Heartless

CAPITULO 27

Había perdido totalmente la noción del tiempo estando encerrada, pero podía calcular que llevaba al menos tres días en ese lugar. Durante ese tiempo, me habían torturado, golpeado y amenazado innumerables veces, intentando arrancarme información que ni siquiera conocía. Aunque, si la hubiera tenido, jamás se las habría revelado.

Mis ojos se posaron en las sobras del último plato que me habían dado. Llamaban "comida" a esos extraños productos de sabor horrible, pero, tras muchas horas de negarme a comer, me había obligado a ingerirlos. Sabía que necesitaba mantenerme fuerte, resistir hasta que lograran encontrarme; de lo contrario, tal vez nunca volvería a verlos con vida.

En ese punto, mis emociones se sentían difusas, como si estuvieran enterradas bajo el peso del cansancio y el dolor. Aun así, agradecía que no hubieran ido más allá de las agresiones físicas. Sin embargo, lo que me ponía en guardia era la manera lasciva en que mis torturadores, hombres a quienes conocía demasiado bien, me miraban cada vez que resistía y me negaba a emitir un solo quejido ante sus golpes.

Eran Alex, Max y el otro chico que descubrí se llamaba Tyler, al final habían cumplido su promesa hecha en aquel callejón, la cual sin duda disfrutaban, mientras yo solo deseaba tener ese tubo en mis manos y apalearlos con más fuerza esta vez. A pesar de lo crueles que sabía podían llegar a ser, sus sesiones de tortura eran demasiado cortas y cuidando de no dañarme lo suficiente, como si tuvieran ordenes específicas de no hacerlo. Hecho que me extrañaba, pero mi mente no estaba lo suficientemente clara en esos momentos como para pensar en ello.

No podía dejar de dar vueltas a el porque era el objetivo, pues, aunque claramente era Dorian, me habían dejado claro que existía otra razón que me ligaba a todo su plan. Las cosas que me confesaron entre líneas me dieron una idea de lo que se podría tratar ese problema en el que sin querer me vi embarrada, sin embargo, eran demasiado difusas como para concretar una idea.

El dolor era lo primero que sentía al abrir los ojos. Una punzada constante en las muñecas y los tobillos, el ardor en mi cuello donde alguna cuerda o mano se había aferrado demasiado fuerte. Pero más allá del dolor físico, estaba el peso abrumador de la incertidumbre y el miedo.

Gemí suavemente, tratando de acomodarme contra la fría pared de cemento.

—Duele... —murmuré para mí misma, apenas capaz de escuchar mi propia voz.

Mis pensamientos vagaron más allá de estas paredes húmedas y oscuras. Pensé en mi mamá, en cómo estaría ahora, preguntándose dónde estaba yo. ¿Estaría llorando? ¿Ya habría llamado a la policía? Luego pensé en mis amigos. ¿Dorian estaría buscándome desesperadamente? ¿Y los demás? ¿Eliot, Jordan, Alya...? ¿Ashton estaría bien? ¿Lo encontrarían a tiempo? Incluso mi mente se detuvo en una pequeña y cálida imagen: mi gato, Ares. Ese pequeño demonio peludo debía estar extrañándome y maullando frente a la puerta de mi habitación, solo esperaba que alguno de ellos lo estuviera alimentando.

—Voy a volver... —susurré con determinación.

El chirrido de la puerta metálica me sobresaltó. Levanté la mirada y vi entrar al mismo chico alto, de hombros anchos y sonrisa ladeada. Sus ojos, de un azul frío, me observaron con una mezcla de burla y admiración.

—¿Todavía despierta, princesa? —dijo con voz grave y burlona—. Eres más resistente de lo que pensé.

—¡Vete al infierno! —espeté con voz quebrada, pero firme.

Mi captor, quien sabia me había estado vigilando desde hace algún tiempo, soltó una carcajada seca. Ojalá hubiera prestado más atención a mis instintos cada vez que veía aquella silueta acechándome. Pero desgraciadamente el hubiera no existe.

—Me gusta tu espíritu, Heather. La mayoría a estas alturas estaría rogando o completamente rota —realmente lo estaba, pero sabía que podía ser más fuerte que todo eso—. Ese idiota no te merece, nadie de ellos en realidad.

—No te daré ese gusto —respondí, sosteniéndole la mirada.

Rhett inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluándome.

—Tienes agallas, lo admito. Pero no te desgastes demasiado, linda. Aún nos queda tiempo juntos.

Intenté enderezarme un poco más, pero mi cuerpo estaba demasiado débil. Cada movimiento era un esfuerzo titánico y cada palabra me costaba un mundo.

—No... no entiendo —al fin me digne a soltar aquellas dudas que tanto me torturaban desde hace tiempo—. ¿Por qué haces esto? ¿Qué quieres de mí?

Rhett suspiró, cruzando los brazos sobre su pecho y apoyándose contra la puerta. Mirándome con cierto grado de lastima y ¿ternura?, negué ante el hecho, pues supuse que ya estaba desvariando ante mi estado.

—No es algo personal, aunque admito que tenerte aquí ha sido... entretenido —se acercó peligrosamente a mí. Logre sentir su respiración chocando contra mí, sin embargo, en ningún momento despegue mi rostro del suyo. No lograría que le mostrara miedo, pues, aunque lo sentía, no debía darle ese gusto—. Pero esto va mucho más allá de ti.

—¿Más allá de mí? ¿Dorian está involucrado en esto? —pregunté con un hilo de voz apenas audible.

—Oh, Dorian —dijo su nombre con un tono casi venenoso—. Ese imbécil lleva años arruinando mi vida. ¿Sabes lo que es perderlo todo por culpa de una familia que se cree intocable? —negué, permaneciendo en silencio, esperando que continuara—. Hace años, su familia aprovechó el peor momento para la mía. Nos arrebataron nuestras tierras, nuestra estabilidad, todo. Todo por un juego de poder. Y luego, como si eso no fuera suficiente, Dorian decidió jugar a ser piloto en una carrera clandestina. Mi hermano estaba ahí... y por culpa de su estúpido ego, terminó muerto.

El silencio que siguió fue sepulcral. Sentí un nudo en la garganta y un peso en el pecho que me hacía casi imposible respirar. Podía comprender su rabia, sin embargo, estaba consciente que eso no justificaba nada de lo que estaba haciendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.