Hecho a tu medida

Capítulo 4: Prueba de Corte

Una semana antes de que empezara el caos en el taller, todo seguía en orden. Las hebras invisibles de Maison Vairel seguían tensas y perfectas.

Igual que David.

Igual que Adrien.

Aquella mañana de otoño, David Vairel estaba en su oficina. El suave repiqueteo de la lluvia era la música perfecta para sus pensamientos. Escribía en su ordenador despacio, midiendo cada palabra, formulando cada línea antes de soltarla en la pantalla. Consultó las notas junto a él, escritas a mano con meticulosidad: datos marcados con colores, ordenados con la precisión que lo sostenía.

Ese era su pequeño reino, desde donde manejaba Maison Vairel con guantes de seda pero puños de hierro:

una extensión directa del poder del clan, observada y medida por generaciones enteras antes que por accionistas.

Cerró los ojos un instante, frotándolos con los pulgares. Sobre el escritorio impecable, una taza de café medio fría. Era la tercera del día, aunque apenas eran las once.

No había dormido más de tres horas, pero estaba perfectamente rasurado. El traje gris, sin una arruga. El nudo de la corbata: perfecto. Incluso exhausto, su cuerpo no cedía. Había algo en él que ocupaba la habitación sin pedir permiso.

Ya había terminado gran parte del documento que debía presentar esa tarde a la junta directiva

Ya había terminado gran parte del documento que debía presentar esa tarde a la junta directiva. François Vairel, su padre, Primus del clan Vairel y CEO visible de la maison, no esperaba nada menos que excelencia. Y era eso lo que David le daría.

Como siempre.

Como cada día de su vida.

En los clanes, el apellido no protegía del fracaso: lo volvía imperdonable.

Suspiró, observando la pantalla. El cuadro de barras cobraba vida mientras ajustaba los datos. No notó que la puerta se abrió hasta que escuchó los pasos suaves sobre la madera.

Supo quién era incluso antes de levantar la mirada. La cadencia del movimiento, el murmullo de la tela , esa ausencia limpia de ruido químico que siempre traía, lo delataban.

Adrien.

No podía ser otro. Los betas eran así. No emitían feromonas.

Para casi todos los demás hombres eso los volvía invisibles en el lenguaje químico del mundo. Pero para David —alfa— seguían teniendo un olor propio: piel limpia, tinta, papel, café.

Humano.

Estable.

Adrien siempre había olido a calma.

Ahora, entraba, como siempre, a salvarlo de esos malditos gráficos. Desvió la atención del ordenador. Adrien ya estaba frente a su escritorio. Llevaba una carpeta y una tableta en las manos. Traje oscuro, simple en su elegancia.

—Claire pidió que revisaras los expedientes de los pasantes antes de cerrar la semana —dijo, dejando la carpeta frente a David.

Le acercó la tableta; la pantalla ya mostraba los dossiers digitales.

—¿No se suponía que ya habían hecho su selección? —David abrió la carpeta sin verla realmente.

Miró el reloj sobre el estante de roble. Faltaban tres horas para la junta.

—¿De verdad tenemos que hacer todo nosotros? —suspiró, acomodándose la corbata. El aire le pesaba cada vez más.

Adrien lo miró sin decir nada; los ojos verdes, amables bajo la luz gris. No se sentó. Nunca lo hacía si no era necesario.

David intuía que Adrien probablemente lo consideraba una pérdida de tiempo. Minutos valiosos que podría usar para revisar una muestra más, terminar otro informe de producción, o verificar que el café de David lo sostuviera a través de otro día de mierda.

—La hicieron. Pero uno dividió opiniones —contestó al fin, con esa costumbre de pensar todo antes de decirlo.

David se lo agradecía... y lo detestaba a partes iguales.

—Déjame adivinar —resopló David, hojeando las fichas técnicas de los pasantes seleccionados. No veía nada fuera de lo común—. Claire sigue sin saber si algo la conmueve o la incomoda.

Adrien tomó la taza de café y la rodeó con los dedos. Estaba helada. Hizo una nota mental: café nuevo. Algo de comer para David. Sabía que esa mañana no había comido nada. Ninguno de los dos había tenido tiempo.

—Eso no le impidió anotar diez observaciones en los márgenes —indicó, mientras alineaba las hojas en el escritorio. David se sintió, por un instante, un poco más en control. No supo por qué— Eligieron cinco. Cuatro predecibles. Uno... no tanto.

—¿"No tanto"? ¿En qué sentido? —preguntó David, poniéndose de pie con la carpeta en la mano. Sentía la espalda tensa, los hombros rígidos.

Caminó hacia las ventanas grandes.

—Adrien hizo una pausa mínima.— Es omega.

Si no fuese por esos ventanales —los que daban al patio interior de Maison Vairel y los que mostraban las luces de París, David se habría vuelto loco— ¿Qué dice Émile?

Lo sintió más que lo oyó.

Adrien estaba detrás de él, seguramente apoyado contra el escritorio macizo.

Nunca se habían tocado frente a nadie. Ni una sola alma en Maison Vairel podía decir que había visto algo indebido entre ellos. Aun así, todos lo pensarían dos veces antes de interponerse. Eran, a fin de cuentas, una sola unidad. Un caleidoscopio de formas que se unían armoniosamente.

—No dijo nada. Lo cual, viniendo de él, es casi una ovación —Adrien cruzó los brazos, observando la curva del cuello de David, la forma en que la tela se tensaba sobre sus hombros anchos. Tras la estatua, Adrien veía el peso. Las muescas en el mármol

—Sospecho que ninguno sabe si están frente a una genialidad o frente a un problema. - continuó Adrien.

—Ah. Uno de esos. ¿Nombre? —París, al otro lado del vidrio, se desdibujaba por la lluvia.

—Lucky Clairvaux —ofreció Adrien, abriendo un archivo en la tableta. David frunció ligeramente el ceño.




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