En su mundo, los alfas heredaban el poder y los omegas aprendían a no estorbar.
Lucky había decidido hacer lo contrario.
Y si fallaba hoy, no sería solo una entrevista perdida. Sería la confirmación de que todos siempre tuvieron la razón.
Estaba nervioso. Le sudaban las manos y le costaba respirar. Sabía que debía calmarse, que era importante que inhalara:
una, dos, tres aspiraciones profundas y tres exhalaciones lentas.
Hoy era el día que había temido y esperado a partes iguales: la entrevista en Maison Vairel que, en contra de todo pronóstico, había conseguido.
El abrigo grande, de lana espesa y reconfortante, no calmaba el frío de la ciudad que le mordía mientras avanzaba en medio de la multitud matinal. La Rue du Faubourg Saint-Honoré estaba llena de vida.
Sus pasos hacían crujir las hojas mientras se apresuraba. Chequeó su reloj:
8:00 en punto.
Estaba un poco tarde; la noche anterior se había quedado despierto pensando en qué portafolio llevar para la entrevista.
¿Llevaría el que de verdad quería? ¿El que tenía sus bocetos en carboncillo de colores, hechos a mano, orgánicos y sin retoques?
¿O el digital que su padre había insistido en que hiciera? Eran sus diseños, sí, pero nunca se había acostumbrado a verlos en una pantalla. Se sentían tan fríos, tan muertos.
Eran las 8:10 cuando se paró en la puerta de Maison Vairel y, por décima vez desde que recibió la llamada que lo llevó allí, dudó. Dudó sobre si asistir era una buena idea o si, al contrario, sería una nueva oportunidad para el rechazo.
El primer paso estaba listo: se había graduado, por fin, del Institut Français de la Mode, pero ahora tenía que enfrentarse al mundo real:
un mundo que su padre le había predicho iba a comérselo vivo.
Máxime también solía hablar del rechazo como si fuera un trago amargo que un omega debía aprender a tomar.
Sin pausas, con sal y de un solo trago, aunque te dejara sin aliento.
Y Lu le había creído. Durante años.
Nunca aprendió a distinguir entre lo que aquella voz grave le susurraba al oído... y lo que él realmente era capaz de conseguir.
Ahora, Lucky se negaba a creerles. Se empecinaba en probarle a su padre, a Máxime, y, a sí mismo, que estaban equivocados. Era perfectamente capaz de encontrar un trabajo, una pasantía, lo que fuese, sin tener que pedirle al mundo que se lo regalara.
Pero Bruno Van Leuven no era solo su padre.
Era el Primus de su clan. Uno de esos nombres que se pronunciaban en voz baja en los círculos correctos, el tipo de apellido que abría puertas sin necesidad de llamar. Y Lucky llevaba ese apellido también... aunque hacía años que había decidido no usarlo. No quería ninguna de esas puertas.
Si conseguía algo, tenía que ser suyo.
Por eso había empezado a presentarse con el apellido de su madre.
Clairvaux.
Era más fácil así. Nadie hacía preguntas.
Así que ese verano envió solicitudes a todos los lugares que se le ocurrieron. A casi todos.
Vairel no estaba en esa lista.
Sabía demasiado bien lo que representaba: una estética contenida, impecable… todo lo que sus piezas no eran. Aplicar allí habría sido como intentar encajar a la fuerza algo que no estaba hecho para ese molde.
Y, por un momento, no hizo falta.
Hubo respuestas. Correos que llegaron demasiado rápido, nombres que le hicieron quedarse mirando la pantalla con el corazón desacompasado. Algunas puertas incluso se abrieron lo suficiente como para dejarlo entrar.
Pero nada de eso se sostuvo.
Las respuestas cambiaron. Las invitaciones se desvanecieron. Los correos dejaron de llegar… o llegaron distintos. Más fríos. Más lejanos. Como si algo —o alguien— hubiera movido los hilos en algún punto que Lucky no alcanzó a ver.
Intentó entenderlo. Revisó una y otra vez lo que había enviado, lo que había dicho, lo que había hecho mal. Y no encontró nada.
Solo una sensación incómoda, persistente… como si hubiese perdido algo que sí había sido suyo.
Para cuando quiso reaccionar, ya no quedaba nada que recuperar. Y fue entonces, solo entonces, que Vairel dejó de ser una idea lejana, para convertirse en la última opción.
El ciclo nuevo empezaría pronto y, si no encontraba algo hasta ese momento, lo más probable es que tuviese que esperar hasta finales de marzo. Eso significaba que tendría que llamar a Bruno para sobrevivir, y Lucky prefería trabajar cosiendo bastas y dobladillos a caer tan bajo como para recibir dinero de su padre.
Por fin, llegó al edificio que albergaba Maison Vairel.
Era antiguo pero perfectamente cuidado, los arcos de piedra imponentes, históricos, de pie en contra del tiempo. La piedra blanca y los balcones de hierro forjado con grandes ventanales lo hacían ver como un pequeño palacio:
un lugar secreto en donde los sueños se hacían realidad o se destruían pisoteados.
Lucky comprobó que el cuello alto siguiera en su lugar antes de tocar. No era el momento de pensar en eso.
El abrigo le cubría bien el cuello, pero, aun así, el frío le trepó por la nuca. Las orejas omega, pequeñas y triangulares, cubiertas de un pelaje fino del mismo color de su cabello, se plegaron contra el cráneo por reflejo.
No todos los hombres las tenían. En el mundo de Lucky, los hombres se dividían en tres fenotipos: alfas, betas y omegas.
Solo los omegas llevaban esas pequeñas orejas animales, una señal imposible de ocultar incluso bajo el cuello alto de un abrigo.
Uno, dos, tres... inhaló.
Necesitaba un último instante para recordar porqué estaba allí, porqué su corazón latía con la fuerza de quien tiene más miedo de no intentarlo que de fallar.
Luego levantó la mano y tocó el gran portón negro con el emblema de Vairel: pequeño, minimalista.
Todo era tan elegante, tan pulcro, que Lucky tuvo que respirar dos veces más antes de empujar la puerta. Cruzó el pequeño jardín frontal. Había una fuente y flores perfectas, ordenadas simétricamente en líneas rectas y columnas: preciosas para esa época del año.