Hecho a tu medida

Capítulo 2: Costuras Internas

La puerta se cerró tras Lucky. El viento helado le golpeó de nuevo el rostro pero no fue suficiente para apagar el incendio en su nuca.

Sus manos temblaban.

Respiró hondo, tratando de calmar la locura de sus latidos y, sobre todo, de sacudirse el rastro de ese alfa del vestíbulo que todavía parecía vibrar en su piel.

Las orejas omega, todavía tensas por el esfuerzo de contenerse durante la entrevista, se relajaron apenas un poco bajo la bufanda. No fue consciente del gesto hasta que el aire frío le rozó la piel y tuvo que volver a plegarlas contra el cráneo.

Por fin lo había logrado.

Había terminado la entrevista y no había muerto en el intento.

Se sentó frente a esos dos desconocidos y les mostró su herida abierta, su trabajo sangrando en la sala de revisión.

Ya no importaba cuánto pensara en el resultado, ni cuantas veces repasara en su cabeza lo que había dicho; en algún lugar de Maison Vairel, Émile y Claire seguramente ya habían escrito en el formulario si es que era suficiente.

O no.

Quizás aquel hombre de ojos de tigre, el que mandaba sin hablar, ya había decidido su suerte.

El café al que entró estaba lleno de gente, y el olor del pan recién hecho le recordó lo hambriento que estaba. Entre los aromas ajenos, Lucky reconoció el propio, tenue y limpio, como siempre aparecía cuando se obligaba a mantenerse en control.

Pidió un espresso y un croissant. Se sentó en la mesa más alejada y sacó de nuevo su celular. A pesar de sus mejores intentos, sus dedos no podían estarse quietos.

Mientras esperaba que el café se enfriara, buscó sin pensarlo a alguien como él entre las mesas. Vio a uno, quizá dos, hombres con orejas animales recortándose contra los ventanales del café. Eran pocos, pero no invisibles; estaban allí, cumpliendo el guion que el mundo les había escrito: uno sonreía con suavidad tras el mostrador, el otro doblaba servilletas con una paciencia infinita.

Inofensivos. Dulces.

Lucky apretó el celular en su mano sintiendo una punzada de envidia ácida al verlos respirar con esa parsimonia rítmica, sin el esfuerzo consciente que a él le costaba cada bocanada.

Sabía que eso era lo que se esperaba de un omega: cuidado y obediencia, nunca ambición. Nadie imaginaba a un omega queriendo ser ingeniero, médico o arquitecto. Ni siquiera en la moda era común; en todo el Institut apenas habían sido dos entre cientos.

Por eso, cuando Claire le había preguntado por qué quería "dejar huella", Lucky había visto la duda en sus ojos antes de escucharla. El mundo no quería que los omegas dejaran huellas; quería que limpiaran las de los demás. Pero él, con su apellido oculto y su único pulmón luchando por cada bocanada de aire, no había ido a Vairel a ser inofensivo.

La pantalla del celular se iluminó.

Muy en el fondo, en ese lugar escondido que ni él mismo se atrevía a mirar, esperaba que fuera Máxime. Casi pudo oler ese aroma a cuero y dominación que solía marearlo.

Quería y temía ver ese rostro aparecer en la pantalla, disculpándose como tantas veces lo había hecho después de la pelea final.

Esa que Lu no quería recordar.

Pero no lo era.

Claro que no.

El alivio y la decepción pelearon un segundo en su pecho cuando vio que la notificación era de 'La Santa Trinidad'.

Didi y Thomas habían sido sus amigos desde antes de que Lucky tuviera memoria. Habían estado allí aun cuando Lucky era solo un niñito delgado y enfermizo, atado a un tanque de oxígeno.

Didi. Su omega dulce, gracioso y siempre presente.

Thomas. Su alfa. Grande, fuerte y el ser más protector que Lu hubiese conocido.

Los únicos que nunca parecieron ver en él algo que necesitara ser corregido.

Lucky tomó el último sorbo de su café, guardó el celular imaginándose a Thomas y a Didi sonriendo, y caminó a casa. El día apenas comenzaba y ya sentía que había usado más fuerza de la que su cuerpo solía concederle.

Y aun así...por primera vez en mucho tiempo, tenía la extraña sensación de que toda esa suerte que su padre había invocado al nombrarlo,

podría estar a punto de ponerse a prueba.

La caminata a casa fue larga. Cada paso cuesta arriba hacia Montmartre era un recordatorio de su propia fragilidad. Pero Lucky sabía que necesitaba cansarse, usar la fatiga para calmar su ansiedad.

Así que decidió ahorrarse el dinero del pasaje —que mucha falta le hacía— y caminar el trayecto a casa. Mientras subía las pendientes, el aire empezó a silbar en su pecho, ese sonido agudo y traicionero que lo definía desde el nacimiento.

Lucky sintió de nuevo la horrorosa sensación de ahogamiento que marcó su infancia. Se detuvo un momento, apoyando la mano en una pared de piedra fría, obligándose a inhalar.

Uno.

Dos.

Tres.

Hipoplasia pulmonar unilateral.

A los cinco años lo habían abierto de nuevo para extirpar la masa ponzoñosa. Lucky sobrevivió. Pero desde entonces vivía con un solo pulmón. El que ahora tenía que hacer el trabajo de dos mientras subía la pendiente, cargando con un oxígeno que Lucky muchas veces sentía que no llegaba del todo.

Bruno había considerado interesante nombrarlo así: suertudo.

Lucky.

No porque la fortuna le hubiese sonreído, sino porque —como decía su padre— iba a necesitar toda la suerte que fuera posible. Bruno Van Leuven le había dado ese nombre como un desafío, no como una bendición.

Cuando se adentró en las callecitas estrechas, con las macetas de colores y los turistas riendo mientras subían al Sacré-Cœur, pudo respirar más tranquilo. Allí Lucky encontraba un lugar donde no tenía que pretender ser nadie más.




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