoche, fuertemente abrazados el uno al otro. Yo descansaba sobre su pecho, escuchando el latido acompasado de su corazón, y por primera vez en muchísimo tiempo mi sueño fue profundo y tranquilo, sin ninguna pesadilla.

Y cuando el sol matutino se abrió paso tímidamente a través de las gruesas cortinas y me hizo cosquillas en la cara, me desperté. Recordé absolutamente todo lo que había pasado ayer, y de repente la memoria me trajo a traición el recuerdo de aquella desagradable y solitaria mañana en el hotel de Mónaco, cuando me desperté sola en una cama vacía y con el corazón roto...

Me sobresalté asustada y abrí los ojos.

Pero Max estaba allí.

No dormía. Estaba tumbado de lado, apoyando la cabeza en la mano, y me miraba. En su mirada había tanta calidez y adoración que mi corazón latió alegremente de felicidad. Al notar que me había despertado, sonrió con ternura y pasó la palma de su mano por mi mejilla.

—Buenos días, mi amor —dijo.

—¡Estás aquí! —se me escapó antes de que pudiera pensar, y Max lo entendió todo sin necesidad de palabras. Su mirada se volvió seria, se acercó más, me besó en los labios y luego me abrazó con fuerza.

—No volveré a dejarte nunca más, Charlotte —prometió con seguridad—. Dejar a la mujer amada al amanecer después de una noche maravillosa es un error que he cometido solo una vez en mi vida. Y te juro que hasta el final de mis días despertaré únicamente a tu lado...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.