Heartless

EPÍLOGO.- DORIAN

DORIAN

Salí de su cuarto con el corazón hecho trizas, como si cada latido se quedara atrapado entre las paredes que acababa de dejar atrás. Caminé por el pasillo en silencio, con el único sonido del eco de mis pasos recordándome que, esta vez, era real. Que ya no había vuelta atrás. Cada paso me alejaba de ella, pero dentro de mí algo gritaba desesperadamente que regresara, que no fuera cobarde, que lo intentara una vez más. Pero no. Esta vez... tenía que mantenerme firme, aunque me doliera más de lo que jamás imaginé.

La última vez que la vi, me sonrió. Una sonrisa tenue, apagada, como si ya supiera que esta era la última escena de nuestra historia. Como si quisiera hacerla durar un segundo más, pero sin detenerme. Me acerqué, le di un beso en la mejilla. Le dije que me tenía que ir. Pero en el fondo... fue una despedida disfrazada.

Desde que cerré esa puerta, algo en mí se quebró de forma irreversible. Me he repetido, con voz cansada, que fue lo mejor, que era lo correcto, que a veces hay que irse para no romperse por completo. Pero cada vez que respiro, cada vez que el silencio me envuelve, siento que dejé algo mío en ese cuarto. Algo que no volverá. Ella se llevó más de mí de lo que yo mismo sabía que tenía. Más de lo que jamás estuve dispuesto a mostrar.

No sé cuándo empezó todo. No puedo precisar el instante exacto. Quizás fue la primera vez que la vi sentada en nuestra mesa, irradiando esa mezcla imposible entre lo altiva y lo herida, como si cargara con mundos que no podía contar. O tal vez fue esa discusión absurda sobre algo sin sentido, que terminó dejándome despierto toda la noche, repitiendo cada palabra suya como si fueran pistas de un enigma mayor. O cuando se metió en mi auto aquella noche junto a Eliot, y con su olor a cereza y su caos desarmó todo lo que creía tener bajo control.

Heather no fue una tormenta. Las tormentas pasan, arrasan y se van. Ella fue un incendio. Uno lento, voraz, que me consumió por dentro sin que me diera cuenta. Desde el primer momento, algo en mí se encendió. Una chispa que no supe apagar. No lo quise aceptar al principio. Me hice el fuerte, el prudente, el que no se deja arrastrar. Pero estaba jodido desde ese día. El olor a cereza se quedó en mi coche durante semanas. Y luego en mi memoria. Todavía lo siento a veces, como un fantasma dulce y punzante.

Recuerdo la vez que me pidió disculpas. No por lo que había hecho, sino por lo que había removido en mí. Esa sinceridad brutal, limpia y desarmante. Fue en ese momento que lo supe: no tenía escapatoria.

La sesión de fotos... Nunca fue por presión. No acepté por compromiso, ni por quedar bien. Acepté porque quería estar cerca de ella. Porque necesitaba que me viera, que me mirara de verdad. Que me descubriera, aunque me aterrara lo que pudiera encontrar en mí. Que me encontrara, aunque yo mismo no supiera dónde estaba.

Y cuando descubrí que era la misma chica de la que hablaba Eduard, la misma que él mencionaba con una mezcla de fascinación y miedo, todo cobró sentido. Era ella. Siempre había sido ella. Luego vino el baile, el primer beso, y con ello la certeza: Heather tenía el poder de destruirme por completo. Pero, aun así, me lancé. Cerré los ojos y salté, sabiendo que no había red. Porque cuando alguien como ella aparece en tu vida, solo hay dos opciones: huir... o arder.

La vi abrirse paso entre mi tío y Harry como una fiera. Vi cómo lo abofeteó sin dudarlo, sin medir consecuencias y sin el más mínimo atisbo de miedo. En ese instante lo comprendí todo: ella era todo lo que yo jamás me atreví a ser. Valiente. Libre. Íntegra. Fue como presenciar a alguien romper una cadena con las propias manos, sin pedir permiso y sin mirar atrás.

Nunca imaginé que se metería en medio. Que tendría el coraje de plantarle cara a uno de los hombres más poderosos que he conocido. Pero ahí estaba: pequeña, sí, pero invencible. Defendiendo lo que creia, a quien queria, sin titubeos, sin importar lo que pudiera costarle. Y en ese momento... la admiré. La temí. Y la amé con una intensidad nueva, dolorosa e imparable.

Y luego... la perdí.

Nada, absolutamente nada, me preparó para lo que vino después. Cuando me dijeron que la habían secuestrado, algo dentro de mí se quebró de un modo irreparable. Algo que creía que ya no existía, algo que me habían arrancado hace mucho tiempo. Sentí cómo el mundo se detenía. Dejé de dormir, de comer, de funcionar. Lo único que me mantenía en pie era la esperanza absurda y desesperada, de volver a verla, de que aún estuviera viva.

Y cuando por fin la vi, al otro lado del puente, herida, cubierta de sangre y barro, temblando pero de pie, aún aferrada a la idea de salvarnos... lo supe. Supe que no había vuelta atrás. Si iba a saltar, yo iria tras ella. No iba a dejarla sola.

No lo dudé ni un segundo.

Me lancé. Porque no podía imaginar una vida sin ella. Porque Heather era lo único en este mundo que había logrado que dejara de pensar en mí, que me sacara de mí mismo. En medio del agua, la abracé con una fuerza que me nació desde el miedo más primitivo. Recé —sí, recé— a todos esos dioses en los que nunca creí, que por favor la mantuvieran con vida. Y lo hicieron. Porque Heather no se rinde. Nunca lo ha hecho.

Pero luego vinieron las consecuencias.

Vi sus heridas. Escuché sus gritos en mitad de la noche. Gritos que no eran sólo de dolor físico, sino de algo más profundo, más oscuro. La vi hacerse pedazos por dentro, y supe que algo en ella también había muerto. Fue entonces cuando entendí lo peor: que, aunque la amaba más que a nada, yo era una parte del dolor que ella arrastraba.

Y por eso tomé la decisión más difícil de mi vida: dejarla ir.

Porque a veces amar a alguien también significa apartarse. Dejar de ser una carga, una amenaza, una herida abierta. Y aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba que me quedara, que la abrazara más fuerte y que no la soltara nunca, supe que lo mejor para ella era que yo desapareciera. Que dejara de ser el incendio al que siempre regresaba.




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