
Estaba nervioso. Le sudaban las manos y le costaba respirar. Sabía que debía calmarse, que era importante que inhalara:
Una.
Dos.
Tres.
Aspiraciones profundas y exhalaciones lentas.
Había salido tarde. No por descuido. Lo había visto abajo, apoyado contra la pared del edificio, como si nunca se hubiera ido.
Máxime.
Su ex. El único nombre que todavía podía desordenarle el pecho sin avisar.
No se había detenido. No había dicho nada. Pero la imagen se le había quedado clavada en el pecho, arruinándole la poca calma que había logrado reunir antes de salir.
Ahora el aire no le alcanzaba igual.
Hoy era el día que había temido y esperado a partes iguales: la entrevista en Maison Vairel que, en contra de todo pronóstico, había conseguido.
En su mundo, los alfas heredaban el poder y los omegas aprendían a no estorbar.
Lucky había decidido hacer lo contrario.
Y si fallaba hoy, no sería solo una entrevista perdida. Sería la confirmación de que todos siempre tuvieron la razón.
Sus pasos hacían crujir las hojas mientras se apresuraba. Chequeó su reloj:
8:10.
Por fin, llegó al edificio que albergaba Maison Vairel.
Era antiguo pero perfectamente cuidado, los arcos de piedra imponentes, históricos, de pie en contra del tiempo. La piedra blanca y los balcones de hierro forjado con grandes ventanales lo hacían ver como un pequeño palacio: un lugar secreto en donde los sueños se hacían realidad o se destruían pisoteados.
Lucky comprobó que el cuello alto siguiera en su lugar antes de tocar. A él todavía le resultaba extraño escuchar su nombre así, Lucky Clairvaux, el apellido de su madre, en lugar de Lucky Van Leuven. Pero era mejor así. Nadie en Vairel necesitaba saber quién era realmente. Ni que clan lo reclamaba.
El frío le trepó por la nuca. Las orejas omega, pequeñas y triangulares, cubiertas de un pelaje fino del mismo color de su cabello, se plegaron contra el cráneo por reflejo.
No todos los hombres las tenían. Solo los omegas llevaban esas pequeñas orejas animales, una señal imposible de ocultar incluso bajo el cuello alto de un abrigo.
Inhaló.
Exhaló.
Luego levantó la mano y tocó el gran portón negro con el emblema de Vairel: pequeño, minimalista. Todo era tan elegante, tan pulcro, que Lucky tuvo que respirar dos veces más antes de empujar la puerta. Cruzó el pequeño jardín frontal. Había una fuente y flores perfectas, ordenadas simétricamente en líneas rectas y columnas.

Si lograba cruzar ese jardín, ya no habría vuelta atrás.
El vestíbulo lo deslumbró. El piso de mármol resonaba con sus pasos mientras se acercaba a la recepción. Las paredes de tonos neutros y los pequeños acentos de dorado le daban una calidez que no se veía desde fuera y, aun así Lucky sintió más frío allí. El aire era limpio, demasiado pulcro, y su propio olor —dulce, frío— le pareció fuera de lugar en ese espacio silencioso.
Se dirigió a la recepción, pero antes de llegar, el ascensor se abrió. Dos hombres salieron hablando en voz baja. Lucky bajó la mirada por puro instinto de decoro, pero no pudo evitarlo: un olor a pimienta dulce y autoridad lo golpeó de frente.
Fue un segundo. Un cruce de pasos.
Pero sintió unos ojos verdes clavándose en su nuca con una curiosidad que no tenía nada de recato. Lucky no sabía quién era ese hombre, pero en Maison Vairel, los alfas no olían así a menos que tuvieran el poder de destruirte o salvarte.
—Bonjour, monsieur. ¿Tiene una cita? —preguntó el chico de recepción, un omega con las orejas plegadas con una discreción impecable. Lucky apretó el inhalador dentro de su bolsillo, intentando que el pulso no le traicionara la voz.
—Sí, soy Lucky Clairvaux. Tengo una entrevista para la pasantía.
El chico revisó la lista y luego el reloj. Lucky estaba diez minutos tarde, y la sombra del hombre del pasillo todavía le hacía arder la piel.
El omega vio la escalinata de caracol, el hierro brillando bajo los candelabros.
—Merci beaucoup —agradeció, subiendo las gradas con cuidado. Necesitaba que sus pulmones cooperaran; quería ser capaz de hablar al llegar arriba.
El segundo piso lo recibió con un silencio absoluto. Faltaba el ronroneo de las máquinas y el tintineo de las tijeras que su oído esperaba detectar.
Parece un cementerio —pensó Lucky—, uno muy bonito.
La ausencia de ruido solo hacía que los latidos de su propio corazón sonaran más fuertes.
Se mordió el labio frente a la puerta entreabierta de la sala. Tocó suavemente, con los dedos blancos de tanto apretar su portafolio, como si ese gesto pudiera convencer a su cuerpo de cruzar el umbral.
Una mujer le abrió la puerta con una sonrisa.
—¡Bonjour! Lucky, ¿verdad? Pase, por favor.
—Bonjour, madame —contestó él. La sala era amplia y prístina; poseía esa belleza impecable de las cosas muertas que parecen bellas.
La luz de París caía sobre los maniquíes, que parecían observarlo con la misma fijeza que el hombre sentado al fondo. Tenía el bigote perfectamente peinado y los brazos cruzados sobre el pecho.
—Siéntese —dijo el hombre, tendiéndole una mano de dedos ásperos. No eran manos que dibujaban, sino manos que hacían.
—Llega tarde —sentenció, consultando su reloj—. Diez minutos exactos.
Las mejillas de Lucky se incendiaron.
—Lo siento mucho —murmuró al sentarse—. No hay excusa. No volverá a pasar.
La mujer se sentó frente a él sin perder la sonrisa.
—Soy Claire Duval, diseñadora junior. Él es Émile Moreau, nuestro jefe de taller.