El aroma a libro siempre había fungido como un relajante natural para mi cerebro, así que refugiarme en la biblioteca el mayor tiempo posible se convirtió en mi zona de confort. Enterarme de que ahora iban tras de mí sin razón aparente me tenía aterrada, pues sabía que, si no corría lo suficientemente rápido, ellos podrían alcanzarme.
En los últimos días me había encontrado bastante pensativa; no podía dejar de darle vueltas a lo sucedido. Aún me costaba concebir lo cerca que estuvimos de ser atrapados aquella vez. Además, seguía procesando todo lo relacionado con Dorian. Aunque estar a su lado me hacía sentir muy a gusto, no dejaba de ser un cambio enorme en mi vida. Después de todo, hacía mucho que no salía con alguien en ese plan, y me había desacostumbrado a ello. Por otro lado, parecía que a él también le costaba, pues, en ocasiones, lo notaba esforzándose de más por demostrar que era digno.
La verdad es que lo estaba consiguiendo, puesto que habíamos logrado convivir y sobrellevar lo que sea que tuviéramos en ese momento. Con una perfecta maestría y madurez que realmente me sorprendia.
Tenía entre mis manos un libro sobre historia, al cual ni siquiera le prestaba atención, pues parecía que me encontraba perdida en mi misma. Me recargue sobre este resignada. Llevaba días sin poder leer y eso me agobiaba, sin embargo, no había dejado de asistir todos los días al rincón de Dorian en la biblioteca, que en esos momentos también era mío.
El sonido de unos pasos acercándose me sacó de mi trance. Supe de inmediato que no se trataba de él, pues sus potentes pisadas siempre resonaban al acercarse. En cambio, estos pasos eran tan tenues que podrían haber pasado desapercibidos, de no ser por el profundo silencio que reinaba en esa sección de la biblioteca. Mi teoría se confirmó cuando vi aparecer frente a mí a una pequeña chica cargada de libros, casi hasta cubrirle el rostro, dejando apenas visibles sus anteojos y su cabellera castaña.
—Disculpa, no sabía que estaba ocupado este lugar —al escuchar su suave tono de voz hablándome, pude reaccionar al fin—. Solo venía a buscar un libro que necesitaba.
—No te preocupes. Todo está bien —no podía ver sus labios, pero podía jurar que me había sonreído—. ¿Qué libro necesitas?
—Historia de los Himus —sonreí al ver que era justo el libro que tenía entre manos. Una vez se lo mostré, ella suspiro aliviada—. Me has salvado chica, temía tardar en encontrarlo y encontrarme con...
—¿Conmigo? —la voz de Dorian irrumpió de repente, aunque no me tomó por sorpresa, ya que su característico aroma había llegado a mis fosas nasales incluso antes de que hablara—. ¡¿Es que nadie recuerda que este es mi lugar?! Ahora ni siquiera puedo encontrarme con mi chica aquí, porque ustedes aparecen como lastres.
Observé cómo la pobre chica quedó completamente estática al sentir aquella presencia detrás de ella, más por el tono que el ogro estaba usando, ya que realmente parecía molesto.
—Dorian —lo llamé, con la intención de que se tranquilizara.
—¡Cucaracha, no te metas! ¡Todos saben que no deben acercarse aquí! —escuché cómo elevaba el tono de voz, provocando que la castaña soltara todos sus libros—. ¡Lo que faltaba! ¡Además de entrometida, también eres torpe!
Algo dentro de mí se encendió al presenciar aquella escena. Sabía lo importante que era su espacio para él, pero jamás imaginé que llegara a ese extremo.
—¡Dorian Castle Le Blanc, cálmate! —le exigí mientras me agachaba para ayudar a recoger los libros—. Ella no tiene la culpa de tu mal humor.
Una vez que la chica y yo nos pusimos de pie, coloqué sobre el resto de los libros el que yo estaba leyendo; ella lo necesitaba más que yo en ese momento. Solo entonces lo miré. Estaba recargado en la estantería, observándonos sin expresión alguna, pero cuando notó cuál libro había puesto en la cima, su semblante cambió.
—Ese libro no sale de aquí.
—O se va el libro o me voy yo —lo amenacé sin dudarlo, sorprendida de que estuviera haciendo un drama por un simple texto—. Tú decides.
—Está bien, que se vaya —cedió, visiblemente molesto.
Lo vi pasar a nuestro lado con una clara expresión de derrota y disgusto. No pude evitar sonreír al sentirme triunfadora en ese momento.
—Gracias —murmuró la chica, aun temblando, mientras intentaba recoger los libros restantes—. Gracias.
Negué ante sus agradecimientos y la guie hacia la salida de aquel rincón. Necesitaba hablar con Dorian, pero primero quería asegurarme de que ella estuviera bien.
—Solo devuélvelo cuando termines de usarlo —le pedí, y ella simplemente asintió—. Hasta pronto.
—¡Suerte!
La vi correr entre las estanterías hasta perderse al final del pasillo. Entonces volteé hacia él. Dorian estaba recargado en la pared contigua, mirándome con una ceja alzada y los brazos cruzados. Sin duda estaba molesto, pero su comportamiento tan temperamental e irracional a veces me desconcertaba. Sin embargo, estaba convencida de que nada que una buena conversación no pudiera resolver; al fin y al cabo, estaba trabajando en inculcarle el don de la comunicación.
—No me convencerás de renunciar a mi idea de mandar poner una puerta —rompió el hielo, y no pude evitar reírme a pesar de que planeaba mantenerme seria—. Con doble candado.
—No voy a evitar que pongas tu dichosa puerta, pero no permitiré que trates así a los demás —respondí, acercándome hasta donde estaba—. Entiendo que quieras que estemos a solas, pero a veces necesitas ser un poco más amable al pedir las cosas.
Su mirada se suavizó apenas estuve cerca, algo que siempre notaba cuando se trataba de nosotros dos, especialmente si había otros involucrados antes.
—Son desesperantes —murmuró, fiel a su estilo.
Era la respuesta que esperaba, pero de repente una duda me cruzó la mente.
—Entonces, ¿por qué a mí no me corriste aquella vez? —le pregunté sin más.
Dorian soltó una risa burlona, como si hubiera hecho la pregunta más absurda del mundo, aunque yo no entendía qué tenía de chistoso.
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Editado: 02.02.2026