El aire fresco de la mañana acariciaba mi rostro mientras me dirigía a la universidad. Era mi primer día de regreso desde el accidente, y aunque intentaba actuar con normalidad, era imposible ignorar cómo los chicos parecían decididos a sobreprotegerme. Desde que habíamos salido de mi edificio, Jordan y Eliot habían insistido en llevarme las cosas, mientras Alya caminaba a mi lado como si temiera que pudiera caerme en cualquier momento.
—Chicos, estoy bien —les dije con una sonrisa cansada—. De verdad, puedo cargar mi propia mochila.
—¡Ni hablar! —respondieron al unísono Jordan y Eliot, mientras Alya simplemente me lanzaba una mirada que decía: "No insistas".
—Aparte esto pesa horrores —el rubio caminaba con mi mochila al hombro, exagerando un poco el esfuerzo como si llevara un enorme peso, siendo que los había visto cargar mucho más que eso en sus entrenamientos —¿Qué le pones a esto, cobriza? ¡Pesas de entrenamiento!
Jordan, quien llevaba mi estuche de materiales, soltó una risa burlona. Alya, en cambio, se mantenía en silencio, aunque vigilaba cada uno de mis pasos con detenimiento. Cada vez que mi muleta tocaba el suelo, su mirada se desviaba hacia mi pierna, como si pudiera prevenir cualquier percance.
—Tú solo cállate y sigue caminando. No queremos que Heather nos reprenda.
—Te he visto ocupar una fuerza descomunal en tus entrenamientos ¿pero un equipo fotográfico te vence? —me burle de él—. Que decepción, ricitos.
—No me digas eso corazón, que estos días sin ti he estado muy sensible y me harás llorar —voltee a ver a la pareja de tortolitos y ellos solo me lo confirmaron con un asentimiento—. Te extrañe.
—Yo también.
En ese momento no pude evitar abrazarlo, a lo que él me devolvió el gesto, demasiado efusivo a mi parecer, pues ocasiono que me doliera la espalda nuevamente.
—¡Suelta tonto! No ves que la lastimas —fui salvada por Alya, quien lo separo de mí y lo lanzo lejos—. ¿Estás bien?
—Sí, tranquila —respondí con obviedad—. Estoy perfecta.
La actitud sobreprotectora no era exclusiva de ellos, pues mi madre había intentado convencerme de que dejara la universidad y volviera a casa por mi seguridad. Sus argumentos eran razonables, puesto que después de todo lo que había pasado, lo último que quería era que algo más me ocurriera. Pero yo no podía abandonarlo todo ahora, no después de haber luchado tanto por llegar tan lejos, para alcanzar mis sueños.
Habíamos tenido una discusión acalorada unos días atrás, de la cual sin duda había salido vencedora. Aunque para hacerlo me obligo a prometerle que me apartaría permanentemente del peligro, sin embargo, por más que quisiera no podría hacerlo, pues significaría alejarme de él también.
—¿De verdad vale la pena arriesgarte así, Heather? —me preguntó mi madre, con los ojos llenos de preocupación—. Has pasado por tanto...
—Mamá, he trabajado demasiado para llegar hasta aquí —respondí con firmeza, aunque mi voz temblaba ligeramente—. No voy a abandonar mi sueño. Ni a mis amigos. Y tampoco a mí misma.
Mi última frase la hizo suspirar resignada. Finalmente accedió a quedarse conmigo hasta que terminara el semestre, lo cual ya era poco. Debía de admitir que no podía evitar sentirme agradecida por su apoyo, aunque a veces resultaba un poco sofocante también. Aun así, sabía que me amaba y que todas las decisiones buenas o malas en su vida habían sido pensado en mí y en mi bienestar, sin embargo, aun necesitaba comprender como era que se habían conocido mis padres.
Una historia de romance entre un duque y una plebeya sonaba interesante, pero había decidido no indagar cuando me vi encerrada con ambos algunos días en el departamento de lujo de este, en donde también conocí a mi medio hermano, un pequeño niño de once años llamado Ernest V. El lado bueno de todo era que mi nombre estaba hermoso y no era reciclado de generaciones y generaciones pasadas, no podría imaginarme viviendo con un numero definiendo que lugar ocupaba en la línea histórica de mi linaje, o esa clase de cosas que tanto me perturbaba pensar.
Mientras caminábamos por el campus, noté cómo los estudiantes que pasaban nos lanzaban miradas curiosas. Algunos sonreían con amabilidad, mientras que otros parecían debatirse entre acercarse o no, aunque la mayoría no se preocupaba ni siquiera por mirarnos. Seguramente habían escuchado rumores sobre lo que me había pasado, sin embargo, podría estar casi segura que no sabían la verdad por completo. Aun así, no podía culparlos; Aldor era un lugar donde los secretos rara vez se mantenían ocultos por mucho tiempo, a menos claro, que pertenecieras a la cúspide de esa misma elite.
Hablando de secretos, no había visto a Dorian desde aquel día en el hospital. A diferencia de los chicos, él no había vuelto a la universidad, y cada vez que intentaba preguntar, nadie parecía tener respuestas claras. Aquello comenzaba a preocuparme, aunque intentaba no demostrarlo, pues temía lo que pudiera estarle pasando, aun cuando sabía que si aquello fuera una monarquía él sin duda seria el intocable rey.
—¿Sabemos algo de Dorian? —pregunté, tratando de sonar casual mientras miraba a Jordan—. Llevo días sin saber nada de él.
Jordan evitó mi mirada, fingiendo ajustarse la correa de la mochila.
—Seguro está ocupado con algo importante —murmuró Eliot, demasiado rápido para ser convincente—. Siempre anda por aquí o por allá, uno nunca sabe. Es un espíritu libre.
—No te preocupes, Heather —Alya al fin rompió el silencio—. Dorian sabe cuidarse. Solo necesita tiempo
Sonaban tan convincentes que por un momento intente creerles, pero sabía lo buenos que eran en ello, pues gracias a Rhett conocía algunos de los secretos que tan recelosamente guardaban. Hablando se eso, debía de admitir que en el fondo me sentía muy decepcionada de ver como ninguno parecía tener la intención de revelármelos, como Ash lo había hecho.
#3523 en Novela romántica
#1090 en Chick lit
#959 en Novela contemporánea
romance, universidad elitista, chico misterioso popular y porrista
Editado: 02.02.2026