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Cpaítulo 3: A contrahilo

Lo primero que sintió esa mañana fue la luz del sol filtrándose entre las persianas de la habitación.

A los lejos, en el vestíbulo, una canción de jazz lenta y pegajosa, empezó a reproducirse a través de los parlantes escondidos.

Eran las 7:00 en punto.

David lo sabía porque se había encargado personalmente de configurar todos los asistentes virtuales. En su departamento del centro, la vida empezaba siempre a la misma hora.

De lunes a domingo .

Sin excepciones.

Abrió los ojos despacio, con el cuerpo relajado y la mente todavía suspendida entre el sueño y el calor de las sábanas. Junto a él, el cuerpo del hombre que dormía en su departamento cinco días a la semana descansaba tan cerca que David pudo sentir el leve olor a tinta sin tener que moverse ni un milímetro.

Adrien.

Con esa expresión inocente que David sólo le había visto en la somnolencia de la mañana, respiraba acompasadamente. Hundía el rostro en el cuello de David, con abandono. Como si esos minutos comprendidos entre las 7:00 y las 7:10 de la mañana fueran únicamente de ellos.

No Maison Vairel.

No clanes.

No trabajo.

Solo David y Adrien, y la reconfortante certeza de que, un día más, el mundo había despertado tal como debía.

Adrien inhaló el olor a pimienta dulce.

Entonces, sin abrir los ojos todavía, besó el cuello de David. Quería sentir en la lengua el sabor salado de la piel del alfa. David suspiró, satisfecho, y mantuvo los ojos cerrados. Luchó con la necesidad de ponerse en pie, de apartarse de aquello que amaba como había aprendido a hacer desde niño.

Pero no lo hizo.

Simplemente giró unos centímetros hasta estar frente a Adrien.

Con gesto lento y deliberado, rodeó su cintura con el brazo. La piel estaba tibia, aunque bajo sus yemas pudo percibir la firmeza de músculos cuidadosamente entrenados.

Adrien sonrió al abrir los ojos. El verde brillaba bajo la luz fría de la mañana. Era extrañamente dulce verlo sin los lentes que usaba como una armadura.

Este Adrien —el del despertar— era vulnerable, tibio, humano. Era el que le cocinaba la cena a David; el que lo sostenía en los días en que el peso de Vairel y del clan amenazaba con aplastarlo.

Y tambien era el que lo besó entonces con un fuego que recorrió a David hasta los dedos de los pies.

Electricidad pura escondida bajo la calma de un lago.

David respondió. Se acercó más, acunó el rostro de Adrien y profundizó el beso. Sentía la lengua ágil acariciando su boca; los labios firmes despertaban el deseo que lo lamía desde adentro.

El besó se volvió más urgente, más carnal.

Ambos hombres respiraban agitados esa mañana de noviembre. Adrien deslizó una pierna alrededor de David, acercándolo más, recorriendo los músculos de su abdomen con gula. Conocía ese cuerpo demasiado bien: lo había aprendido en hoteles de viaje, en aeropuertos privados, en noches robadas entre reuniones y vuelos.

Le gustaba sentirlo. El cuerpo grande, fuerte, de un alfa en el punto exacto de su juventud. Atrajo a David hacia él y sintió el miembro duro contra su abdomen .

Adrien sonrió, satisfecho. Le encantaba saber que podía provocar esa reacción en él.

Incluso siendo un beta. Incluso con la desventaja silenciosa que eso implicaba. No tenía el olor feromonal que un omega le hubiera podido ofrecer. Ni el enlace químico, casi destinado, que sucedía entre un alfa y un omega.

Pero aún así, Adrien sabía cómo complacerlo.

David nunca fallaba en ponerse tan duro que, por unos momentos, dejaba de ser David Vairel. Y sólo era un hombre con la necesidad ardiendo en el cuerpo. Adrien, sin romper el beso, bajó la mano y lo tomó en su mano.

David suspiró.

Buscó más contacto, apretando el muslo de Adrien, encajando su cuerpo entre sus piernas. La mano empezó el movimiento lento.

Primero despacio. Casi juguetona.

David gimió contra su boca cuando el ritmo se aceleró.

Inclinó el rostro y besó el cuello de Adrien, lamiendo ese lugar sensible donde el cuello se une al hombro. Esos centímetros de piel que bastaban para que Adrien olvidara la agenda del día, las reuniones ejecutivas, incluso cómo seguir respirando.

Todo al mismo tiempo.

Adrien se movió contra él buscando más roce. Giró el cuerpo y terminó sentado a horcajadas sobre David.

Se miraron.

Detrás de ellos los acordes suaves de un piano no dejaba de sonar. Sus ojos se encontraron, uniéndose en un solo momento de entendimiento.

Es aquí y ahora.

Este es nuestro lugar.

Con un movimiento suave, con la sonrisa de tiburón sin dejar su rostro. Adrien se inclinó lentamente, con esa sonrisa de tiburón dibujándose en su rostro.

Nunca se cansaba de verlo. De saber que, por unos minutos, aquello era suyo.

Aunque ambos supieran que David Vairel nunca pertenecía a nadie.

Sus labios rozaron la piel caliente primero, apenas un segundo. Lo tomó en su boca. Sintió como los músculos de David se tensaban, cómo su mano caía instintivamente sobre su cabello.. El ritmo era rápido, intenso, como estocadas de violín en una melodía frenética.

Con su otra mano, Adrein se tocó a sí mismo.

Escuchaba los gemidos dejar su propia boca, mezcclándose con la respiración rota de David.

Más rápido.

Más fuerte.

Más.

Hasta que el ritmo dejó de ser control y se volvió urgencia.

Hasta que los dos terminaron al mismo tiempo. David con los ojos cerrados. Adrien sin apartar la vista de su rostro. Se bebía cada gesto del alfa .

Cuando todo terminó, se quedaron quietos, acurrucados entre las sábanas de algodón. La habitación estaba llena del aroma de ambos. El aura feromonal de David disparada y fuera de control, parecía rebotar contra las paredes. Adrien, sin poder percibir el aroma, se contentaba con percibir el aroma más suave de su piel.




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