Heartless

CAPÍTULO 29

El dolor y sufrimiento que había experimentado jamás podría narrarlo con tanta exactitud, pero me alegraba encontrarme viva a pesar de todo. Había despertado cuatro días después de ser ingresada en uno de los mejores hospitales del país, o eso me habían dicho al menos, pues ni siquiera era consciente de donde me encontraba a ciencia cierta. Aun así, la sensación de estar a salvo volvió después de varios días de incertidumbre.

Repasé la habitación una vez para entretenerme mientras alguien entraba por quedarse conmigo en lo que volvía mi mamá. Aunque los hubiera visto cientos de veces, no dejaba de asombrarme con lo lleno que estaba todo, pues había diversos arreglos florales, mensajes bonitos y globos rojos decorando mi cuarto de hospital. Incluso había algunos peluches y cajas de chocolates apiladas en la mesa junto a mi cama. Todo eso me recordaba que, a pesar de todo, no estaba sola. Realmente no había caído en cuanta de todas las amistades que logré conseguir hasta que me vi repleta de visitas las casi dos semanas que llevaba en ese lugar, aun así, agradecía que así hubiera sido.

Mis días en el hospital sin duda habían sido un torbellino de emociones. Mi madre había estado conmigo desde el primer momento. No se había movido de mi lado ni un segundo, excepto cuando aquel hombre, mi padre biológico, apareció. La primera vez que lo vi cruzar la puerta con su porte regio y su mirada serena, supe que no era un hombre común. Había algo en él que imponía respeto. Y luego lo confirmó: era parte de la monarquía noruega. Mi padre, el duque Ernest Magnayon.

Ambos me explicaron sus razones. Me hablaron de los secretos que habían guardado y de las circunstancias que los llevaron a ello, aunque creía conocerlas a través de los relatos que más tarde confirmé que sí provenían de mis abuelos, a los cuales no los dejé entrar. Me sentía demasiado afectada como para enfrentar, en ese momento, una verdad tan cruel. Mi madre lloró al pedirme perdón por no haberme contado la verdad antes. Ernest, por su parte, mantuvo la compostura, pero pude ver el remordimiento en sus ojos.

A pesar de todo, había algo en mí que no podía perdonarlos tan fácilmente. Quizá era el hecho de que habían decidido por mí, de que habían ocultado una parte tan importante de mi identidad.

Aunque entendía sus motivos, el perdón no era algo que pudiera darles de inmediato, más cuando me sentía tan defraudada por todos. Como lo mencione alguna vez, habían roto el frágil castillo de cristal donde me tenían cautiva e ignorante del mundo, destruyendo a su paso todo lo que había construida en mis dieciocho años de vida y en mi estadía en Aldor.

Y luego estaba mi pierna. El médico había sido claro con ello, no podría bailar al menos durante un año. La noticia fue devastadora, incluso no deje de llorar durante tres días después de recibirla. Sentí cómo el suelo se desmoronaba bajo mis pies, pues a pesar de estar postrada en esa cama de hospital. Bailar siempre había sido mi escape, mi pasión, mi vida. Y de un momento a otro, esa parte de mí estaba en pausa, una vez más. Los primeros días me desahogué hasta quedarme sin aliento, pero poco a poco fui aceptándolo. Tal vez porque no tenía otra opción. Tal vez porque, después de todo lo que había pasado, aprender a esperar se sentía como un pequeño sacrificio.

Aunque sabía que prácticamente la danza siempre había sido mi salvación confiaba en que sería lo suficientemente fuerte como para afrontar lo que se viniera sin ella, sin embargo, estaba consciente que me costaría. Aun así, confiaba en que, a pesar de sus errores y mentiras, las personas a mi alrededor me ayudarían. En especial Dorian, al cual, aunque aún tenía muchas dudas sobre lo que lo había llevado a ganarse aquel apodo, sabía que no me dejaría, no después de aquello.

A pesar de todos mis problemas había una pregunta que aún me rondaba la mente, ¿qué habría pasado con Alex? Nadie me había dado respuestas claras, pero en el fondo sospechaba que había muerto en el accidente del puente, por mi causa tal vez. Era joven, demasiado joven, y aunque me había hecho mucho daño, no podía evitar sentir una melancolía por su destino. A veces me preguntaba cómo habría sido su vida si hubiera tomado decisiones diferentes.

También había cosas que no me atrevía a mencionar. Los secretos que había descubierto sobre mis amigos e incluso sobre Dorian. Aunque quería encararlos y gritarles por todo, no sabía cómo enfrentarlos, sin embargo, tal vez la verdadera razón era que aún estaba esperando que ellos tomaran la iniciativa, que me contaran su verdad sin necesidad de que yo los confrontara.

Era más fácil así. Más cobarde, tal vez, pero también menos doloroso.

Lo que sí sabía era que había sobrevivido gracias a Dorian. Si él no hubiera estado allí, si no me hubiera mantenido a flote hasta que llegaron a rescatarnos, probablemente no estaría contando esta historia. Los primeros días después del accidente, él venía a verme con frecuencia. Se quedaba horas a mi lado, hablándome, asegurándose de que estuviera bien. Pero con el tiempo, sus visitas se volvieron menos frecuentes. Sin embargo, no podía culparlo, incluso podía entenderlo sin pecar de ilusa. Él también necesitaba tiempo para procesar lo que había pasado, todos lo precisábamos de hecho.

Aquella tarde, mientras miraba el techo blanco del hospital, la puerta se abrió. Ahí estaba él, Dorian, con un enorme ramo de flores. Eran las mismas flores extrañas que tanto me gustaban, esas que siempre parecían estar fuera de lugar pero que tenían una belleza única. Junto con los característicos tulipanes negros, una combinación que sabía solo él podría lograr reunir, puesto que parecía que no tenía límites a la hora de tratarse de mí.

—Hola, cucaracha —dijo con una sonrisa tenue, mientras dejaba las flores en la mesa junto a mi cama—. ¿Cómo sigues?

Antes de que pudiera responder, se inclinó y me dio un beso suave en la mejilla. Su cercanía e incluso su inocente gesto, me llenaron de una calidez que había extrañado todos esos días.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.