Heartless

CAPITULO 20

Repasé una vez más el contenido de la caja que acababa de recibir. Dentro había unas enormes zapatillas doradas junto con un elegante vestido de pedrería hecho a la medida. El vestido era azul marino con pequeños detalles del mismo tono que el calzado. Debía reconocer que Eliot tenía buen gusto; solo pidió mis medidas y se encargó de todo lo demás.

Suspiré antes de ponerme manos a la obra, ya que había decidido que haría limpieza para que el tiempo pasara más rápido. Conecté mi playlist a la bocina y comencé con la tarea. Mientras barría, aproveché para analizar todo lo que había sucedido en los últimos días.

A pesar de que estuve a punto de mandarlos a volar, no me quitaron el cargo de anfitriona. No era del todo malo, pues la mayoría de los chicos de Hillstone eran realmente agradables y disfrutaba mucho estar con ellos. Mi relación con su capitán también había mejorado notablemente. Él se disculpó sinceramente por lo sucedido y me prometió que no volvería a ocurrir. Decidí darle el beneficio de la duda, porque, de lo contrario, los dejaría matarse a golpes. No pensaba arriesgar mi integridad de nuevo por un par de orangutanes.

En cuanto a Dorian, mi postura seguía siendo la misma: quería mantenerlo lo más lejos posible. Aunque había intentado acercarse en cada oportunidad, siempre fingía no darme cuenta y huía con la ayuda de Ashton. Podía notar el arrepentimiento en su rostro, pero no estaba dispuesta a retomar una relación con él para que, de un momento a otro, recordara que no debía sentir. Estaba segura de que, si eso sucedía, regresaría a ser el mismo de siempre. Decir que cambiaría era fácil; necesitaba acciones, no palabras.

Otro asunto importante eran los rumores que habían surgido desde aquel día. Al parecer, me habían retratado como el Moisés que logró separar las aguas. Muchos se preguntaban por qué me había atrevido a gritarles de esa manera. Además, la disputa entre todo el equipo de Aldor y el director, para que cambiaran de anfitriona, se convirtió en la comidilla de la semana en los pasillos.

Obviamente, estaban celosos de que pasara más tiempo con los chicos de Hillstone que con ellos. Me lo habían reclamado en la cara. Sin embargo, no lograron su objetivo, ya que el equipo contrario se negó al cambio. Lo único que consiguieron fue que asignaran a otra chica para apoyarme en mis labores de anfitriona, algo que, en realidad, agradecía, pues tenía más tiempo libre para mis demás actividades.

Maldecí mientras exprimía el trapeador. Odiaba esa tarea. Podría asegurar que era mi parte menos favorita de la limpieza. Sin más, lo pasé por todas las superficies posibles. Al llegar a mi habitación, tuve que dejar una pequeña área sin limpiar porque Ares estaba durmiendo plácidamente en el suelo. Solo lo acaricié, pero me gruñó, dejando claro que no quería que lo molestaran durante su siesta.

Negando con la cabeza, terminé mi tarea y me dispuse a entrar a la ducha. Había tardado demasiado limpiando, y si no me apuraba, seguramente se me haría tarde.

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Efectivamente, se me hizo tarde. Apenas había comenzado a maquillarme cuando llegó un mensaje de Eliot informándome que su chofer ya estaba esperando afuera. Salí prácticamente corriendo y, al salir, me encontré con una lujosa limusina blanca. Un hombre mayor, de semblante amable, aguardaba junto a ella. Según entendía, Eliot quería que mi entrada e identidad fueran una sorpresa, razón por la cual debía llegar un poco después de que comenzara la reunión. Realmente no entendí el motivo de su decisión, pero tampoco lo cuestioné.

—¿Se encuentra bien, jovencita? —preguntó el chofer cuando me quejé en voz baja por haberme salido del contorno de los labios al aplicarme el labial—. Puedo detenerme si lo prefiere.

—No se preocupe, estoy bien —respondí rápidamente, sin querer retrasarlo más. Bastante tiempo había esperado ya—. Solo estoy terminando de arreglarme.

—Cualquier cosa, avíseme —dijo con tono servicial.

—Sí, muchas gracias.

Emití un pequeño chillido de satisfacción cuando finalmente logré delinear mis labios a la perfección. Me miré una última vez en el pequeño espejo de mano y sonreí satisfecha. Agradecí haber tenido tiempo de hacerme el delineado en casa, pues seguramente habría sido un desastre intentar hacerlo en un coche en movimiento. Sin más, apliqué un poco de rubor en mis mejillas y di por terminado mi maquillaje. Aún me quedaba el cabello.

Había pensado alisármelo, pero no logré hacerlo por completo. En su lugar, opté por cepillarlo para intentar homogenizar las pequeñas ondas. Cuando creí estar lista, recogí mi cabello hacia atrás, dejando mi rostro totalmente descubierto. Lo sujeté con un par de peinetas que mi madre me había regalado al cumplir la mayoría de edad. Según me contó, mi padre se las obsequió años atrás.

Las peinetas formaban, al juntarse, una hermosa flor de loto dorada adornada con pequeños diamantes. Aunque parecían de oro puro, no eran más que una simple ilusión. O eso quería creer.

Terminé justo a tiempo, ya que, unos minutos después, sentí cómo la limusina se detenía. Antes de bajar, le envié un mensaje a Eliot para informarle que ya había llegado.

—Adelante, señorita Gray —escuché decir al chofer mientras abría la puerta.

—Gracias, muy amable.

Al salir, tuve que apoyarme ligeramente en su hombro para acostumbrarme a las enormes zapatillas. Sabía usarlas, pero no era algo que hiciera con frecuencia, lo que me hacía un poco torpe a veces. Vi cómo el vestido caía y se arrastraba ligeramente por el suelo mientras avanzaba. Era ajustado hasta la altura de la cadera y luego se soltaba un poco, dándole movimiento. Una abertura lateral dejaba al descubierto mi pierna derecha, añadiendo un toque de elegancia al conjunto.

—Disfrute la noche —se despidió el chofer con una sonrisa.

Le devolví la sonrisa antes de atravesar el enorme portón que marcaba la entrada. El hombre era muy amable y, por nuestras breves conversaciones, noté lo mucho que apreciaba a Eliot. Sin embargo, ese pensamiento se desvaneció al quedar maravillada ante la imponente mansión de la familia de Eliot. Decir que era lujosa era quedarse corta; su elegancia era casi intimidante.




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